Tarea de "hormigas"en educación sexual

El embarazo precoz, la droga y el abuso sexual son algunas de las tristes experiencias que viven niños, niñas y jóvenes en todo el mundo. La falta de información y la marginalidad social contribuyen a naturalizar estas prácticas aberrantes, especialmente cuando se enmarcan en el entorno hostil de la pobreza.

Sin esperar a la implementación del ya demorado programa de educación sexual a nivel de enseñanza primaria y secundaria, las integrantes del grupo Seres optaron por actuar directamente en una de las áreas más problemáticas: el ejercicio de la sexualidad de niñas y jóvenes que viven en asentamientos.

Yessie Macchi trabaja junto a un psicólogo especializado en violencia familiar y abuso infantil, una asistente social y una educadora popular experta en sexología: «Primero optamos por los adolescentes más carenciados del país. Como no podemos movernos al interior, trabajamos con las adolescentes que viven en asentamientos de la periferia». Los talleres realizados en Casabó les llevaron a acotar la tarea a la población femenina, «por entender que es el sector más vulnerable a todos los males sociales. Compartiendo los talleres con varones no resultaba para las niñas: se achicaban, no hablaban, se avergonzaban».

 

ADOLESCENCIA Y POBREZA

El trabajo se subdivide en dos grupos para contemplar la diversidad de inquietudes según las edades. «En el grupo de niñas de 11 a 14 años hay que empezar con temas más primarios. Provienen de familias en las que no se habla de sexo pero a su vez ven a su alrededor una cantidad de cosas: una gran promiscuidad, cambios de pareja, saben lo que es un embarazo, un aborto, el Sida, porque lo están viviendo. No lo tienen procesado dentro de sus cabezas como para poder entenderlo y actuar contra eso, pero tienen mucha sabiduría de vida, o por lo menos muchos elementos de vida», explica Yessie Macchi. En el grupo de las jóvenes de entre 15 y 17 años trabajamos mucho más el tema del embarazo precoz, y también otros temas que tienen que ver con la pareja».

Macchi cuenta que las madres adolescentes muchas veces tienen vergüenza de participar en los talleres: «Al contrario de lo que nosotras pensamos, lo que dicen es ‘me cagué la vida’, porque la pareja las dejó y se dan cuenta que se les acabaron las oportunidades de vivir una adolescencia normal. En ese caso nosotras lo que queremos es reivindicar el valor y la responsabilidad de la maternidad, para que no se sientan estigmatizadas. Lo que sí intentamos es que no haya un segundo embarazo». Se les llevan métodos anticonceptivos, y se las estimula para que saquen cédula y carné de salud para ir a las policlínicas de Salud Pública cercanas a pedirlos: «El tema es si lo usan o no, qué poder de negociación tienen con su eventual pareja. El varón no está educado en el cuidado de su pareja mujer».

La metodología de trabajo consiste en dinámicas de taller en las que se apela más al intercambio que a la mera transmisión de conocimientos: «Es un espacio que ellas tienen -quizás el único que han tenido en sus vidas- donde son escuchadas. Entendemos que más que información, lo que necesitan es sacar para afuera una cantidad de vivencias que tienen y poder trabajarlas junto con nosotras. Lleva tiempo. Dejan sus inquietudes en un buzón anónimamente, o empiezan a exteriorizarlo en juegos y representaciones hasta que se produce una explosión. Ese es el momento más rico para nosotras pero también el más peligroso, porque hay que contenerlas. Consideramos una victoria que, por ejemplo, un abuso infantil haya podido plantearse en el grupo».

 

EL PLACER, ESE DESCONOCIDO

Una característica singular de la tarea emprendida por Seres es la presencia de la perspectiva de género en todos los talleres, que permite un abordaje amplio y equitativo de los diferentes temas. Además de fomentar el autocuidado del cuerpo, la vivencia de una sexualidad libre y responsable y el control de la maternidad, se revisan prejuicios y mitos acerca de la diversidad sexual. «Tratamos de usar todo lo que ellas traen y convertirlo en respeto por la diversidad, aún usando palabras del lenguaje de ellas tales como torta, travesaño y marica. También les damos otras, por si las quieren usar».

Otro de los temas que tratan habitualmente, y uno de los más difíciles, es la enseñanza del placer: «Las muchachas normalmente sienten el sexo  aún con su pareja estable, o casual- como una violación. Cuando están en la relación sexual, no les gusta, están tensas, sufren, pero siguen con eso porque no quieren perder a su pareja, y porque toda la vida lo vieron en sus padres y en sus madres así».

Los grupos empiezan funcionando con 18 integrantes, pero luego de cuatro meses terminan con 7. Macchi explica que «A veces desertan cuando se empiezan a tocar temas muy escabrosos.

Ellas dicen que se aburren, que tienen que hacer; nosotras sabemos que detrás de eso hay temas que las mueven demasiado. A veces también es cierto que tienen que cuidar hermanitos. El tiempo de un asentamiento no es el mismo tiempo nuestro, se mueven en un sin tiempo, viven en el día a día, de pronto hasta se olvidan que ese día hay taller».

El gran desafío asumido por Seres demuestra ser una pequeña gran contribución para mejorar la calidad de vida de las actuales y futuras mujeres que viven en condiciones de precariedad, dándoles herramientas para que su conducta se base en decisiones y elecciones hechas a conciencia, en pleno ejercicio de sus derechos.

 

Colaboración de Cotidiano Mujer, con redacción de Cecilia Gordano.

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