Familias en cambio

Desde la inauguración del seminario «Familias en cambio en un mundo de cambio. ¿Cómo avanzar hacia la equidad entre géneros y generaciones?», el vicepresidente de la República, Rodolfo Nin Novoa reconoció que «hay nuevos modelos de familia en la sociedad uruguaya, aunque con los viejos problemas», sobre todo en lo que tiene que ver con la situación de las mujeres. La senadora Margarita Percovich abogó por una reforma del Estado «en serio», que mire los cambios. «Esto es revolucionario, y las mujeres aportamos una revolución», afirmó. La diputada Daisy Tourné propuso «dar status de responsabilidad social a lo que hasta ahora pesa sobre las mujeres». Para la presidenta de la Comisión de Género y Equidad de la Cámara de Representantes, «La alianza con mujeres de la sociedad civil organizada es vital para que un sistema lento para cambiar acelere el paso». La especialista chilena en políticas públicas y género Virginia Guzmán no sólo coincide, sino que reivindica los aportes en tal sentido del movimiento de mujeres, desde sacar temas privados al espacio público hasta diseñar estrategias para la transversalización de la perspectiva de género en las políticas públicas. Pero, ¿cuáles han sido los cambios experimentados por el sistema familiar uruguayo que justifican tanta preocupación?. Wanda Capella, integrante de la Unidad Multidisciplinaria de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República los puntualizó durante el Seminario, identificando asimismo algunos de los principales desafíos que suponen para un gobierno que se disponga a mejorar efectivamente las condiciones de vida de la población.

«Si bien ya desde la década de l970 comenzaron a vislumbrarse transformaciones en la dinámica de la vida conyugal, puede decirse que el segundo quinquenio de la década de los ´80 fue el escenario de un giro sin precedentes en la historia de la familia uruguaya del siglo XX. En pocos años los casamientos descendieron a la mitad, los divorcios se duplicaron y las uniones libres comenzaron a ser una alternativa cada vez más frecuente frente al matrimonio legalizado», sitúa Cabella. Asumiendo que «el cambio parece irreversible» y que es necesario evaluar sus consecuencias «en el marco de una sociedad desigual y con niveles de pobreza crecientes», la investigadora concluye: «Si se acepta que la diversidad de situaciones es una de las características principales de la vida familiar del siglo XXI, las políticas públicas se enfrentan al doble desafío de incorporar la diversidad y apoyar a las familias que enfrentan mayores dificutades para procesar este cambio».

 

MENOS CASAMIENTOS, MAS DIVORCIOS

Entre 1985 y 2000, el número de matrimonios anuales pasó de 22.000 a 14.000 y, a diferencia de lo sucedido en el siglo pasado, las actuales decisiones de las parejas no están necesariamente vinculadas al entorno económico sino que más bien hablan de pérdida de legitimidad del vínculo legal como marco para iniciar la vida en común.

Paralelamente, el divorcio experimentó un aumento vertiginoso y continuo, pasando de un l8.7% en l985 a un 33.5% en 2002. También la duración del vínculo matrimonial tiende a ser menor: el 13% de los matrimonios concretados en l995 duró menos de 7 años, mienteas que el promedio para los casados en l975 fue de 16.

Que la gente no pase por el Registro Civil no significa que no forme nuevas familias: «En los últimos l0 años se duplicó con creces tanto la proporción de hombres y mujeres en unión consensual como la proporción de personas en unión libre respecto al total de personas en algún tipo de unión», particularmente en las generaciones más jóvenes y con mayor nivel educativo, precisa Cabella. Según datos de la Encuesta Continua de Hogares (ECH) en 2003 vivían en unión consensual el 70.2% de jóvenes de 20 a 24 años con educación primaria; entre universitarios la proporción alcanzaba el 48.3%.

Otro de los cambios identificados refiere al aumento de la edad en que se contrae la primera unión. Para el área metropolitana, la Encuesta de situaciones familiares y desempeños sociales (Esfds, 2001) revela que entre l975 y l984 el l9% de las mujeres que experimentaron su primera unión lo hicieron pasados los 24 años, mientras que en la década siguiente (1985-2001) la proporción aumentó al 37%. Las que tienen mayor nivel educativo y mejor condición económica retrasan más su vida conyugal y también la llegada del primer hijo. Contrariamente, las que tienen menos educación y son más pobres, se casan temprano e inmediatamente comienzan la etapa reproductiva.

