pocas nueces
l proyecto de ley de cuotas aprobado por el Senado se aleja bastante de lo que fue el original presentado el 8 de marzo de 2006 y es el octavo de su tipo que las escasas parlamentarias acompañadas por algunos políticos varones- vienen planteando sin éxito desde la recuperación democrática. Las dificultades para su negociación y tratamiento insumieron tres sesiones del Senado (14, 21 y 28 de mayo); ahora habrá que ver qué sucede en la Cámara de Representantes y qué tan ágil o dispuesto está ese cuerpo a votarlo, sobre todo teniendo en cuenta que llevó dos años que la iniciativa llegara al plenario del Senado.
Posiblemente no sea tan «papa caliente» como el proyecto de ley de defensa de la salud sexual y reproductiva, que también cuenta con media sanción del Senado desde octubre del año pasado, sin que diputados y diputadas se decidan a considerarlo. La amenaza del veto presidencial paraliza voluntades dentro de la izquierda y el resto del elenco político hace la plancha, como viene sucediendo en todas las legislaturas.
Curiosamente, en ambos proyectos en los que el corte de género se vuelve medular para su análisis, las argumentaciones de nuestros parlamentarios adquieren el mismo tono monocorde que comienza siempre por el mandato «natural» de la maternidad y los cuidados familiares como prioridad a asumir, casi en exclusiva, por las mujeres. En un caso, para recordar que ese rol está establecido «antes» de nuestro deseo personal de ser madres o no es tan «subversivo» legalizar el aborto porque implica «aceptar» una elección individual «independient e» del mandato-; en el otro, como norma que nos sigue legitimando en la órbita privada, muy por encima de las ganas o no que tengamos de ser incluidas y aprovechadas desde nuestras capacidades personales en el mundo público, donde seguimos siendo consideradas como recién llegadas o arribistas sencillamente porque no tenemos derecho a pertenecer a ese «otro» lugar.
LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO
Como síntesis final, coincido con Mónica Xavier: este ha sido nada más que un pequeño paso, por cierto, muy distante del espíritu que acompaña este tipo de iniciativas, que es el de profundizar el principio de igualdad en las democracias contemporáneas. La senadora rescató el debate parlamentario del proyecto, calificándolo de » muy importante». Para mí, como ciudadana, también fue significativo porque pude conocer explícitamente como piensan nuestros parlamentarios y parlamentarias a la hora de discutir ideas que descansan en una serie de supuestos que fueron y vinieron todo el tiempo en el debate.
Así, nadie debería sorprenderse del convencimiento, bastante generalizado, de nuestro elenco político, de que a las mujeres no les interesa estar en la arena política y de que por eso mismo «se explica» que no estén. El nacionalista Alberto Heber basó su análisis en la constatación empírica de que las mujeres » desaparecen» de la vida política en el momento de formar una familia aunque habría que señalar que en el mercado laboral hace ya bastante tiempo que viene sucediendo otra cosa: las mujeres no dejan de trabajar cuando tienen hijos, ni de buscar ascensos o hacer carrera al interior de sus lugares de trabajo ni de ensayar todo tipo de arreglos familiares para balancear ambos mundos y también suelen estar más calificadas/preparadas que sus pares masculinos, como lo indican todas las tendencias mundiales a nivel de la matriculación universitaria-. Pese a que este senador no habló de «falta de vocación» como si lo hicieron otros-, concluyó que las mujeres prefieren seguir desempeñando su rol fundamental e insustituible dentro de la familia a andar por ahí a altas horas de la noche en reuniones interminables como exige la militancia política. Dicho de otro modo, más vale un padre ausente que una mamá que no esté incondicionalmente a todas horas en casa; mientras lo primero tiene justificación, lo segundo es imperdonable. Y, por supuesto, apostar por otras alternativas más «equilibradas» ni siquiera pasa por la mente de los políticos varones que, si bien invocaron a «las nuevas generaciones» con frecuencia, nunca consideraron que estos estereotipos son construcciones culturales y no un deber ser femenino inmodificable.
PROBLEMAS CON LA REPRESENTACION
Los miedos del también nacionalista senador Gustavo Penadés de que el día de mañana se le siente en la banca contigua a la suya una de las chicas de «Bailando por un sueño» (si es que directamente no lo desplaza)- aluden a otro tipo de discusiones, bastante recurrentes, cuando las mujeres pretendemos ingresar al mundo público sin basarnos exclusivamente en nuestra condición de «bello sexo». Hay bastantes dificultades para visualizar que esto no alude a un problema de capacidades -aunque en ocasiones nos obsesionemos en demostrarlo con ahínco, como si bastara para que nos cedan un lugar en el Club de Tobby- sino a garantizar las mismas oportunidades de participación y competencia.
