los derechos humanos de adolescentes en conflicto con la ley

La conexión entre estar privado de libertad y la historia de vida es algo sobre lo que se ha teorizado mucho pero, para la psicóloga Laura Alegre, de lo que se trata más bien es de romper con algunos discursos que si bien nacieron en lo que ella llama sector «dominante» de la sociedad, hemos terminado interiorizando todas y todos.

En primer lugar, es necesario ubicar a estos jóvenes en la historia del país -afirma Alegre- que si bien se encuentra en un proceso de reparación de algunos problemas del pasado, no ha logrado visualizar que el período posdictadura continuó generando víctimas, aunque con características quizás novedosas.

De alguna manera, considera la sicóloga, se depositó en «los pobres» un discurso que los identifica como «personas que no tienen códigos», y esto sirvió para sostener el daño social que se producía, haciendo que la sociedad en su conjunto se sienta menos responsable. «Parece que teníamos que convencernos de que se lo merecían», sostiene.

 

IDENTIDAD ESPERADA

El problema de este discurso es que los jóvenes de sectores marginales aparecen como responsables de todo lo que les pasa , «y no los gobiernos o los sistemas. Marcamos una línea entre nosotros y el pobre. Antes ser pobre era signo de dignidad, sacrificio, honradez, ahora es signo de delincuencia».

A partir de su propio trabajo con estos jóvenes, Alegre considera que no sólo tienen valores -aunque sean diferentes de los socialmente aceptados- sino que muchas veces los que defienden no son creados por ellos mismos sino adoptados como propios para «representar el rol adjudicado, el más conocido, lo implica cumplir con la identidad esperada, que es lo que está más a la mano».

Para Alegre es un gran desafío tirar abajo esos discursos y construir otros nuevos, y en esa lucha deben ser protagonistas los propios perjudicados, porque de otro modo «cada uno ocupa el lugar que tiene que ocupar: nosotros los acusamos mientras ellos se identifican con lo delictivo y todo funciona a la perfección».

Pero más allá de reflexiones generales, es posible trasladar a datos concretos la violencia que parece ser cuenta corriente en las vidas de estos jóvenes: según Luis Pacheco, asistente social de Colonia Berro, y en base a sus propias estadísticas, un 92% de los internos con los que trabaja son hijos de madres adolescentes.

 

CARENCIAS TEMPRANAS

Cabe preguntarse entonces qué tipo de violencia está presente en sus familias: no se trata sólo de la violencia física sino de una más básica, que se vincula con la «carencia afectiva y material de esas mujeres, que en ese sentido poco van a poder vivir plenamente su rol materno», afirma Pacheco.

En general, esas mamás a los 32 años ya son abuelas, pero además fueron adolescentes a las que «les falló el mundo adulto». Pacheco evoca como ejemplo la historia de una de ellas, que fue abusada sexualmente desde los 3 años hasta que «pudo zafar en una relación de pareja», de la que nació el joven ahora privado de libertad del cual «no pudo hacerse cargo».

Además, aporta Laura Alegre, la figura masculina en ese sector poblacional es la más inestable, es una ficha intercambiable; la que permanece es la madre y ella es una figura que no puede sostener y que ve al varón como «el que la va a salvar, quedando el hijo desplazado, con abandono afectivo y material. La mujer que se siente vulnerable opta muchas veces por el hombre circunstancial y no por su hijo».

Los problemas que esto acarrea son evidentes bajo esta perspectiva, pues por un lado se produce una ausencia de modelos a seguir pero, además, cuando el varón aún continúa siendo el portador de «la verdad» es inestable y por tanto lo son también los límites que estos jóvenes reciben desde temprana edad.

 

LOS MODELOS

«Una mamá cuenta que muchas de las actitudes que su hijo adoptó eran de un proxeneta para el que ella trabajó, quien le decía permanentemente: ´las mujeres están para pegarles, para trabajar en la calle´. A los 8 años el chico desertó del sistema escolar y hasta ahora está en la calle. Pero, ¿qué otro modelo tenía para seguir?», se pregunta Pacheco.

Desde una mirada sicológica, Alegre afirma que «La necesidad o derecho básico es una buena mirada de otro sobre el bebé como potencial a desarrollarse como cosa buena. Ese es el derecho número uno y es lo que está ausente. Como no se puede regular, el Estado allí no puede hacer mucho. Tiene que ver con el cuidado, la capacidad de proteger. Y si no lo viviste, difícil que lo puedas dar a otro».

El lugar de un bebé, que para Alegre debería ser un lugar en la afectividad y en el deseo, muchas veces se vuelve lugar físico: «si hay lugar para una cama más o no. El hijo termina condicionado por un cuadrado de espacio. Y esto no tiene relación con la maldad sino con la carencia, que también es violencia, intrínseca a sus condiciones de vida».

