Del embarazo deseado a la tortura evitable

Nosotros programamos tener un hijo. Dejé de cuidarme y al mes ya estaba embarazada», cuenta Verónica, que al igual que su compañero tiene 30 años.

En su mutualista se hizo los controles de rutina; todo parecía normal hasta los cinco meses y medio, cuando llegó la ecografía estructural. «Malformación en la columna, agrandamiento del cráneo en forma de limón… El ecógrafo le decía las cosas a la muchacha que escribía en la computadora», evoca Guillermo. El diagnóstico, confirmado por un segundo, más completo, fue espina bífida e hidrocefalia bilateral.

«Nosotros tomamos la decisión de interrumpir el embarazo, pero tampoco sabíamos qué se podía hacer», reconoce Guillermo. Fue la mutualista quien solicitó a la Comisión de Lucha contra el Aborto del MSP el permiso para practicar un aborto terapéutico. La respuesta, que tardó una semana  «Mil años», para Guillermo; «Eterno, eterno», para Verónica  fue negativa. «A mí me parecía que los tenía que tener frente a frente; ante una situación que para mí era horrible, que era el límite de mi vida, no me bastaba que me contestaran por carta. El médico de la comisión en ningún momento me miró a los ojos. Decía «Yo entiendo , yo sé… El embarazo no va a llegar a término, la bebé no va a vivir. Yo lo aprobaría, pero el abogado se opone porque no es legal», recuerda Verónica. «Me condenaban a dos o tres meses más de tortura, cuando ya se sabía que la bebé no iba a vivir, o iba a vivir muy poquito e iba a ser un vegetal», dice, todavía con la desesperación pintada en el rostro.

La reacción de su mutualista le merece reconocimiento: «Enseguida me mandaron al psicólogo. Me empezaron a hacer tratamientos todos los días, lo que también era torturante porque cada 48 horas tenía que escuchar los latidos de la bebé, por si pasaba algo y no me daba cuenta. Pero por lo menos se preocuparon y estuvieron atentos». Guillermo también recibió apoyo psicológico.

 

EL PODER MEDICO

Contra la voluntad de los progenitores, ambos presa de profunda angustia, el embarazo tuvo que continuar. «Lo peor que se siente es la pérdida del cariño hacia la panza», ilustra Guillermo. «El rechazo, el no tocarme la panza, el llorar cuando se movía», aporta Verónica, a quien el ginecólogo le recomendaba caminar mucho para adelantar el parto. Así a los 7 meses rompió la bolsa, y le practicaron cesárea. La psicóloga y los médicos preferían que ni vieran a la bebé, para evitar el encariñamiento; después cambiaron de opinión. «Yo tampoco quería verla. Por suerte vivió un poco más, porque sería la peor experiencia de mi vida no haberla visto», reflexiona ahora Verónica.

Mientras, un especialista decidió que había que operarla. «Nosotros no queríamos. Yo le preguntaba: ¿usted me la va a salvar?, y él contestaba: ‘No, no te la voy a salvar, pero si la operamos va a tener una muerta más digna’. Nos llamaba a casa, quería que viéramos a un neurocirujano, que institucionalizáramos a la bebé, que se la diéramos a la sociedad como hacen las mujeres del Pereira cuando las abandonan. Yo en mi vida quise abandonarla. Me enloquecía, no paraba de llorar. Lo que yo no quería era extender el sufrimiento de mi
hija ni el de nosotros. Y si llegaba a vivir no quería que fuera un vegetal, no quería eso para ella. Les dije a los médicos que estaba dispuesta a dar un debate público si insistían en operarla, pero ante el diagnóstico del neurocirujano dieron marcha atrás. Decidieron darnos una salita para estar con ella, y aunque sufrimos un montón y esa semana no va a cubrir el dolor de haberla visto morir, eso ayudó»,
historia Verónica. Guillermo precisa que «Murió en los brazos de sus padres; es torturante, pero es mejor así».

 

«LO QUE ESTA MAL SON LAS LEYES»

No pasó por la mente de esta pareja recurrir al circuito clandestino para concretar la interrupción del embarazo. «Una cosa es que un médico me diga vamos a hacer esto, y otra que yo vaya a cualquier parte a hacerlo», dice Verónica.

«Nosotros confiamos. ¿Cómo te pueden decir que no ante una cosa así? Solamente alguien que no tiene sentimientos hace esas cosas. ¿Quién quiere traer un hijo a sufrir?, cuestiona Guillermo.

«Todo el mundo nos dice que el médico tenía que haber decidido sin pedirle permiso a nadie. Nosotros tampoco teníamos experiencia… y hubo miedo», prosigue. Un miedo que Verónica dice entender, «porque legalmente los médicos no tienen respaldo. Lo que está mal son las leyes. En Uruguay no avanzaron las leyes como avanzó la tecnología. ¿De qué me sirve que a los 5 meses me hagan una ecografía y me digan que hay malformaciones, me torturen, si no se puede hacer nada? Entonces que no me digan nada».

 

LA DECISION DE LOS OTROS

Verónica sintió que todo el tiempo estaban decidiendo sobre ella:«sobre mi cuerpo primero, y también querían decidir sobre la bebé. Yo tenía que estar sometida a lo que opinaban y hacían los demás. No te imaginás las ganas de morirme que tenía, me parecía que era un infierno que no terminaba más».

Todo podía haber sido menos traumático. Para Verónica, «Haber interrumpido el embarazo era como algo que no logré, que no llegué. Pero el haber conocido a mi hija y verla morir fue un dolor muy grande. Cargo con eso sobre los hombros. Me pareció totalmente inhumano, algo que alguien decidió porque le pareció que tenía que ser así. ¿Por qué la comisión no es más amplia, para que se analice cada caso y se pueda discutir más?». «Quiero ver si les pasa a ellos, a la hija o hijo de ellos, qué hubiesen hecho. Seguro no pasan lo que pasamos nosotros, saben adónde ir sin pedirle permiso a nadie», especula Guillermo.

 

«NO ENTIENDO AL PRESIDENTE»

«En este tema no entiendo al presidente Tabaré Vázquez. Me parece que la mayoría en la sociedad va para otro lado, no para como piensa él», afirma Guillermo en referencia al veto que anunció a cualquier decisión legislativa que liberalice el aborto. A Verónica le gustaría haberlo tenido frente a frente cuando sucedieron los hechos y aun ahora, para contarle por todo lo que pasaron, «a ver si por lo menos da una opción. No sé si él sabe lo que uno sufre. Le diría que sea más abierto, que no sea tan extremista, por lo menos que analice los casos».

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