"Marianismo" en Navidad

Se acercan las fechas en que se celebra, en muchas partes del mundo, una de las mayores festividades marianas o de devoción a la Virgen María de la cristiandad.

Es una fecha que, al menos a mí, me invita a la reflexión por la propia visión que esa mujer representa para los católicos.

Una visión de la mujer asexuada, casta, madre por encima de todos los conceptos, y por ende sufridora por todos sus hijos e hijas (¿?) y sobre todo sin derecho a ningún tipo de gozo que no sea el que, como consecuencia del dolor, pueda ofrecer la propia condición de madre.

Una visión ciertamente triste para las mujeres actuales. Puesto que además de los calificativos anteriores, le podríamos sumar el de mujer estática, que no decide en ningún momento sobre su propio futuro. La consecuencia natural es que si ella no decide, los hombres de su vida decidirán por ella. Si extrapolamos esa visión estatista de la vida a nuestra realidad, nos encontraremos que siguen siendo muchas mujeres las que siguen permitiendo que otros decidan por ellas mismas sobre su propia vida. Y en muchos casos, en demasiados, esa actitud es un reflejo de lo que desde los púlpitos predican los señores de las faldas largas y negras.

Esa visión de mujer sumisa a los dictados de los hombres, dioses o hijos es lo que siguen pretendiendo los que desde esos estrados vociferan «que no se puede pretender cambiar el orden de las cosas». Por supuesto, ese pretendido orden es el suyo, el que ellos establecieron. Nada tiene que ver con lo que queremos y deseamos las mujeres que decidimos sobre cómo y con quién queremos vivir nuestras vidas.

Siguen negándonos el derecho sobre nuestro propio cuerpo y por tanto al placer físico o intelectual. Siguen relegándonos a segundos y terceros planos frente a maridos e hijos. Siguen pretendiendo que seamos absolutamente sumisas a sus dictados y para ello son capaces de utilizar la intimidad de los confesionarios para seguir imponiendo su autoridad frente a voluntades, en ocasiones domesticadas por ellos mismos.

No quieren ver que somos muchas, cada vez más las que nos negamos a seguir esas pautas. Que cada día las mujeres reivindicamos nuestros derechos con voces más altas y más claras. Que no pueden seguir predicando paciencia y obediencia y manteniendo la callada por respuesta mientras nos matan, y pretender que su discurso sea seguido por nosotras.

El anticlericalismo entre las mujeres que abrimos los ojos y nos damos cuenta de cómo nos han manejado a lo largo de la historia es una simple y llana consecuencia de su propio discurso.

No pueden pretender que a comienzos del siglo XXI las mujeres no seamos responsables de nuestros propios actos y de nuestras propias vidas. Pretender enseñarnos la vida de su ídolo femenino, la Virgen María, como modelo de vida para las mujeres es, al menos desde mi punto de vista, un atentando contra la inteligencia de las mujeres que actualmente luchamos por nuestro espacio en el mundo. Por un espacio igualitario y no sumiso. Por un espacio que nos corresponde por ser más del 51% de la población mundial. Un espacio de libertad donde elegir en cada momento con quién y cómo queremos vivir nuestras vidas.

Yo al menos así reivindico el mío. No quiero seguir el modelo mariano. No me gusta, puesto que lo considero totalmente castrante como mujer y, sobre todo, porque permite la transmisión de los valores que ellos, los hombres de faldas largas y negras, representan. Y contra eso hay que luchar. Al menos esa es mi opinión y, sobre todo, mi actitud.

 

(*) Valencia, España.

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