Con 70 años capturó al delincuente que la había estafado a ella y a muchas más

Heroína de un sábado de tarde

 

Nunca pensó, así se lo dijo ayer a LA REPUBLICA, que sería estafada de esa manera, pero mucho menos imaginó cómo las vueltas de la vida le darían revancha. Sostiene haberla aprovechado y con un tono que oscilaba entre la ironía y la jactancia afirmó que «logré yo a mis 70 años lo que no pudo hacer toda la Policía».

Para la señora Díaz la historia comenzó hace poco más de un mes. Un día llegó a su puerta un hombre de buena presencia y buenas credenciales aparentes. «Soy juez» le dijo y también que él podría solucionarle sus problemas, de los cuales aseguró estar al tanto, precisamente por su condición de magistrado: «En 24 horas le arreglo todo».

La mujer enfrentaba un embargo judicial en su vivienda de Sayago y no sospechó que hubiera algo malo en tan fabulosa propuesta de salvación. El hombre le haría los trámites correspondientes y le aseguraba que todo quedaría solucionado. Que con la venta de su casa en unos 12 mil dólares podría comprar otras dos viviendas que él le conseguiría a cuatro mil dólares.

Tampoco con esta propuesta la vecina de Sayago creyó estar ante un embaucador. «A qué hemos llegado. Este hombre comió en mi mesa y resulta que ahora nos enteramos que ha engañado gente por todos lados. Cómo hacerle semejantes cosas a las viejitas que cobran dos pesos de jubilación; no hay derecho, no hay respeto».

Díaz se emociona. Pierde alguna lágrima al recordar su confianza violada. Ella le dio 500 pesos y antes de que no volviera a ver al juez llegó a presentarle a una amiga que también tenía unos problemas que requerían trámites, expedientes y juzgados. También a esta otra mujer el magistrado le prometió soluciones mágicas, de esas que todo el mundo espera escuchar cuando advierte que está pedido.

Sólo le pidió un poco más de tiempo. Lo suyo era más delicado. Cuenta Díaz, con cargo de culpa por haber servido de nexo, que su amiga le dio más de dos mil pesos para que el doctor empezara a trabajar.

No robarás

La mujer cuenta que su indignación se basa también en que ella, a su edad, todavía tiene que estar trabajando para llenar la olla, mientras otras se dedican a «perseguir y engañarnos». Cuenta que teje y además se dedica a las plantas, afirmando tener miles de ellas listas para vender. Y esas mismas manos que trabajan la tierra durante la semana, el sábado se convirtieron en «tenazas» para aprehender al juez.

Ella buscaba a su yerno por la zona del Cordón. Eran aproximadamente las 18 y 30 y con «la idea de distraerme un poco de todo lo que me había pasado y de los problemas» se metió la iglesia del Cordón.

«Había un casamiento y tenía ganas de ver algo lindo», explicó la heroína, razón por la cual se sentó en la última fila de los bancos del recinto. Comenzaba a las 19 horas. Había tiempo de distraerse y descansar un poco.

Pero repentinamente y para su sorpresa al templo también ingresó minutos después el juez, acompañado de otra señora mayor. Se sentaron en la otra punta del banco. Se puso nerviosa; pensó en gritar, salir corriendo y un montón de cosas más. Las miradas de ambos se cruzaron. El hombre la reconoció, pero no supo qué hacer. Ella advirtió que él también estaba nervioso.

Entonces Mayita Esther Díaz fabuló una escena para desconcertar a quien antes la había estafado, y en esto también siente haberse cobrado revancha de alguna manera. Dijo en voz alta al tiempo que se levantaba que iba a ir al baño porque recién había comido un helado y tenía que lavarse. Ella sabía que el delincuente buscaría escapar cuando ella saliera del «cuadro».

Caminó por al lado del hombre mientras era seguida por su mirada y por la de otra mujer a quien ella le había dicho que pidiera ayuda pues acababa de entrar a «la casa del señor» un malviviente.

Tras dar unos pocos pasos y dejar atrás al hombre, éste se paró como para irse y entonces la señora le empezó a pedir a un pastor que llamara a la Policía, rápido, que el hombre se escapaba.

El al principio no fugó velozmente sino que apenas apuró el paso.

Si bien fueron unos pocos segundos el clima en la iglesia se vio revolucionado drásticamente.

El descubierto estafador ya estaba casi en la calle y su víctima gritaba y lo corría, al tiempo que seguía reclamando la presencia uniformada. «Creía que finalmente se iría, que el hombre se saldría con la suya», recordó.

Marche preso

Ya en la calle le dio alcance y lo tomó por la ropa, generándose un forcejeo desigual, que igualmente la mujer resistió con creces. En eso apareció corriendo un funcionario de la Seccional 2ª que oficializó la detención y le pidió a su «colega» que por favor fuera a la comisaría para hacer la denuncia.

«Encantada», dijo la mujer, y junto a su hasta entonces desconocida compañera de desgracia rumbearon para la seccional. Allí se enteró que el magistrado supuesto le había visto manejar cambio en la calle y con pretextos típicos de un cuento del tío se le arrimó y empezó a contarles historias divinas de escuchar, hasta que consiguió ir a la iglesia donde aparentemente consumaría el crimen.

Mayita Díaz lo evitó y se siente orgullosa de ello, aunque todavía incrédula. Muestra sus manos y dice: «¿A usted le parece que yo a mi edad esté en estas cosas?». Estuvo varias horas después de capturar al engañador profesional sentada en la comisaría narrando sus peripecias y recordando una y otra vez la estafa que había sufrido y la denuncia que había hecho en la Seccional 19ª.

Después de tanto trajín dice la mujer que salió de la segunda y se fue sola, no sin miedo, hasta Ejido a esperar el 522 que la llevara a su hogar. Ya había empezado el domingo. Ayer tuvo que ir al Juzgado y después de concurrir y dar nuevamente su testimonio, lo repitió una vez más para LA REPUBLICA.

Y al tiempo que volvía a reencontrarse con sus plantas en Sayago, en el Juzgado era procesado por «estafas reiteradas» Artemio Correa de 61 años, a quien la Policía le incautó varios documentos truchos que lo acreditaban como abogado y magistrado.

Ayer Mayita Díaz durmió en su casa y su victimario tras las rejas. «Quiero saber si saqué un sote», preguntó antes de irse la heroína del sábado por tarde. *

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