quien tiene el dinero,  ¿tiene el poder?

Quien tiene el dinero tiene el poder» parecería ser más que una frase para el movimiento de mujeres y feminista latinoamericanos. Como si los derechos humanos de las mujeres fueran una pasarela, en la lejanía del supuesto desarrollo quienes manejan los dineros montan espectáculos y deciden si la moda otoño-invierno será la violencia doméstica, los derechos sexuales y reproductivos o la conservación de la vegetación amazónica. Como si ello no causara hastío, adelantan que la colección primera-verano irá por el empoderamiento, la sensibilización o quizás la investigación.

Y en estas latitudes, haciendo honor a nuestro supuesto subdesarrollo, nos sometemos sumisas a esa agenda externa. La mayoría de los grupos y organizaciones transitan un verdadero estado de sobrevivencia financiera y luchan no solo por transformar al mundo: también para poder cubrir las facturas de agua, teléfono, luz y alquiler. La preocupación de llegar a fin de mes nubla la insolencia y rebeldía propias de un movimiento transformador, que termina sometiéndose silenciosamente. Un silencio tan absurdo como mediocre, más propio de los cómplices que de las mujeres.

En una Latinoamérica histórica y contemporáneamente saqueada, se debería asumir al menos el compromiso de analizar si esos dineros etiquetados de cooperación no son acaso fruto de nuestra propia riqueza. En un gobierno progresista pero tan patriarcal como los que precedieron, se podría al menos evaluar si es ético postular a los llamados, tomando en consideración que la institucionalidad elabora proyectos, obtiene dinero de las mismas fuentes que antes financiaban a las organizaciones de mujeres y feministas, pero recurren a estas por precios módicos a la hora de ejecutar sus programas.

Las humanas sabemos que existen realidades que, a fuerza de sostenimiento del propio sistema y ausencia de cuestionamiento, terminan imponiéndose en una suerte de naturalización perversa. En Latinoamérica y el Caribe el 6% de las organizaciones de mujeres y feministas tiene un presupuesto anual mayor a 500 mil dólares, en tanto el del 41% es menor a 10 mil. Entonces: ¿a quién le sirve eternizar el silencio?

Cada vez que pienso en mujeres, dinero y poder como una trilogía posible, soy acusada de utópica. Me declaro culpable, no podría ser de otra manera, en tiempos de pobreza, complicidades y sumisión, de movimientos que en una suerte de tercerización trabajan para el Estado, en una sociedad civil en la cual son siempre las mismas organizaciones las que obtienen financiamiento y ganan los llamados.

Soy culpable, pero sigo creyendo que hay otra mirada imprescindible, cuestionadora, que escapa a la lógica del sistema y permitiría reformular la concepción del poder, elaborar las agendas, repudiar la moda, negociar en pie de igualdad el financiamiento, discutir la existencia de una ética feminista, elaborar en conjunto estrategias y desterrar que sea la minoría quien continúe concentrando la riqueza.

Es verdad que las agencias y el Estado tienen el dinero, pero no es menos cierto que los movimientos de mujeres y feminista poseen la capacidad de transformar al mundo. Cabe preguntar entonces, ¿quién tiene el poder?

Yo continuaré creyendo y asumo mi culpabilidad. Eso siempre será mejor que callar y convertirse en cómplice.

(*) Abogada.

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