Hiroshima: lo que hay que seguir recordando
«Recuerda que eres humano y olvida el resto»
iempre que vemos material fotográfico de esta naturaleza los testimonios gráficos de las guerras, las fosas comunes propias y ajenas, así como cuando se muestran los mil rostros de la pobreza (indigencia, desnutrición, raquitismo, exclusión) o las innumerables caras de la miseria humana- una no puede dejar de sentir cierto pudor frente a ese dolor ajeno e imposible de alcanzar en toda su dimensión.
Sin embargo, commo pleantea Susan Sontag en su lúcido ensayo «Ante el dolor de los demás» (2004) «Las fotografías de lo atroz ilustran y también corroboran» lo que sucedió y son un recordatorio ético imprescindible para no volvernos insensibles aunque hoy las imágenes hayan colonizado nuestras vidas y terminen diciéndonos nada.
Clamar por la paz mundial no está de moda. La inutilidad del pedido es más que evidente, aun cuando las marchas de protesta por las guerras, manifiestos y declaraciones de todo tipo nunca han cesado en el mundo. Lamentablemente, no han logrado impedir la invasión a Irak ni los miles de conflictos armados que pululan por todas partes, donde siempre es la población civil la que sufre las consecuencias.
UN PELIGRO OMNIPRESENTE
Hace 62 años, cuando salíamos de la Segunda Guerra Mundial, parecía que ya no podíamos superar más horror y capacidad autodestructiva de la especie. La realidad del Holocausto matanza indiscriminda en las cámaras de gas de 6 millones de judíos, disidentes, homosexuales y gitanos realizada por los nazis- y los daños causados por las dos bombas atómicas que Estados Unidos arrojó sobre Japón recordemos que la segunda, cae tres días después sobre Nagasaki, cuando ese país ya había aceptado la rendición- eran motivos más que suficientes para estar preocupados por el futuro de la humanidad.
Los movimientos pacifistas que, en mayor o menor medida, habían estado involucrados en «el proyecto Manhattan» (así se le llamó a la construcción de la bomba atómica por parte del gobierno estadounidense). El Manifiesto Russell-Einstein (1955), que derivó en las conferenciaas de Pugwash, Canadá, convocadas por científicos de todo el mundo exigiendo el desarme nuclear, nace de la conmoción que causaron las bombas en la conciencia de quienes se sentían responsables por el mal uso de la energía nuclear con fines bélicos y se preguntaban: «¿Elegiremos la muerte por no poder olvidar nuestras disputas? Hacemos este llamado como seres humanos. Recuerden su condición humana y olviden lo demás. Si pueden hacerlo el camino permanece abierto hacia un nuevo paraíso,si no pueden, está frente a ustedes el riesgo de la muerte universal».
PROHIBIDO MOSTRAR
Murieron en el acto 120.000 personas cuando se lanzó la bomba de plutonio sobre Nagasaki, y 90.000 cuando se lanzó la bomba de uranio sobre Hiroshima. Minutos después, el hongo atómico se elevó a unos 13 kilómetros de altura y expandió una lluvia radiactiva que condenó a muerte a quienes habían escapado del calor y las radiaciones. A medida que pasaban las horas y los días, los médicos comprobaron asombrados que la gente seguía muriendo de una forma desconocida y aterradora: se quemaban por dentro, se les pudría la piel y expiraban entre vómitos de sangre sin que pudiera hacerse nada.
¿Y dónde quedó el registro de las víctimas? A principios de 1946, las autoridades estadounidenses habían ordenado la destrucción de centenares de fotografías: confiscaron y prohibieron la difusión de cualquier testimonio de la masacre. También se prohibió a la población japonesa cualquier comenterio sobre los bombardeos o las informaciones que pudiera «alterar la tranquilidad pública».
Así, mientras el mundo conocía las imágenes de los campos de concentración, las cámaras de gas y las fosas comunes del nazismo, en Hiroshima y Nagasaki no quedó imagen ni conciencia del horor; solo víctimas sin nombre, convetidas en una cifra escalofriante sin rostro ni historia. Unos pocos fotógrafos de diarios y testigos directos de los efectos de la bomba sobre las ciudades son los que le han legado al mundo estos horrorosos testimonios gráficos. Por eso se explica que ese japonés anónimo que disparó su cámara fotográfica en medio de los efectos el hongo atómico (seguramente no sobrevivió), las dejara abandonadas en una cueva.
Los 360.000 sobrevivientes que sufrieron deformaciones físicas, cáncer, deterioro genético o las miles de dolencias derivadas de la radiación, no fueron mejor tratados por sus propios compatriotas. Se creía que la radiación podía ser contagiosa, por lo que no se les acercaba la gente ni conseguían trabajo. Tampoco recibieron ayuda inmediata desde otras partes del país, porque quienes debieron prestar asistencia temían correr la misma suerte.
Las fotos distan mucho de reconfortarnos. Más bien todo lo contrario. Pero estuvieron casi 63 años recluidas, desconocidas para el mundo: tenemos el deber mmoral de verlas. Y las víctimas el derecho a ser recordads por siempre jamás.
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