La idea de representación democrática implica que quienes nos representan hablan no sólo en nombre de nuestros intereses o de los suyos propios, sino en función del interés general que está por encima de toda mezquindad o corporativismo. Las últimas encuestas de opinión pública indican que la ciudadanía tiene interés en que más mujeres estén en lugares de decisión, esto con independencia de que sean el 52% del electorado y pueda invocarse aquí un criterio de justicia distributiva tal como reclaman las mujeres políticas con la cuotificación.
Pero en el Senado se consideró como muy relevante que «las mujeres no votan mujeres», aunque seguramente no se tuvo en cuenta que como mayoría electoral no tienen por qué comportarse como una minoría. Esto me recordó discusiones añejas, ya perimidas en el tiempo, que fundamentaban la no consagración del sufragio femenino en que sería un voto conservador, vinculado a la iglesia o a que las mujeres votarían lo que votaba el marido o el padre…
¿Cómo votar mujeres si no están en las planchas electorales?, pero además yo me pregunto: ¿para qué quiero votar mujeres por el simple hecho de serlo? Y los hombres, ¿jamás votarían mujeres porque ellas nunca podrán representar sus intereses? ¿No se supone que votamos por ideas, por programas, por partidos políticos, por simpatías/empatías cívicas, por convicciones que van más allá de las personas?
Una cosa sí ha quedado clara en estos años: quien quiera ver plasmados proyectos que nos interesan a las mujeres más que a los hombres, porque nos afectan en forma diferente, necesita de una bancada femenina más numerosa; sólida y solidaria ya ha demostrado serlo y, teniendo en cuenta la escasez, muy eficaz a la hora de sacar adelante iniciativas que de otra forma seguirían considerándose como «temas menores» y sin importancia.
El argumento del valor de las minorías que llamativamente ha circulado también fuera del recinto parlamentario, en los medios de comunicación (entonces, ironizaron, tiene que haber cuota para los pobres, los trabajadores rurales, los afrodescendientes, los jóvenes, etc.) pierde pie porque lo que tenemos que decidir pasa por la calidad de la democracia definida en términos de paridad, un camino aun poco transitado en el Uruguay del siglo XXI pero muy vigente en el mundo contemporáneo.
Por otra parte, si lo que hace falta es «resolver un problema cultural» como dijo el senador frenteamplista José Mujica, habría que empezar por reconocer que en la agenda política estas discusiones no integran ningún orden del día.
DUDO, LUEGO VOTO
Personas tan distintas como Julio María Sanguinetti, José Mujica y Lucía Topolanski, señalaron que el mecanismo de la cuotificación no los convence del todo pero igual lo votaron «por las dudas». En un Parlamento democrático, ¿no se votan las leyes por convicción, además de admitir las acciones estratégicas que llevan a no
salirse del molde de lo políticamente correcto o las disciplinas partidarias?
Que ingresen más mujeres al Parlamento no va a dotarlo de «valores más altruistas» o «sentimientos más nobles», ni va a eliminar la corrupción u otro tipo de tonterías esencialistas que circulan por ahí. Visualizadas como «raras» por ser pocas, las mujeres políticas sí muestran un comportamiento de sobreexigencia que se traduce en mejores rendimientos y resultados, como viene sucediendo con la Bancada Bicameral Femenina y como algún día dejará de pasar según pronosticó hace muchas décadas Simone de Beauvoir. La igualdad se alcanzará cuando tengamos el mismo número de mujeres y hombres mediocres en todas partes, cuando las equivocaciones de una mujer dejen de ser utilizadas contra todas las demás y su excelencia no sea la única condición bajo la lupa que le permita trascender el «reino de las necesidades», en el cual tampoco puede seguir estando sola con la excusa de que allí es «imprescindible».
Tenemos derecho a exigir la paridad y la cuota política es tan sólo un mecanismo más entre otros a ensayar. Es una deuda muy vieja que se arrastra como déficit desde los sueños incumplidos de la Ilustración. No creo que nos falte vocación ni convencimiento pero esta salida tibia, gradualista, bien uruguaya, en lo personal me exime de cualquier exceso de entusiasmo. Hubo mucho ruido (además muy conocido) y las mismas pocas nueces que cosechar.
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