Un desafío cultural civilizatorio

e atrevo a contestar (de contestataria) la posición expresada por el queridísimo maestro Gomensoro, a quien debo la mayoría de lo que sé sobre sexualidad.

Es claro que no hay una escala de valores amplia desde la perspectiva de los derechos de las personas, y cuando digo personas estoy diciendo: hombres y mujeres, todas las orientaciones u opciones sexuales, todas las edades (niños y niñas, adolescentes, viejos y viejas y discapacitados).

Seguramente hay mucho mayor consenso sobre la necesidad de la educación sexual desde la perspectiva de la prevención de los riesgos: de contagio de infecciones de transmisión sexual, de embarazo adolescente, de embarazos no deseados, de costos por abortos inseguros o de muertes maternas por esta causa.

Compartimos en su totalidad las conclusiones que Arnaldo Gomensoro formula en su artículo como un ideal, pero el hecho es que nuestros docentes del Estado transmiten «sus» valores con su conducta, con sus dichos, por la forma en que imponen conductas o estereotipos a sus alumnos, inconscientemente, por omisión, por no hablar, por decir «eso no», o «esto es así», o «de eso no se habla» o «eso no se toca» como dice Serrat.

La promoción del debate con inclusión de diversos paradigmas, no es precisamente la práctica docente uruguaya generalizada en Primaria y Secundaria, donde durante años ha primado el miedo a asumir responsabilidades autónomas por una historia de autoritarismo vertical difícil de erradicar.

Por eso establecerla como norma, ya sea a partir de la información sobre la historia contemporánea o sobre las distintas escalas de valores en cuanto a la sexualidad de las personas, es una buena cosa.

Por otra parte, hay un progreso civilizatorio que ha definido que las personas tienen derecho a una sexualidad lo más plena posible como un derecho humano, y tienen derecho a decidir cuándo y cómo traer otros seres humanos al mundo.

La Conferencia de las Naciones Unidas de Viena de 1993 reconoció a los derechos sexuales y reproductivos como derechos humanos y, por lo tanto, indivisibles del derecho a la salud, a la alimentación, a la educación, a la vivienda, al trabajo, etc.

Es sobre esta base que los países civilizados, con un desarrollo humano de nivel interesante, deberían encarar la educación para la sexualidad tanto desde el sistema educativo como desde el sistema sanitario.

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