Chile: acumulación y memoria
El 8 de marzo asistí al acto habitual de rendición de cuentas del gobierno sobre lo realizado durante el último año. Pero esta vez lo hacía además para celebrar la elección de Michelle Bachelet como la primera presidenta de Chile.
La bienvenida en la parte posterior del patio de los Naranjos en La Moneda la daba una exhibición plural de enormes retratos de líderes destacadas en la historia chilena por su defensa de los derechos de las mujeres. Estamos aquí gracias a las precursoras, decían quienes entendieron el valor de la memoria en la construcción de la democracia. En el escenario alternaban jóvenes seleccionadas en todo el país por destacarse en distintos ámbitos de la educación, la ciencia y la cultura, con mujeres de otras generaciones como las ministras que en su momento designó Lagos. Entonces ellas asombraron por su número (4 entre 18 ministros), casi intimidante por premonitorio de la invasión de mujeres inteligentes y capaces que hoy forman parte del gobierno chileno, donde la paridad es un hecho que contrasta con la sobrerrepresentación masculina en el resto de los poderes del Estado.
También estaban presentes las ex ministras-directoras del Servicio Nacional de la Mujer (Sernam). Soledad Alvear, Josefina Bilbao, Adriana Delpiano, ese día brillaban con luz propia, poniendo en evidencia los logros obtenidos a lo largo de 17 años de gobiernos democráticos.
El país más conservador de la región, como les gusta llamarse a los chilenos, mostraba que estaba ante un gran momento histórico, iniciado hace mucho tiempo, cuando las chilenas articularon sus aspiraciones de emancipación, libertad e igualdad con la lucha por los derechos humanos y la resistencia a la dictadura. Lo invisible se tornaba visible y lo natural dejaba de serlo en el sentido común de la ciudadanía. Una mujer presidenta y mitad de ministras, subsecretarias e intendentas eran un hecho posible porque se había levantado el velo de la discriminación que posterga a las mujeres, a pesar de su mayor y mejor desempeño en las universidades. Se estaba pagando una deuda histórica apenas cubierta tímidamente con la adopción de medidas pro igualdad, aprobadas en cómodas cuotas anuales. Chile fue el último país en tener ley de divorcio y aún no se reconocen los derechos reproductivos. Los logros son múltiples en el ámbito jurídico, de servicios y programas de acción positiva y en la construcción de una institucionalidad que podrá dar un salto cualitativo con el presente gobierno. Se puede decir sin temor a exagerar que esos logros fueron el resultado de un eficaz trabajo del Sernam, de parlamentarias y a menudo de la sociedad civil a pesar de la dirigencia política.
NI TAN TAN, NI TAN POCO
Al interior del patio había muchísimas representantes del movimiento feminista que conmovidas se abrazaban entre ellas, sonreían y vivaban a Bachelet, quien hizo su ingreso acompañada de la ministra del Sernam Cecilia Pérez y el aún presidente Ricardo Lagos.
Pérez habló claro y contundente. Dos cosas destacaron en su discurso: la constatación de que Bachelet ganó las elecciones a pesar de los partidos políticos, y la crítica a quienes olvidaron que en Chile el Estado y la Iglesia llevan más de ochenta años separados, aunque no divorciados como diría una activista.
La crítica a los partidos políticos, que se repetiría a lo largo de los días, está en sintonía con los tiempos que vivimos, pero la alusión a la Iglesia Católica fue un acto de enorme valentía que sin embargo sintoniza fuertemente con el movimiento de mujeres y con amplios sectores democráticos.
Lagos atribuyó a su gobierno el cambio cultural, se sintió gestor de él a través de las políticas de igualdad como la filiación, el divorcio, el acoso sexual y la violencia contra la mujer, así como el impulso otorgado a la inserción laboral de las mujeres, la responsabilidad parental y otras que sin duda forman parte de los cambios más notables de este país. Cambios que se han hecho en primer lugar porque el movimiento de mujeres y otros movimientos sociales como el gay han puesto en la agenda pública, a menudo a pesar de las elites políticas. Agenda que se ha fortalecido por la globalización de las ideas que circulan con la misma velocidad que el comercio de bienes y servicios alentando a las sociedades a impulsar cambios culturales libertarios, y también con la decisión del gobierno que hizo lo que hizo y dejó de hacer lo que no supo integrar en su agenda, como el reconocimiento a los derechos reproductivos, los derechos de las minorías sexuales y los derechos indígenas, entre otros.
