Gioconda Belli, el sandinismo y después

ioconda Belli quería ser médica, pero cuando su padre le advirtió que «no podría casarse» y como era una dócil jovencida de 16 años, se fue a estudiar publicidad y periodismo.

Con este recuerdo biográfico, la escritora comenzó su charla en el Centro Cultural de España, acompañada por su directora, Hortensia Campanella.

El motivo era presentar su última novela, «El infinito en la palma de la mano», que «trata de Adán, Eva y la serpiente», procurando «encontrar lo desconocido dentro de una historia de las más conocidas», como explica Belli.

En la Biblia, esa historia ocupa 40 versículos del Libro del Génesis. Luego, Adán y Eva desaparecen, su muerte no se relata; aún siendo la primera familia, ni siquiera están presentes a la hora de la muerte de su hijo Abel a manos de su hermano Caín.

El relato oficial se concentra en la expulsión del paraíso, pero buceando en evangelios apócrifos del siglo VII de nuestra era, Belli encontró otros datos que le permitieron recrear la historia desde una mirada diferente y, por supuesto, netamente cuestionadora. Para empezar, le resultó extraño que a dos seres que se diferenciaban de los animales por su sapiencia, les estuviera vedado justamente el conocimiento, prohibido el saber que supuestamente adquirían si mordían la fruta prohibida que les ofrecía la serpiente. «Creo que es mi mejor novela, porque junta poesía y prosa», afirma la narradora, aclarando que no es ni machista ni feminista porque a la hora de los hechos no existían esas categorías y ella «intenta ver a los dos géneros sin el perjuicio posterior».

En la percepción de la autora ­que confiesa que ella hubiera mordido sin problemas la famosa manzana- «El infinito en la palma de la mano» es una novela sobre «el descubrimiento de la vida», cuya sensualidad viene dada porque refiere a la primera vez de todo: comer, moverse, sentir el calor y el frío, relacionar el bien y el mal.

 

POETA Y NARRADORA

Ya con profusa obra poética, Gioconda Belli incursionó en la novela porque, a diferencia de la primera que es «aliento y respiración», se divierte más y la hace sentir que tiene un trabajo, que está empleada. De hecho, acude cotidianamente a una oficina y se impone un horario de 7 u 8 horas.

La novela no se le da como un hecho consumado: supone el esfuerzo de armar una trama y estar sujeta a un proceso de revelaciones. «Se me aparece gente que no tenía planificada», afirma precisando que «una se va a vivir al mundo que ha creado».

Las novelas de Belli son bastante distintas entre sí. Ella dice que cómo se le dan los temas es un poco misterioso: «éllos me escogen a mí».

La primera es «La mujer habitada» (1988): «fue como un sueño: una mujer que moría antes de la revolución y otra que vivía después».

En 1990 llegó «Sofía de los presagios», en la que se propuso escribir una cosa que jamás hubiera vivido y probarse que podía hacer ficción.

Después vino «Waslala» (1996), la búsqueda de la utopía, el intento de poder contar el futuro desde el tercer mundo («siempre nos lo cuentan desde el primero»).

«El pergamino de la seducción» (2005) parte de recuerdos de su internado en España entre los 14 y los 16 años, incluyendo un viaje al Escorial con su madre, durante el cual vio una imagen de Juana la Loca, investigó y quedó impactada con la historia que se propuso volver a contar siendo fiel a la la verdad.

En 2001 vio la luz «El país bajo mi piel. Memorias de amor y guerra», un ensayo autobiográfico.

Entre los 70 y los 80, Belli formó parte de un grupo de mujeres poetas que se apoyaban, hacian actividades en común como espectáculos de lectura de poesía y lograron el reconocimiento de los poetas varones de la época.

