Sexismo bajo techo
En un país donde se le tributa anualmente un premio a la publicidad no sexista, digamos esa en las cual no necesariamente la que lava los platos es mujer y el que arregla un enchufe es hombre, y donde precisamente este año en el mes de la mujer se investigó cuál de las murgas tenía letras murgueras no sexistas, nos encontramos el entronizamiento oficial del lenguaje sexista. Que hayamos pasado del «Montevideo mi casa» al «Montevideo de todos» nos parece una inmerecida discriminación, por más que se nos diga en las palabras del Intendente Ricardo Ehrlich que la nueva marca o nuevo logo «nos proyecta al futuro extendiendo los límites de la comunicación y la participación» y por más que nos explique que «es simple, intenso y sugerente». Ni siquiera quisiera asomarme a lo que se supone que puede significar la palabra sugerente desde una formulación sexista del lenguaje… ¿Acaso sugiere que las mujeres no contamos, que no aportamos, que no existimos, que ya basta de perspectiva de género aplicada a un «simple e intenso» logo?
LAS Y LOS
A esta altura de las reivindicaciones sostenidas y contenidas en las agendas de género, no podemos dejar de reconocer al lenguaje sexista como una extensión de la cultura patriarcal y antropocéntrica. Y si bien es cierto que a todos y todas nos cuesta erradicar de nuestro lenguaje coloquial, oral o escrito, la formulación clásica de los plurales en masculino, no por eso vamos a negar la exclusión de lo femenino que ello implica. Generaciones enteras de mujeres respondemos inclusivamente cuando desde los primeros años de escolarización se dice, por ejemplo, «Niños, cuando terminen el problema podrán salir al recreo» o cosas por el estilo. Jamás de los jamases las generaciones de niños se han tenido que movilizar ni en la escuela ni en la vida ante una consigna dirigida a las niñas. De hecho, las mujeres nos incluimos en toda consigna urbana de plural masculino del tipo: «Señores pasajeros, por favor, en el fondo hay lugar, un pasito más» y en toda invitación participativa del tipo «Señores padres, el lunes a las cinco tendremos una reunión para ver la marcha de los alumnos». Y, quizás por tener un largísimo aprendizaje de subordinación de género al sexismo en el lenguaje, también nos damos cuenta cuando el uso de un lenguaje no sexista no significa nada más que un mecanismo de captación que no asegura para nada una perspectiva de equidad de género. No obstante, cuando se trata de algo que se intenta representativo para toda la ciudadanía, tipo nuevo logo o nueva marca de la ciudad es deseable, imprescindible y, por sobre todas las cosas, justo, tener en cuenta que esa representatividad no debería pluralizarse en masculino.
DE CARTELES Y DE LOGOS
La memoria es una capacidad humana increíblemente asociativa. Ante el asombro del nuevo logo, que ya lo visualizo multiplicado en cartelerías, afiches, pims, adhesivos y otros etcéteras publicitarios y promocionales, me vino a la memoria un cartel de Coca Cola situado en la rambla, en la curva hacia Punta Gorda. «Sr. bañista, no deje solos a sus niños en el agua» alerta, sin la más mínima perspectiva de género ni de sentido común. Siempre pensé que la ridiculez sexista del cartel cocacolero merecía, más que un análisis lingüístico con perspectiva de género, un análisis de sentido común con perspectiva de contundente y apabullante risotada no sexista. Eso de que no haya indicaciones para las señoras bañistas, que somos en definitiva quienes realmente y por amplia mayoría nos introducimos al agua con niñas y niños bañistas, habla o de una confianza ciega en las señoras bañistas o de una desconfianza tremenda en los señores bañistas. Señoras y señores, elijan qué desliz cocacolero les parece menos sexista. Cualquiera que sea, las señoras bañistas y las niñas bañistas nos sentimos excluidas. Tan excluidas como intentaremos no estarlo debajo de un techito de «todos».
A FAVOR DE «LAS TODAS»
En tanto que el cartel preventivo para los señores bañistas y su connotada carga sexista por donde se lo mire o se lo lea tiene más bien una vigencia veraniega, el techito de «todos» nos va a transversalizar las cuatro estaciones por muchos años. Todo esto indica que más que nunca tendremos que trabajar en las aulas también en las de la vida la idea de que realmente la equidad y la igualdad serán un logro social y democrático cuando el lenguaje sexista no nos obligue a las mujeres a sentirnos incluidas en un «nosotros», «nuestro» o de «todos» porque siempre, por detrás o por delante, se nos va a filtrar cierta incomodidad de género o la confirmación de algunas formas de invisibilidad aún presentes en muchas agendas políticas. Seguramente pasarán muchísimos logos ciudadanos antes de que podamos, por ejemplo, incluirnos en un «todas» que signifique «personas». Mientras tanto, una vez más «las todas» nos incluiremos en un «todos» aunque sigamos, al menos muchas, atragantadas con un lenguaje sexista que ni siquiera nos contempló con una arroba de tod@s debajo de un techito que nos proyecta al futuro.
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