El "Sí, prometo" de Michelle

Este mes de marzo está poniendo en la consideración pública todos los temas que tienen que ver con las brechas que las mujeres todavía tienen en relación a sus derechos políticos, económicos, sociales y culturales.

La asunción de Michelle Bachelet en la semana del Día Internacional de la Mujer representó un fuerte impacto en la discutida ausencia de presencia femenina en los cargos políticos de relevancia.

Por supuesto Bachelet no es cualquier mujer: es una mujer de izquierda y recoge la herencia de pensamiento y acción de las feministas y movimientos de mujeres latinoamericanas, que han sabido unir el cuestionamiento a la organización patriarcal de la tradición europea colonizadora y de la cultura indígena nativa, incorporándola a la lucha por la equidad social.

Chile es un país mucho más conservador en lo cultural que Uruguay: una derecha organizada que se asume como tal y un Estado unido a una Iglesia Católica de tradición poco tolerante.

Sin embargo la izquierda chilena y concretamente el Partido Socialista, que internacionalmente ha promovido las acciones afirmativas para integrar mujeres, han logrado habilitar la presencia de figuras femeninas brillantes en muchas áreas de responsabilidad. Y no nos olvidemos que en Chile hay una experiencia de gobierno de concertación que ha permitido aprender a gestionar las políticas públicas desde la salida de la dictadura.

En todos estos años las mujeres chilenas han incorporado la perspectiva de género en las acciones de la administración: jerarquización del Servicio Nacional de la Mujer (Serman) a nivel ministerial, presupuesto y planes gubernamentales con una columna de indicadores para visibilizar los efectos diferenciados sobre la población femenina, políticas sociales que contemplan muy especialmente las familias con jefatura femenina.

Y los primeros gestos de esta mujer presidenta son absolutamente impactantes en lo simbólico: paridad en su gabinete, paridad en las subsecretarías de Estado, paridad en el primer nivel de los gobernadores.

El sábado 18 nos enteramos que esa ridícula figura de «Primera Dama» que tiene la Constitución chilena y otros países latinoamericanos, será ocupada en sus funciones por otra mujer que fue directora del Sernam. Bachelet no utiliza la delegación familiar para la que se supone aquella institución existe.

Ya Luisa Durán, esposa del presidente saliente Ricardo Lagos, también una militante de izquierda, había encarado la gestión de las fundaciones que desarrollan actividades en esa área de la Presidencia con una perspectiva totalmente distinta a la tradicionalmente asistencial. Tuve la oportunidad de seguir de cerca esa gestión a través de las amigas feministas chilenas que allí trabajan, responsables de incluir la promoción de las mujeres y adolescentes más pobres de Chile, realizando una tarea de inclusión y empoderamiento que ha venido provocando cambios silenciosos pero seguros en la tradicional subordinación de las clases sociales más desfavorecidas chilenas.

Estos primeros gestos nos confirman las esperanzas que las latinoamericanas tenemos en que la figura de Michelle Bachelet naturalice la presencia femenina en los cargos de la más alta responsabilidad, y que no se les exija a las mujeres políticas condiciones personales o políticas que no se les exigen a los hombres.

Debo confesar que la emoción me ganó hasta las lágrimas en el momento del «Sí, prometo» de Michelle: representaba la lucha de miles de mujeres chilenas y latinoamericanas que se sintieron expresadas en ella, en su sensibilidad, en su sencillez, en su cercanía con la gente demostrada en su primer discurso formal en el pueblito de Catamarca, rodeada de los vecinos y dialogando con su alcalde en un gesto de apoyo a los gobiernos descentralizados.

Hace unos diez años las mujeres políticas chilenas me invitaron a participar en unos talleres de estímulo a la presentación de mujeres para los cargos de concejalas, porque había poca participación femenina para llenar los cupos. El 11 de marzo las calles de las ciudades chilenas se llenaron de mujeres con la banda presidencial porque se sentían representadas y presidentas.

¿No es esto una renovación vital para el rutinizado y poco atractivo sistema político masculino?

 

(*) Senadora frenteamplista.

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