los frutos de la verdad prohibida
«Por sus frutos los conoceréis»
S. Mateo, 7, 16.
rase una vez un país donde existía la democracia. Que se recuperó de la mano del tutelaje militar. Que renacía frágil y, por eso, según algunos que fueron mayoría, había que «protegerla» manteniendo como intocables a dictadores y allegados aunque ya no ejercieran el poder político. Un país que no quería saber nada con investigar los «excesos» del «gobierno de facto», que negaba el Plan Cóndor mediante el cual todas las dictaduras del Cono Sur coordinaron acciones y secuestros de «subversivos», con la misma naturalidad con que siguieron haciéndolo en 1993 para deshacerse del otrora poderoso colaborador de Augusto Pinochet, el químico y ex agente de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) chilena Eugenio Berríos.
En ese país, donde se transitaba el segundo período de gobierno democrático posdictadura, un hecho que se escapa de las manos deja en evidencia el manto irreverente de la impunidad. Un científico demasiado involucrado, presumiblemente dispuesto a declarar en las causas que porfiadamente seguían apareciendo y combatiendo el silencio y la injusticia con el que todas nuestras democracias se comprometieron para «salvar» a los militares -después de todo se trataba de seguir viviendo-, es sacado de Chile y vive trágicamente sus últimos días en una casa de un balneario uruguayo.
BUCEANDO A TRAVÉS DE LOS HECHOS
La doctora Gudari recibe la denuncia hecha por el chileno en una comisaría uruguaya y en la embajada chilena. Resuelve investigar y sabe que, tarde o temprano, deberá tomar una decisión que también la involucra por su irresuelta historia personal. Hija de un militar, hermana de otro, aprendió a convivir con viejas heridas no cicatrizadas, con conflictos éticos insalvables que ya no se calman en el acto de sumergirse y nadar en una piscina, idea muy bien lograda del film.
La escena que empuja a Julia a llegar a Chile y hablar con María Morris, otro macabro personaje del pinochetismo, es uno de los momentos más impactantes de la película. Los primeros planos, el diálogo entrecortado y, por momentos, el monólogo de Morris, íntima colaboradora del aparato militar y testigo directo de las torturas «bioquímicas» con las que experimentaba Berríos, nos deja sin aliento cuando en un tono frío, lacerante, confiesa: «Usted no sabe, usted jamás podría imaginar lo que han visto mis ojos».
Julia está bastante sola en su causa y teme confrontar el pasado, su pasado, donde quedó un amor malogrado y una relación conflictiva con su padre que no logra superar. Pero elige «su mundo» -como le dice a su hermano y también a su colega el doctor Santa Cruz-, para no quedar atrapada en el miedo, en la inacción o los malos recuerdos que suelen tardar mucho tiempo en ser exorcizados.
EL ASESINO ASESINADO
Berríos, alias Hermes o El Conde, «el químico de su Excelencia», el niño mimado del pinochetismo, fue el Mengele de la dictadura militar chilena. Inventor de una nueva versión del gas sarín creado por los nazis, cultivador de nuevas cepas de estafilococo dorado con las que se mató al ex presidente chileno Eduardo Frei Montalva -uno de los más conocidos opositores al régimen dictatorial- entre otros asesinatos y «experimentos», apareció muerto dos años después de su «misteriosa» desaparición entre los médanos de El Pinar. La versión oficial era que estaba en Italia (también se decía todavía que los desaparecidos de las dictaduras eran un invento, una mentira incomprobable que no era necesario investigar).
Había una vez un país, hace apenas 15 años que, en parte, ya no existe. Pero hoy, como entonces, los cadáveres mal enterrados en la tierra son los que siguen, porfiadamente, desafiando al silencio cómplice de muchos, desenterrando la verdad.
REFLEXIONES DEL DIRECTOR
«Matar a todos» pretende hacerse un lugar en la expresión cinematográfica latinoamericana. Es una película histórica y atemporal a la vez. Narra una historia pasada pero interroga sobre nuestro futuro. Lo hace desde un testimonio de vida, el de una mujer que teme haber sido engendrada por el demonio, pero a la vez teme por perseguirlo. Una mujer que sabe que «el pasado es lo que más cambia» y que sabe también que necesita resolver su pasado para construir su futuro.
«Matar a todos» es mi primer proyecto de largometraje. Es también un acto de sanación individual. Conocí la prisión política y la muerte de seres muy cercanos por las peores circunstancias de la historia política reciente del cono sur latinoamericano. Creo tener el coraje para hacer esta película una película de asesinos de asesinos- pero una película que insistirá en la esperanza. Creo que compartir nuestras tragedias y lograr universalizar nuestros relatos, nos hace ser mejores individuos.
Mi propósito al realizar esta obra es aportar a la construcción de una reflexión positiva sobre nuestra existencia como seres humanos».
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