De ese y los tiempos siguientes hay que celebrar los poemarios «Sobre la grama» (1972), «Líneas de fuego» (1978), «Truenos y arco iris» (1982), «Amor insurrecto» (antología de l985), «De la costilla de Eva» (1987), «El ojo de la mujer» (1970-1990), «Apogeo» (1997), «Fuego soy, apartado y espada puesta lejos» (2007).

A la saga se agrega el cuento infantil «El taller de las mariposas» (1982).

 

POLITICA Y GENERO

Gioconda Belli no estudió medicina y el pronóstico de su padre no se cumplió: se casó joven pero pronto sintió que se iba «a convertir en un electrodoméstico». Entonces, en búsqueda de un propósito de cambio, se vinculó a la política y empezó a escribir.

«Todo cayó en su lugar, armé el rompecabezas de la existencia. Sentí que como mujer tenía un poder extraordinario y lo expresé en poesía», evalúa la escritora que en 1978 recibió el Premio Casa de las Américas.

En sus primeros poemas estaba mezclada la política, el género, el amor. Un ejemplo de ello es su emblemática «No me arrepiento de nada», incluída en su poemario «El ojo de la mujer».

Belli está convencida de que en los países latinoamericanos «la política es parte de la vida, lo contrario sucede en países desarrollados», y de que en Nicaragua en particular la política influye en la vida personal: «una se ve forzada a tomar partido, aunque no tenga vocación».

Entre 1974 y 1999 Gioconda Belli fue protagonista de la gesta del Frente Sandinista de Lberación Nacional. Cuando la dictadura de Anastasio Somoza la arrojó al exilio que transcurrió entre Costa Rica y México, tuvo intensa actividad en el aparato de propaganda del FSLN. Apenas triunfante la revolución, se hizo cargo del canal de televisión oficial, entrevistando a personalidades -Eduardo Galeano entre ellas- con uniforme verde oliva y pañuelo roji-negro al cuello. «Era el tiempo de hacer un país nuevo», evoca con emoción.

Después de las elecciones de 1984, le tocó hacer un trabajo administrativo que le disgustaba. Tenía urgencia por escribir y para ello solició un permiso a su organización. «Lo viví como traición a la patria. Nadie pensaba que escribir era importante», cuenta.

Desde que Daniel Ortega llegó nuevamente al poder, escribe una bitácora (un blog), que actualiza cada quince días, donde promueve la discusión política.

 

EL DESCONCIERTO DE LA IZQUIERDA

Gioconda Belli cree que en el mundo de hoy, «en la izquierda hay desconcierto». Al presidente Ortega no lo considera de izquierda y lo acusa de confundir los medios con el fin, y de aliarse con la derecha conservadora del Partido Liberal del ex presidente Alemán y con la Iglesia Católica para consolidarse en el poder, al que llegó con un exiguo 28% de los votos.

A Ortega lo hace responsable de un golpe muy duro para las nicaragüenses: la eliminación del aborto terapéutico legal, producto de un pacto del presidente con la Iglesia Católica, antes muy lejana al sandinismo.

En esas elecciones, le escritora apoyó al Movimiento Renovador Sandinista, encabezado por un muy popular ex alcande que murió en medio de los comicios.

No se siente desilusionada con la revolución a cuyo éxito contribuyó: «Me desilusionaron las personas dentro de la revolución y la de Ortega ya no es la revolución sandinista».

No obstante, reflexiona que «la revolución cumplió una etapa dentro del desarrollo de Nicaragua. Una sólo vive una fracción del largo proceso de la historia. Y querer ver en el tiempo que nos toca vivir la realización de todos los sueños nos arruina».

Belli observa con atención a los gobiernos progresistas de la región. Pero se angustia ante lo que evalúa como falta de propuestas para «resolverle los problemas a la gente en lugar de estar concentrado en afianzarse en el poder».

«La política es tragedia y comedia. En Nicaragua estamos en la parte de la comedia. No hay visión de país; tienen al país de rehén», concluye la laureada escritora, desde lo que suena como una profunda y serena experiencia.

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