Las edades del amor

Cuando la literatura se traslada a la pantalla grande, su magia se diluye y se convierte en otra cosa aunque narre la historia del libro. El clima es diferente y suele desilusionarnos porque antes nuestra imaginación ya la recreó con la fuerza narrativa que dan las palabras, imposible de plasmar en el celuloide. No obstante, la película «El amor en los tiempos del cólera» tiene una fotografía excelente y el actor Javier Bardem destaca en la composición del romántico, tenaz y melancólico Florentino Arbiza. El multiculturalismo a lo Hollywood queda reflejado en el elenco, variopinto y abrumadoramente latino, con sus particulares acentos en la pronunciación del inglés, al punto que una no puede dejar de preguntarse por qué no la rodaron en español. Desde la banda sonora, Shakira le da el tono perfecto a algunos de los momentos más conmovedores, en los que la exuberancia del paisaje contrasta con la carga emotiva de los sufrientes protagonistas.

Hace más de 20 años que Gabriel García Márquez escribió la novela del mismo nombre, una de las mejores que ha hecho hasta ahora y, en lo personal, la que más me gusta. El argumento -una «simple» historia de amor- transcurre a caballo de dos siglos (XIX y XX) en una Colombia devastada por el cólera -hijo de la inequidad y la pobreza-, las guerras civiles inútiles y los convencionalismos del 900 que, si bien no impiden que se consumen «los pecados de la carne», logran frustrar el amor novelado de dos adolescentes de diferente posición social, muy predispuestos a la vivencia romántica y exaltada de la época. Ella, sujeta al mandato paterno, se casa con el señor conveniente y su enamorado se queda con el corazón roto «para siempre», algo que podría resultar muy cursi en el culebrón de la tarde si no supiéramos que a partir de ese sentimiento poderoso y desdichado la historia nos ofrecerá su mejor parte.

 

UN CORAZÓN CON MUCHOS CUARTOS

Florentino Arbiza, un febril escritor enamorado, desprotegido y a la intemperie por elección, es ante todo un raro personaje, sentimental, sediento, ardiente hasta el final de sus días. Un fabricante de palabras que se reinventa en su propio credo apasionado y florido. Pero convengamos que el amor necesita de esa extravagancia subjetiva, exaltada, para sobrevivir a sus propias catástrofes. Y que a costa de unas cuantas decepciones, a veces, puede funcionar bien o regalarnos la dicha cuando ya no la esperamos. Aunque Florentino nunca renuncia y ese es su gran mérito. La única incógnita que lo desvela es que la muerte los alcance antes a él o a ella y está convencido de que esa es su principal batalla porque antes tiene que morir el marido de ella para volver a estar juntos «por siempre».

Esa espera, que al principio es resistencia y luego una obsesión agridulce, lo convierte en un amante envidiable aunque muy lejos de la imagen típica de latinlover. Las mujeres lo aman porque él es un ser desolado, inofensivo, vacío, una sombra de sí mismo, capaz de dar amor sin esperanzas, o sea sin reserva alguna. El mismo lo interpreta así en su diario íntimo: se puede amar a todas porque «el corazón tiene más cuartos que un burdel».

Por su parte Fermina Daza, casada con el doctor Juvenal Urbino, un buen partido a ojos vistas, no ha sido del todo feliz. O quizás añore esa intranquilidad constante, ese estado de permanente euforia que le ofrecía aquel amor contrariado de la adolescencia que terminó rechazando porque «no era más que una ilusión».

 

SOBREVIVIR AL DESENCANTO DE LA MADUREZ

El amor es un arte difícil, por eso hay edades en las que se deja de soñar con alcanzarlo, se le decreta la muerte o, en el mejor de los casos, hay que quedarse con lo que se tenga a mano. Lo llamamos seguridad, tranquilidad, compañía. Y ahuyentamos el deseo, la pasión o el tedio de una vida descolorida con viejos recuerdos adolescentes o juveniles. Como sabiamente lo describe Gabo: » La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos (…) gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado», y no hay época donde este recurso resulte más eficaz que en la vejez.

¿Qué tiene de conmovedor esperar 51 años, 9 meses y 4 días para reclamar un amor sin vigencia? ¿Se puede amar en la vejez como en la juventud? Florentino sin duda que lo cree, lo ha creído toda su vida y eso es lo verdaderamente conmovedor. Pero tiene que convencer a Fermina, más realista y disciplinada, de que esa ilusión, todavía intacta, es posible recrearla a los 72 años sin que resulte algo ridículo, que es como se lo juzga socialmente.

Al fin, como en aquel río de aguas movedizas del que nos hablaba Heráclito, en el Magdalena dos cuerpos viejos, sin prisa, sin temores, oliendo ya la cercanía de sus muertes, se reconocen, se entregan -vaya osadía- al placer más antiguo del mundo, donde todo comienza de nuevo con el mismo entusiasmo inocente de la juventud perdida.

Una, que sabe que está viendo una historia de amor con final feliz, no puede dejar de suspirar aliviada.

El amor, con todas sus ficciones abrumadoramente imposibles y por eso mismo malogradas, a veces gratifica. O triunfa, sin que el mundo se convierta en un lugar mejor pero enseñando que a cualquier edad sentir nos hace bien y es la mejor promesa amatoria que podamos cumplir: estar sorprendidamente vivos antes que la muerte nos confirme que sí es, con toda certeza, «para siempre».

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