Primeros uruguayos legalmente casados

Hasta donde tenemos información, Alejandro y José son los primeros uruguayos en casarse en forma legal y vigente. Pero ha habido antecedentes. Marcelo y Alex se casaron el año pasado en San Francisco (California), gracias a la apertura mental del alcalde local, pero los vientos fundamentalistas soplaron desde Washington y la Suprema Corte invalidó los más de 4.000 matrimonios celebrados. Otra uruguaya, Miriam, se casó con la norteamericana Hana en el Estado de Massachussetts, donde el matrimonio homosexual fue legalizado, pero ningún otro Estado ni el gobierno federal estadounidense lo reconocen.

Y una uruguaya más, Helga, se casó en tierras europeas con una ciudadana alemana y ambas decidieron ser mamás. La compañera de Helga logró el deseado embarazo por inseminación artificial, y el 4 de diciembre de 2004 nació Paulina. El 1º de enero de 2005 entró en vigencia en Alemania una ley por la cual si dos personas del mismo sexo están casadas y una de ellas tiene un hijo o hija, su pareja puede adoptarlo/la legalmente. Helga es ahora la mamá adoptiva de la hija de su esposa, lo que significa que si una desgracia le acontece a la madre biológica, la niña no quedará desamparada. Eso tan bello es lo que los reprimidos represores del sexo -con sotana o sin ella- califican como… ¡«aberrante»!

Los derechos humanos han sido y son las conquistas más arduas en la historia de la especie, pero avanzan inexorables porque a su paso demuestran que son cosa buena. Solos, cada vez más solos, quedan los que con muchas culpas para ocultar, siguen vociferando que es peligroso ser feliz.

Desde su actual hogar en el Mediterráneo, Alejandro y José enviaron el testimonio que a continuación se reproduce.

 

SI, QUIERO

«El hecho de que el estado Español haya reconocido nuestro matrimonio el pasado viernes 11 de noviembre en Mallorca, pone fin al discurso que pretendiendo ser tolerante es puramente homofóbico directa o implícitamente. ‘Hacé lo que quieras, pero no te muestres. De la puerta para adentro hacé tu vida, pero no lo digas. Viví con quien tengas ganas y mantené una relación por años si te parece, pero no lo llames matrimonio. Adoptá, pero decí que sos soltero o soltera. Tené hijos e hijas, crialos, comprá bienes y pagá impuestos, todo de a dos, como hacen las demás parejas, las normales, pero cuando llegue la hora de la verdad estate dispuesto a perderlo todo. Separate, pero no lo llames divorcio. Enviudá, pero si te preguntan por qué estás triste decí que has perdido a tu compañero‚ o a tu compañera’.

En definitiva, se trata de resignarse a vivir en silencio y en la invisibilidad. Afortunadamente, a partir de 2005 España se ha unido a los países que decidieron poner punto final oficialmente a este discurso. Y lo ha hecho no por firmar tratados internacionales con palabras bonitas que luego nadie tiene en cuenta al regresar a su país, sino tomando medidas concretas, de las que hacen una diferencia en la vida diaria de las personas.

Quien con esta noticia se preocupe por el futuro de la sociedad, por el orden y la moral ‘ahora que el casamiento homosexual comienza a reconocerse mundialmente’, que no se olvide que es de la mano de la legitimada familia tradicional que hemos llegado a esta sociedad plagada de hipocresía, corrupción, guerras, violencia doméstica, discriminación de toda índole e intolerancia. Quien diga que lo nuestro no es natural, que se asegure de no encontrarse entre aquellos y aquellas que ponen su vida, sus afectos y sus placeres en manos de un ser superior, invisible e intocable. ¿Esto sí es natural?

El peligro no está, ni nunca ha estado, en quién ama a quién sino en pretender encorsetar lo imposible: la naturaleza misma. Reconocer oficialmente el matrimonio homosexual es decidirse a aceptar de una vez por todas la diversidad humana, también en la esfera de lo afectivo. Ha llegado la hora de sacar cosas de abajo de la alfombra, de dejar de esconderse ante presencias que desafían un mundo regido por un orden ficticio que se nos vende día a día y que, como tal, sólo nos puede volver más infelices e intolerantes. Lamentamos ser de los primeros uruguayos que dan este paso y tener que haberlo hecho tan lejos. Sin embargo, tenemos la esperanza de que llegará el día en que el Uruguay reconocerá también el derecho al matrimonio a sus miles de hijos e hijas homosexuales que se ven privados de derechos y beneficios de los que otros gozan. España ya lo ha hecho».

Firman José Néstor Baldi y Alejandro Chiesa.

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