UN PAIS QUE ESTA PERDIENDO LOS MIEDOS
Chile me decían no había vivido algo así desde la victoria del NO que inició la transición democrática en 1988. Continuó los días posteriores con la llegada de presidentes, artistas, líderes de derechos humanos y del movimiento de mujeres, que acompañaron todas las ceremonias escuchando con emoción y fascinación la coherencia y creciente soltura de la presidenta, que comenzó a cumplir sus promesas desde el primer minuto. Una vez investida se detuvo en una comuna donde suele descansar para compartir con la gente, una señal fuerte del lugar que la ciudadanía ocupa en su proyecto. «Haré lo que digo y diré lo que pienso», repite la presidenta, que cree en la paridad en la toma de decisiones y no tanto para evaluar una gestión de gobierno. El cambio de mando tuvo muchas facetas: la oficial más colorido y festividad que nunca, y la popular incluyó visitantes de todos los países vecinos mezclados entre la ciudadanía. Mujeres de toda la región coreaban «Todas las mujeres somos presidentas»; entre ellas no faltaban las que hace veinte años pedían «democracia en el país y en la casa».
Bachelet se levanta como una figura capaz de liderar un país que está perdiendo los miedos. Miedo al desorden, miedo a la diversidad, miedo a las emociones. Bachelet ha entendido el deseo de participar en igualdad y ha construido un discurso con las palabras de la calle sin ser populista; ella se presenta como la mejor entre sus iguales, es alcanzable y eso ha hecho que hombres y mujeres la quieran, la respeten y no le teman.
CONTINUIDAD Y CAMBIO
La elección de Bachelet ha puesto los reflectores sobre la realidad de las mujeres. Difícil olvidar el papel subsidiario que cumplían hasta hace poco. De pronto eso que se llama la corriente principal del poder, elites empresariales y políticas, medios de comunicación han convertido el fenómeno en objeto de análisis. Todavía balbucean por ser políticamente correctos «el género» «el sexo» y las mujeres se les confunden; muchos aplauden más de lo que efectivamente quieren y creen pero de todos modos hoy las mujeres en Chile son visibles, en las cifras y en la política y los electores y electoras han dado la respuesta a un sistema político conservador y asustadizo. Resuenan en mis oídos las palabras de un ex presidente que quería volver a gobernar y que hace menos de un año afirmaba con contundencia que Chile no estaba preparado para una mujer presidenta, menos si ésta era madre soltera, agnóstica y socialista; o las voces de pomposos analistas políticos que, congelados en el tiempo, pensaban que las mujeres no votaban por mujeres, que las mujeres son conservadoras y que a la presidenta «no le daba el ancho» para gobernar. De pronto ese y otros mitos se han derrumbado. Los mismos críticos dicen hoy que esta mujer estrena un liderazgo moderno, horizontal, dialogante, partidario de consensos, que ha guardado una notable independencia de los partidos sin perder su apoyo, con una inteligencia política notable para mostrar
que puede gobernar con la sociedad sin darle la espalda a los partidos, no solamente a los de su coalición sino a los de la oposición que ya han sido incluidos en la preparación de la reforma previsional, oferta emblemática de la presidenta que anticipa la prioridad asignada a lo social y con particular fuerza a los derechos de las mujeres.
Continuidad y cambio, esa parece ser la fórmula deseable para la democracia. Lagos ha partido con la popularidad de un potencial candidato en cuatro años, sin embargo eso no ha ensombrecido el brillo de Bachelet ni la ha dejado en calidad de administradora de una herencia. Ella irrumpe como expresión ciudadana, mostrando que la paridad es una respuesta al déficit democrático, enfrentando la crisis del sistema previsional como medida esencial para cerrar las brechas entre ricos y pobres, y ampliando la cobertura en salud a mayores de 60 años como parte de las medidas iniciales.
(*) Socióloga por la Universidad de París VIII y actualmente jefa de la Unidad Mujer y Desarrollo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal, Naciones Unidas).
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