Parir en compañía
La ley 17.386 del 15 de agosto de 2001 establece el derecho, poniendo a cargo de los establecimientos asistenciales la obligación de hacerlo conocer a las embarazadas que asistan. La falta de reglamentación puede incidir en la observancia irregular del acompañamiento durante el trabajo de parto y nacimiento, pero no es la única causa.
Un equipo integrado por el médico Carlos Güida, los psicólogos David Amorín y Jorge Rondán, el sociólogo François Graña y el técnico en radioterapia Andrés Urioste comenzaron por recabar opiniones sobre acompañamiento masculino de profesionales de la salud que integran equipos de atención al parto (ginecólogos graduados y residentes, parteras, estudiantes de obstetricia y enfermeras) en tres instituciones públicas (Hospital de Clínicas, Hospital de la Mujer Paulina Luisi del Centro Hospitalario Pereira Rossell y Hospital de Las Piedras) y dos privadas (Centro de Atención del Sindicato Médico del Uruguay- Casmu 3 y Asociación Española Primera de Socorros Mutuos). En una segunda fase indagarán las percepciones y valoraciones de los propios varones en calidad de pareja de las mujeres embarazadas.
La mayoría de las 23 personas entrevistadas -tres cuartas partes fueron mujeres técnicas- percibe que existe un incremento del acompañamiento en el parto en los últimos años, en especial de los padres. No obstante, el protagonismo de estos aún no es contundente, evalúan los investigadores.
Descripta en masculino y asociada a la jefatura del equipo, de la decisión del gineco-obstetra parece depender «si el padre entra o no entra». Aunque en general su participación es vista por las y los entrevistados como «poco funcional». A las dificultades para reconocerle un rol específico, se agrega la percepción de que es «un extraño, un visitante» en «el reino de las mujeres». A la hora de explicar esa ajenidad aparecen vinculaciones entre el hogar, la mujer y la sala de partos, inspiradas en roles tradicionales de género.
Además de estas convicciones internalizadas, que naturalizan el derecho del varón a evadirse en el momento del nacimiento de su hijo o hija, la expectativa generalizada es que en la sala de partos los padres se pongan nerviosos, molesten, se sientan mal, se desmayen.
Las resistencias profesionales se incrementan en el caso de cesáreas. Allí las relaciones en el equipo de salud son más verticales y, salvo excepciones, «el acompañante sale de escena: los derechos adquiridos, los aspectos positivos del acompañamiento, son secundarios ante el acto anestésico-quirúrgico. Esta salida es relativa o total, de acuerdo a la institución», concluyen los investigadores.
No siempre la ausencia de los padres obedece a desinterés o resistencia médica. Hay algunos, sobre todo jóvenes y de escasos recursos, impedidos de participar porque tienen otros muchos hijos que cuidar o no puede dejar de trabajar.
Las mujeres en general evalúan como positivo el acompañamiento de sus parejas.
Entre la y los profesionales, el conocimiento de la ley 17.386 es escaso, y el lugar asignado a los varones en el proceso de nacimiento atraviesa una fase de transición entre dos modelos de atención: el materno- infantil y el enfoque integral de la salud.
La humanización del parto, los derechos reproductivos y la perspectiva de género aparecen sobre todo en las opiniones de las estudiantes, pero no están integrados aún en la currícula de posgrado de ginecotocología.
El acompañamiento se valora en tanto apoyo psico-afectivo, pero sigue siendo prescindible amenazado por factores como deficiencias edilicias, no disponibilidad de ropa de protección adecuada para el acompañante, alto número de partos, etc. Las diferencias entre sector público y privado incluyen la cultura institucional.
Los investigadores recomiendan reglamentar la ley 17.386, capacitar a funcionarios y funcionarias de las instituciones de salud y difusión de los beneficios del acompañamiento para las mujeres, su pareja, el vínculo con el recién nacido.
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