Ciboulette con suerte
Querida Reina:
Por una equivocación desastrosa de la vida termino enamorándome del rotisero de mi barrio, cosa que ni siquiera mi madre si estuviera viva hubiera aprobado, siendo como era ella tan reacia a que yo me relacionara con personas que no fueran profesionales de la salud, y habida cuenta que a ella siempre le fue muy bien enviudando sucesivamente de dos maridos enfermeros. Haber conocido al rotisero fue un caso del azar dado que ese día era mi tercer día de dieta y siguiendo el manual no tenía absolutamente nada en la heladera, nada. A las once de la noche siento que me desmayo de hambre, con lo cual aterricé más bien echa un trapo en la rotisería recién inaugurada, aun con los ramos de flores y las plantitas de bambú para la buena suerte con tarjetas de regalo. Primero fue el olor a las empanadas de choclo, después fue una visión de un pollo al spiedo a la mostaza, después la percepción directamente gustativa de una salsa cuatro quesos que no pude evitar probar con el dedo. En eso aparece él. Nada que ver con los chef internacionales de televisión. No tiene para nada esa mirada de rallar zanahorias todo el tiempo, ni ese rictus en las comisuras de los labios como si se hubieran quemado probando una sopa hirviendo. Apareció, se aproximó primero a una de las plantitas de bambú y después me preguntó en qué podía ayudarme. Realmente hubiera podido ayudar a sostenerme porque no me podía casi tener en pie, pero me mantuve firme y jamás sabré porqué le pregunté si la ciboulette tenía alguna propiedad específica. En conclusión, ahora me dice «mi pequeña ciboulette», mientras despliega por mi cocina mi escaso arsenal de arte culinario y toda la casa se impregna de olores a comidas de horno o de olla (se me rompió el extractor hace cuatro años), salvo cuando hace pionono primavera que en realidad es mi comida favorita porque no ensucia nada y no deja olor. Estamos profundamente enamorados y soy muy feliz, salvo que llevo tres meses de dieta interrumpida y tres meses de comer casi ininterrumpidamente con lo cual aumenté cinco quilos, cosa que me desespera. Ayúdeme, tengo mucho miedo de perderlo.
Marcela J.
Querida amiga:
Lo único que no tiene que tener miedo de perder son kilos. Es maravilloso haber encontrado un hombre que conquiste a una mujer por el estómago, cuando toda la vida fue exactamente lo contrario. Por favor, cuéntenos qué se siente. Pienso que si trata de no comer tan ininterrumpidamente, y evita el colesterol malo y las lechugas mal lavadas, ese amor puede reservarle momentos maravillosos. Trate sí de poner a dieta los pensamientos negativos. No piense en lo que pensaría su madre, y déjese llevar por el aroma entrañable de un souflé de zapallitos o de una tortilla de acelga, olores ya casi para siempre perdidos en la olla del tiempo. Disfrute, querida, disfrute, y piense y valore el hecho de que la mayoría de las mujeres, estadísticamente hablando, están imposibilitadas de por vida a tener un perssonal-rotiser… Vuelvo a pedirle: por favor, cuéntenos qué se siente. Un abrazo.
La Reina.
Compartí tu opinión con toda la comunidad