Fresca y eternamente joven
Aceptar nuestros cuerpos como son y tratar de estar lo más saludable posible, sin duda que es un cambio positivo y que nos hace sentir bien. Hacia allí parecen apuntar los nuevos aunque escasos mensajes publicitarios como los elegidos por la marca Dove «para mujeres reales» o las medidas tomadas por la Pasarela de Cibeles en España, ante las alarmantes cifras de bulimia y anorexia que afectan no sólo a las modelos sino, lamentablemente, a muchísimas mujeres del planeta.
Estos nuevos cánones de la moda nos reconcilian con la imperfección de nuestros cuerpos y dan nuevos bríos para sentirnos más libres a la hora de ir a la playa. La amplia gama que va de la malla enteriza a la tanga, pasando por el cola less, el top less, la trikini, el monokini, hasta el diminuto minikini o la práctica del nudismo, abre un gran abanico de opciones aunque algunas sean impensables para muchas de nosotras.
La bikini, una opción cómoda, alegre, sugerente, se ha ido imponiendo con los años, pero su reinado tiene más que ver con la evolución de las costumbres que con la estética y el mundo de la moda. Hoy, la tendencia de su uso es sumamente heterogénea ya que se promocionan modelos muy variados que van del clásico atuendo de pantaloncito corto (culote, aunque es más chic llamarlo shortboard) y top en forma de triángulo, los marineros que se anudan a los costados, las trikinis que ahora se hacen con un toque de exotismo indoamericano, o lo que se marca para este año: la vuelta de los skirtinis. En una palabra, lo retro adaptado a las curvas y a lo que cada una decida.
REINVENTADA EN EL SIGLO XX
El mundo de la moda festejó con gran pompa el año pasado los 60 años de la otrora escandalosa y explosiva bikini. Pero no nos engañemos: ya existía en el viejo mundo greco-romano. De acuerdo a los frescos de 1600 AC encontrados en Sicilia, Italia, las mujeres de aquel entonces practicaban deportes en cómodos trajes de dos piezas, adelantándose en miles de años a las atletas que vemos hoy en las Olimpíadas (especialmente en las pistas de atletismo y en el volley playa).
Con la costumbre de tomar baños de mar impuesta hace poco más de un siglo, fue necesario pensar cuáles serían las prendas de baño más adecuadas para meterse en el agua sin faltar la concepción victoriana de la época que separó playas destinadas a las damas de otras para los caballeros. Pasaron algunas décadas antes que piernas y brazos quedaran al descubierto, pero el ombligo, el comienzo de los muslos o toda la panza al aire fue bastante más complicado de aceptar en el largo camino de la proclamada liberación femenina.
En 1946 se reinventó la bikini. El ingeniero Louis Réard, encargado de un negocio familiar de lencería, armó el primer dos piezas. Estados Unidos estaba haciendo sus pruebas atómicas en el atolón de las Bikini; el ingeniero no conseguía modelos que se atrevieran a usar el nuevo traje de baño y tuvo que recurrir a una streaper, Micheline Bernardini, para su presentación en público en París. Mitad verdad, mitad leyenda, dicen que fue Micheline quien sugirió el nombre, ya que la prenda prometía ser más explosiva que las pruebas atómicas.
Lamentablemente, gran parte del atolón pasó a la historia en aras del avance científico; no así las bikinis que usamos las mujeres en no p ocas playas del mundo. Pero desde aquella presentación, a cargo de una mujer de «dudosa moral» (sic) que no le impedía » dejar sin respiración» a los cronistas de la época, tuvieron que pasar algunas décadas hasta la aceptación e imposición de la bikini como reina de la moda de cada verano.
DE RECHAZADA A CODICIADA
Gracias a las divas del cine, eternizadas en películas y pósters gigantescos, la bikini pasó de ser de una prenda rechazada por inmoral a codiciada por la gran mayoría de las chicas occidentales que consumían la gran industria cultural del celuloide. Marylin Monroe y Brigitte Bardot fueron las primeras en usarla en las décadas del ’40 y ’50. Ya en los ´60 Ursula Andress quedó inmortalizada con aquella bikini de «chica Bond», tantas veces copiada desde entonces así como la que Raquel Welch usó en piel de mamut representando a una cavernícola.
En los tiempos de las primeras píldoras anticonceptivas también apareció la lycra, ese adaptable y liviano tejido elástico que facilitó la confección de la bikini, contribuyendo a su rápida expansión. Prohibida en los concursos de belleza por considerarla de mal gusto y en los países donde el catolicismo tenía su mayor ascendencia, mientras las feministas se sacaban el soutien y protestaban por la realización del concurso «cosificante» de Miss América, la bikini se fue abriendo paso. De ahí al monokini que en California dejaba al descubierto los pechos o la tanga invento brasileño de los ´70 la humanidad fue ensayando nuevas concepciones de moda y moralidad, tan proclives a ser confundidas y sobredimensionadas en el cuerpo femenino. Con lunares, con rombos, de a rayas, multicolores o estampadas: ¡larga vida a la cómoda y revolucionaria bikini!
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