 

UNIPERSONALES, MONOPARENTALES, RECONSTITUIDAS

Los hogares nucleares integrados por pareja e hijos, modelo aún prevalente en el imaginario colectivo y aún en políticas públicas, constituyen poco más de un tercio del total de hogares. El aumento de la esperanza de vida y el envejecimiento de la población se traducen en mayor cantidad de hogares unipersonales y de los conformados únicamente por la pareja. Pero el aumento de las rupturas conyugales ha traído un incremento de los hogares reconstituídos, donde por lo menos una de las personas menores de edad que los integran no es hija de ambos miembros de la pareja. También han crecido los hogares monoparentales como consecuencia de la generalización del divorcio. Según la ECH, en 2003 el 51% de esos hogares tenía a la cabeza una persona divorciada o separada, mujer en el 87% de los casos. La misma fuente indica que en l981, separadas o divirciadas sólo representaban el 28.3% de los jefes de hogares monoparentales, mientras que las personas viudas representaban el 58.3%.

Cabella destaca el aumento de la proporción de hogares con jefatura femenina en las últimas dos décadas: 22% en l981 contra un tercio del total de hogares en 2003, conforme datos de la ECH. El tamaño medio de los hogares se ha reducido ligeramente en el último cuarto de siglo: 3.4 personas en l975 contra 3.0 (2.9 en Montevideo y 3.1 en el resto del país) en 2004.

 

HOGARES EXTENDIDOS, ESTRATEGIA DE SOBREVIVENCIA

Los arreglos familiares de los hogares varían según estén por debajo o por encima de la línea de pobreza. Entre los primeros, el unipersonal es mínimo: los que incluyen hijos, sean nucleares, monoprentales o extendidos, representan el 90% del total. A la familia joven y pobre se contrapone la envejecida que supera el umbral de la pobreza.

El hogar extendido es aquel que alberga núcleos secundarios (hijas o hijos a su vez con descendencia, por ejemplo). Constituyen una estrategia para enfrentar las repetidas crisis económicas, y están relacionados con la pobreza. Si bien «a diferencia del resto de los países de la región, en Uruguay la pobreza de esos hogares no es mayor si la jefatura es ejercida por una mujer», como advierte Cabella, «los hogares extendidos son los que enfrentan mayores dificultades: sus jefes o jefas suelen tener bajo nivel educativo, presentan altos niveles de hacinamiento y bajos niveles de bienestar, niños y jóvenes tienen mayores niveles de rezago escolar y abandonan prematuramente el sistema educativo».

 

MUJERES SOBRECARGADAS, PADRES DESENTENDIDOS

Pese a que muchos diseñadores de políticas públicas parecen no haberse enterado, la existencia en los hogares de una mujer exclusivamente dedicada a las labores domésticas y al ciudado de los hijos es mayoritariamente desmentida por la realidad. En las áreas urbanas, la tasa de participación femenina en el mercado laboral ha pasado de 27.4% en l969 a 48.9% en 2001, y asciende a 70% entre las mujeres de entre 25 y 59 años, justamente aquellas sobre las que recae la responsabi
lidad de niños pequeños y enfermos. Esta sobrecarga creciente de trabajo para las mujeres podría aliviarse con mayor extensión de la jornada escolar primaria y secundaria, expansión de la cobertura hacia niños menores de 4 años y soluciones públicas para la atención de adultos mayores.

Tampoco se ha adecuado el contrato doméstico respecto de la distribución de los roles entre hombres y mujeres, y sobre los hombros de ellas sigue pesando la reproducción cotidiana, recuerda Cabella.

Si como se ha comprobado en otros países, el involucramiento de los padres en el cuidado de los niños desde el nacimiento fomenta una mayor voluntad de seguir sosteniéndolos financieramente cuando la pareja se separa, fomentarlo sería una herramienta eficaz para superar el 60% de evasión en el pago de las pensiones alimentarias que se verifica actualmente. Ello sin perjuicio de otras medidas tendientes a aumentar el cumplimiento, como el que consagra el proyecto de ley recientemente aprobado por la Cámara de Representantes, que remite a los deudores a un registro de interdicciones que le obstaculizará actividades comerciales y financieras hasta que pongan al día sus obligaciones familiares.

