Llevaba cartas consigo en las que "explicaba" su locura asesina

Cayó múltiple homicida antes de autoeliminarse en un ómnibus

Sobre el filo de la pasada medianoche fue detenido el desequilibrado que ejecutó a su pareja y a dos de sus nueve hijos, dejando también a otros dos en gravísimo estado.

Martes 18 de junio de 2002 | 12:00
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El impactante caso noticiado en la pasada edición casi termina con un giro que lo hubiera tornado aún más escabroso, lo cual fue evitado por el accionar de un equipo de funcionarios de la Seccional 17ª. De acuerdo a la información trascendida, Hugo Daniel Olivero, de 43 años, después de consumar la masacre familiar deambuló por la ciudad hasta que tomó contacto con su hermana.

Le contó lo que había hecho y le insinuó también sus intenciones de terminar con su vida. Pero como dejando rastros para que esto sea evitado, le dijo que se dirigiría a la ciudad de Las Piedras en el departamento de Canelones. La mujer no dudó en comunicarse con la Policía.

La información fue canalizada por intermedio de la Seccional 17ª, cuyos funcionarios estaban pendientes de su captura desde el domingo a las tres de la mañana, cuando tomó estado público el exterminio ocurrido en la finca de Pasaje 26 y Gustavo Volpe. Las autoridades de la comisaría conformaron un equipo para localizar al prófugo, partiendo hacia el vecino departamento.

Ya en Las Piedras y después de recorrer algunos tramos de la localidad, los uniformados sospecharon que el hombre podría encontrarse en un ómnibus del transporte interdepartamental que pasó cerca de donde ellos estaban. Tuvieron en cuenta, además de la experiencia que da el oficio, los indicios aportados por la hermana del criminal acerca de los tiempos en los que se había comunicado con ella e informado de sus intenciones.

Conmoción

Las fuentes consultadas indicaron que los uniformados pararon la marcha del ómnibus y ascendieron al mismo, identificando de inmediato al buscado, quien pretendía camuflarse entre los demás pasajeros. Algunas versiones indican que arriba del colectivo había unas 20 personas.

Al saberse descubierto, el hombre casi desató un baño de sangre, ya que extrajo de entre sus ropas un arma de fuego y llevó el caño en dirección a su cabeza. Usando la persuasión y teniendo en cuenta el estado de conmoción del individuo, que horas antes había asesinado a parte de su familia, comenzaron a dialogar con Olivero.

Lo distrajeron lo suficiente para llegar a tiempo y desviar la dirección del arma, la cual igualmente logró accionar. La bala que tenía como destino terminar con su vida sólo le causó una lesión menor a raíz del roce con su cabeza. Con la situación bajo control, los uniformados solicitaron refuerzos y comunicaron que el múltiple homicida ya había sido capturado.

A raíz de la herida el frustrado suicida debió ser internado en el Hospital de Clínicas, en el cual permanece a la espera de su evolución, aunque su vida no corre peligro. De acuerdo a las fuentes, Olivero tenía entre sus ropas una serie de cartas dirigidas a su familia y a la Justicia, donde explicaba las “razones” de su patética determinación. En las misivas hablaba mal de su pareja y criticaba la actitud de sus hijos mayores, que tenían conductas que él no aprobaba.

Esto se condice con los mensajes escritos en las paredes de la escena del crimen, que Olivero realizó con la sangre de sus víctimas antes de darse a la fuga.

Los hechos

Ahora Olivero, cuando se recupere, deberá enfrentar por segunda vez en poco más de un mes a la Justicia. Ya en 1999 había tenido que rendir cuentas por sus conductas, cuando quiso matar a un vecino, lo cual le valió un procesamiento por “homicidio en el grado de tentativa”.

Recientemente, en mayo, como se adelantara en la víspera, su pareja Graciela Beatriz Puchereli Valao de 36 años lo había denunciado en la Comisaría de la Mujer y la Familia por los maltratos hacia sus hijos. El hombre fue detenido por la Policía que lo puso a disposición judicial, aunque el juez penal de 19º Turno no halló méritos para procesarlo y entonces optó por no privarlo de su libertad. Sería el comienzo del fin.

Semanas después de aquel episodio, que tensó aún más la relación entre los concubinos, ocurriría la tragedia. Hacía 20 años que estaban juntos y habían tenido nueve hijos, el mayor de 20 y el menor de dos, este último uno de los muertos. El sábado pasado la hija de 16 años de la pareja se retiró del domicilio sobre las 23 horas rumbo a un baile. Luego le diría a la Policía que dejó “todo normal”. Sería ella misma la que al regresar del baile encontrara a su madre y dos hermanos muertos, y a otras dos hermanas con los cráneos destrozados.

Se sabe que Olivero empleó un martillo, al que descargó varias veces en los cuerpos de los suyos. La herramienta sería hallada luego por los investigadores totalmente impregnada de sangre, como así también lo estaba gran parte de la casa.

Sin embargo no se descarta que también haya usado en algún caso el mismo revólver con el que luego quiso matarse, extremo que procura confirmarse o destacarse a través de las autopsias y los peritajes técnicos.

Sin perdón

Los niños muertos fueron identificados como Facundo Nicolás Olivero Puchereli de cuatro años y Agustín Ezequiel de dos. La niñas que se encuentran en el Hospital Pereyra Rossell con lesiones delicadísimas en la zona craneal son Ana Gimena de ocho y Valeria Karen de seis.

Ayer, el barrio de la tragedia no salía del impacto que se instaló en él a partir de las tres de la madrugada del domingo pasado. Los vecinos aportaron su testimonio limitándose a describir “lo hermosas” que eran las criaturas caídas en desgracia por la locura homicida del padre. Jugaban con los demás niños del barrio y daban muestras de ser muy respetuosos.

Una vecina, visiblemente perturbada, no encontraba explicaciones a lo sucedido, pero de algo estaba convencida y era de que no tenía perdón. En las próximas horas Olivero será conducido ante la Justicia, bajo cuya lupa estuvo semanas atrás aunque sin consecuencias: para él. *

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