los sonidos de la violencia
Pablo, Natalia, Lorena, Mauro, María José, Caracé e Ismael disparan la escena con un bandoneón que marca el compás, mientras un público barrial compuesto por jóvenes y mujeres recibe imágenes, sonidos y sensaciones que pretenden representar diferentes expresiones de la violencia.
Una canción de cuna envuelve el ambiente, pero la ternura es seguida de tímidos pedidos de auxilio y un profundo silencio. El ambiente es atento y penetrante y sin aviso el grito aparece, retumba en el techo y en cada cuerpo. «¡Shh!!!!», reclama una voz pero el grito enfurecido reaparece y el bandoneón se mece en un sonido cada vez más dormido, se mece como canción de cuna que entristece.
Una mujer dice que siente miedo al ver lo que aparece y entonces una escena representa lo dicho, lo pone enfrente: «Mi amor, ¿cómo estás?», dice el varón que llega a su mujer . «Bien», es la respuesta, pero la calidez del encuentro se vuelve tensa y oscura: «¿Siempre estás bien? ¿Por qué carajo siempre estás bien?». El terror de la mujer deviene en pedido de auxilio : «¡Perdoname, perdoname!»…
¿TE ANIMAS A VERLO?
¿Qué sensaciones les provoca la violencia?, pregunta una voz al público; se habla de dolor, de pánico, de heridas que vuelven y se intensifica el grito, el grito que ensordece; un cuerpo que tiembla de miedo, sin palabras concretas se vuelve sentimiento.
La gente quiere ayudar y no sabe cómo; una voz de fondo repite «no puedo», una mano se acerca sin poder alcanzar a la que necesita ayuda. El mundo privado se encierra, parece impenetrable y el afuera intenta cambiarlo pero siente que no puede: «Todo se genera por el afuera, la sociedad, pero se intensifica adentro, se vuelve escalofriante y denso».
Una voz llena de tristeza rodea el pequeño espacio donde la historia se va armando, sufre y pide perdón para defenderse de lo que viene, de antemano; quien agrede por un momento se ve a sí mismo arrepentido, pide perdón y en el abrazo comienza a apretar con fuerza y el abrazo se vuelve agresión, maltrato.
Alguien recuerda entonces que también hay niños, y dos manos adultas apuntan hacia afuera, expulsan a esos hijos del cuidado y los lanzan al mundo a buscar dinero. Uno protege al otro, pero no pueden con ellos, están indefensos. El bandoneón siembra notas de tango desgarrado y del público surge el llanto de un bebé que acrecienta el impacto.
Un joven del barrio habla de la violencia social y cuenta una historia de impunidad y bronca. Los jóvenes salen del baile, van caminando y de un patrullero baja un policía que sin palabras «te golpea sin motivo y te invade la impotencia y la rabia. No podés hacer nada, te pegan y te dejan y vos callado evitando más golpes».
«¿La representamos, te animás a verla?», le pregunta una voz cuidadosa y Rodrigo accede, pero mirarlo de afuera se vuelve fuerte, él mismo se incomoda mientras ve como él y sus amigos gritan: » ¡Pará! ¡Pará! Por favor, me duele». Repiten sin resultados «no hicimos nada», pero no hay opción: sólo aguantar el dolor con la espalda y callar.
El público se conmueve y vuelve a la violencia doméstica que, como dicen los propios jóvenes, es tan común en el barrio. Alguien habla de angustia y como fantasmas van saliendo la violencia sicológica, los insultos, la desvalorización del otro, lo que recae sobre el niño, y de nuevo el miedo, el terror y el desasosiego.
¿QUÉ HACEMOS PARA CAMBIAR?
La violencia aparece en toda su contradicción, representada como caricia y golpe, golpe y caricia. Resuena el bandoneón asmático y se hacen intolerables los insultos, porque están enfrente, se sienten como propios. Parece que los cuerpos se alteran con cada golpe, pero el público quiere verlo, porque lo identifica y le ayuda a pensar en que nada de eso es ajeno.
Alguien se pregunta: » ¿Qué hacemos para cambiar esto?», y brotan entonces las palabras: hablar, decir lo que pasa. Se dice y se denuncia, agregan. No esconderlo, hacerlo visible. Abrir los ojos y los oídos. Dejar de ser hipócritas sobre todo con la violencia de género. Reconocerla, porque a veces estamos inmersos. Ponerlo en palabras. Algo siempre se puede hacer.
Con tantas palabras se monta la escena. El bandoneón se pica y el ambiente se distiende: Anímese a hacer algo. Miren, pasen y vean. Yo soy parte de la violencia. Preste su oído, no se cierre. Mire cómo se puede. Contáme, contáme, repite una voz amiga, mientras otra se pregunta: » ¿Cómo no me di cuenta? Yo soy parte de la violencia». Varias voces repiten: «Denuncia, denuncia, y hacé algo para cambiar».
Saber a dónde recurrir, tener información y recursos. No engancharse. Hacer una esfera que nos defienda. Cubrirse como los niños que juegan al «la la la, no te escucho», construir un mundo para defenderse adentro, eso todas las personas podemos hacerlo. Tenemos la libertad de no entrar, de resguardarnos para no ser dañados por lo externo.
La obra se cierra con la esperanza que se refleja en los títulos que el público define: aunque «seguimos sin entender, se puede salir. No sufras, decílo».
Al final, en diálogo con La República de las Mujeres dos jóvenes cuentan lo que sintieron: «Fue una sensación buena, porque en esas imágenes vimos reflejado lo que pasa en la sociedad. Te identifica y te hace ver lo que le pasa a otro, que si bien no todas las vivís pueden tocarte. Sentís y vivís las sensaciones y eso ayuda para tratar de evitarlas». «En el barrio se ve mucho la violencia, y más en los jóvenes, por eso es bueno pensarlo para cambiarlo. Ojalá que nosotros podamos cambiar esas cosas. Estaría bueno tener la voz, porque a veces no tenemos espacios. Que la gente pueda conocer lo que sentimos, para poder ayudar».
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