Con este panorama a la vista, un ejemplo de incongruencia entre la realidad y las políticas públicas es que los planes de vivienda sigan dirigidos a familias tipo de pareja y dos hijos, con ignorancia de la pluraridad de arreglos familiares. Otro que la organización de los servicios de salud siga contando con que en cada hogar hay una mujer adulta que puede dedicar su jornada a ocuparse de la salud de niños y ancianos.

 

EQUILIBRIO GENERACIONAL

«La inestabilidad familiar tiende a profundizar las desventajas de los pobres», y los niños de estos hogares son los que más sufren sus consecuencias, advierte Cabella. Las mujeres pobres tienen más hijos que los deseados, y tanto las uniones como la fecundidad precoz se relacionan con el abandono prematuro de estudios, lo que augura peores puestos de trabajo y más bajos ingresos. Programas orientados a prevenir los embarazos no deseados y a retener a adolescentes y jóvenes en el sistema educativo son fundamentales.

La separación de la pareja implica la pérdida de un aporte económico, que puede llegar a ser total ante el incumplimiento del pago de pensión alimenticia. El régimen de asignaciones familiares tiene poco impacto en la infantilización de la pobreza.

Para Cabella, uno de los desafíos más importantes que enfrentan las políticas públicas respecto de la situación de las familias en Uruguay, es «lograr un cierto equilibrio entre el bienestar de las generaciones, sin comprometer las condiciones de los que han conquistado mejores posiciones en el reparto generacional». Percovich lo expresa así: «Hay un debe con los adultos mayores que hoy juegan un rol fundamental dentro de las familias. Abuelas y abuelos son los que están sosteniendo a nuevas generaciones sin trabajo que siguen teniendo hijos». En definitiva, concluye Cabella, el desafío reside «en mejorar las condiciones de vida de los adultos responsables por el bienestar de los niños, más que en reorganizar el reparto generacional del gasto público».

 

DISTRIBUCION DE HOGARES POBRES Y NO POBRES SEGUN TIPO DE HOGAR E INCIDENCIA DE LA POBREZA. EN PORCENTAJE

TIPO DE HOGAR NO POBRES POBRES TOTAL % POBRES

Fuente: ECH 2003

 

TAMAÑO MEDIO DE LOS HOGARES SEGUN TIPO DE HOGAR Y POBREZA

  POBRES NO POBRES TOTAL

Fuente: Elaborado con base en ECH 2003

 

HOGARES POBRES Y NO POBRES QUE INCLUYEN AL MENOS UNA PERSONA MENOR DE 18 AÑOS POR TIPO DE HOGAR

No Pobres Pobres

  NO POBRES POBRES

 

HOGARES POBRES Y NO POBRES QUE INCLUYEN AL MENOS UNA PERSONA DE 60 O MAS AÑOS POR TIPO DE HOGAR

  NO POBRES POBRES

Fuente: ECH, 2003

TIPO DE HOGAR NO POBRES POBRES TOTAL % POBRES
Unipersonal 24,4 3,0 18,1 4,9
Pareja sola 20,5 6,1 16,3 11,0
Pareja e hijos 27,7 47,7 33,6 41,9
Monoparental 10,5 12,2 11,0 32,7
Extendido 15,2 28,8 19,2 44,3
Compuesto 1,7 2,3 1,9 36,5
Total 100,0 100,0 100,0 29,5
  POBRES NO POBRES TOTAL
Unipersonal 1,0 1,0 1,0
Pareja sola 2,0 2,0 2,0
Pareja e hijos 4,4 3,8 4,0
Monoparental 3,3 2,4 2,7
Extendido 5,1 3,7 4,3
Compuesto 5,2 3,3 4,0
Total 4,3 2,6 3,1
  NO POBRES POBRES
Unipersonal 0,1 0,0
Pareja sola 0,3 0,0
Pareja e hijos 68,1 86,9
Monoparental 32,9 71,4
Extendido 45,8 82,1
Compuesto 28,1 63,4
Total 29,8 75,2
  NO POBRES POBRES
Unipersonal 70,2 45,8
Pareja sola 66,5 59,3
Pareja e hijos 19,5 11,0
Monoparental 42,1 17,4
Extendido 76,5 61,0
Compuesto 54,3 44,5
Total 53,1 30,9
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