 

DE SUJETO A OBJETO

El problema es que muchas veces el niño aparece como un «objeto de intercambio, porque es la manera que tiene la mujer de asegurarse al varón que la proteja; entonces de pronto te dicen: ´él va a dejar de tomar y yo le doy un hijo´, pero ese niño ya no es un sujeto con necesidades propias sino que es objeto de las ajenas».

Y la reproducción continúa, porque «estos gurises ya tienen hijos y el fenómeno que se va a dar en las próximas generaciones es complicado, pues las abuelas juegan aún un lugar importante, pero ellas ya no van a poder ser contenedoras como abuelas. Y entonces, ¿cuándo vamos a cortar la cadena?», se pregunta con preocupación Alegre.

Estos sujetos ya no nacen como tales sino como objetos, insiste Alegre al tiempo que se pregunta: «¿Cómo podemos hablar entonces de sujetos de derechos si el propio chiquilín no se ve a sí mismo como sujeto? El fenómeno del maltrato físico es clarísimo, porque ellos no lo sienten como un problema sino como algo más que les toca vivir».

Alegre advierte que muchas veces se escucha la expresión «Me trató mal, ¡ni que yo fuera un delincuente!», intentando con este ejemplo mostrar que vemos al infractor de la ley como merecedor de destrato, lo que para los jóvenes en conflicto con la ley se convierte en algo lineal. Dicen: «Si te gusta lo dulce, te bancás lo salado», dentro de lo que se incluye toda la humillación y el agravio.

Para ellos, «no hay límite entre el afuera y el adentro, pasa a ser una sola cosa su cuerpo con el mundo externo. Incluso creen que por estar privados de libertad no tienen derecho a la salud. Parecería que todo él tiene que pagar el castigo, no sólo con la privación de su libertad».

 

UN CAMINO ANGOSTO

Un joven internado en Colonia Berro pidió si le podían hacer una limpieza dental lo cual es muy saludable, comenta Alegre.

Le contestaron que «no hacían esos trabajos», lo que hace visible que el mundo adulto con frecuencia «refuerza esa asociación con lo sucio, con el descuido del propio sujeto. Yo le dije: la próxima vez que vayas le dices que es un derecho».

Pero tanto para Alegre como para Pacheco es muy complicado actuar en este marco, porque se trata de dos líneas cruzadas y, mientras unos tratan de fortalecer la autoestima, de favorecer la palabra, hay quienes muestran desprecio «y si le gusta bañarse dos veces por día, genera un problema y apenas aparece un rasgo saludable el mundo adulto, muchas veces, deja ver su mirada diciendo con las acciones: eso a vos no te corresponde».

Hay muchas historias concretas, personales, que hablan de la violencia instalada en la vida de estos jóvenes: maltrato físico o psicológico, embarazos con consumo de drogas que generan daños irreparables en el feto, abusos pero, según Alegre, o lo naturalizan o «no logran poner en palabras el abuso, fundamentalmente
los varones, quizá porque se mezcla el tema de la homosexualidad como mito».

Ambos técnicos coinciden en que el abuso existe pero no se visualiza, y en esto influye que su palabra no tiene valor porque «no se cree en él cuando dice que va a hacer algo bueno ni cuando dice que le pasó algo malo. Nosotros hemos escuchado cosas fortísimas y la gente te dice que no se puede creer en su palabra».

Pero estos jóvenes cargan, en general, con otro problema: diagnósticos psiquiátricos con los que, muchas veces, se los etiqueta sin un acompañamiento para abordarlos, lo que hace que repitan: «Yo soy loco», en vez de plantearse «Estoy en un momento que me produce alteración», como episodio pasajero, fortaleciéndose así «discursos que condicionan mucho el futuro de estos gurises».

 

VIOLENCIA COTIDIANA

La sexualidad no se habla y esto es extraño cuando en la adolescencia ocupa todo.

Con la privación de libertad, pierden la posibilidad de ejercer su sexualidad «y abordar el problema se hace muy difícil, pues ni siquiera podemos trabajar la prevención del VIH/sida».

La violencia social que viven estos jóvenes sigue siendo habitual y «se recortan sus derechos», lo que conduce a la reflexión de Alegre : «Si no son malos naturalmente, ¿por qué se les sometió a tremendos daños sociales? Es llamativo, pero la mirada que tenemos del niño de calle es una, por estar indefenso, y cuando es adolescente, aunque sea el mismo, la mirada es censuradora. En un par de años se convierte en un ser despreciable que merece todo lo que le
pasa».

Lo más complicado es que el discurso que deposita la responsabilidad en la pobreza se ha radicalizado en la expresión «Si se muere mejor«, por lo que se representan como seres que ni siquiera conservan el derecho a vivir. Mucho menos son considerados capaces de razonar o entender y, de algún modo, «preferiríamos crear una isla y meterlos adentro, como si no fueran productos de todos nosotros».

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