El auto, la pareja, los moteles y el techo que se vino abajo
La investigación realizada por LA REPUBLICA permite revelar detalles hasta ahora no conocidos de los hechos y de las investigaciones iniciadas tras la balacera. Uno de ellos es la «pista del auto». Este elemento fue manejado en las más altas esferas como trascendente, y algún medio de prensa así lo destacó.
En este sentido se mencionó que un auto sospechoso había sido visto en las inmediaciones al Centro de Justicia. Las fuentes revelaron que la Policía logró establecer el origen del auto, tratándose de un vehículo matriculado en el departamento de San José, cuyos dos ocupantes (un hombre y una mujer) estuvieron alojados en un motel emplazado a unos pocos kilómetros del lugar, en la zona de Santa Isabel.
Sin embargo la pareja no parece estar involucrada con intentar matar a un juez. Y en la hipótesis de que el asesino frustrado se hubiera refugiado en uno de estos establecimientos, resta aún saber quiénes estuvieron en otros cuatro que existen en Rivera y otros tantos en la vecina ciudad brasileña de Livramento.
Otro de los puntos novedosos sobre este caso está planteado en el lugar por donde pudo haber entrado la persona que disparó. La versión oficial dice que esto habría acontecido por la parte de atrás de la iglesia, la cual domina gran parte de la manzana en la que se halla el Centro de Justicia. De allí ganó a los techos y llegó hasta la ventana de la cocina de Basil.
En su informe, Inzaurralde sostuvo que el tirador había estudiado varias veces el lugar, por tanto se desprende que estuvo sobre esos techos en más de una oportunidad, antes de accionar el arma. Pero lo que el informe no incluyó es que un colega suyo, perteneciente a la Brigada Antidrogas, cuando fue a inspeccionar el lugar en busca de indicios sufrió una caída en los techos, y más precisamente porque una parte se venció y se precipitó al vacío.
Si bien el funcionario, que no sufrió lesiones graves, pudo tener mala suerte de tocarle justo a él que el techo cediera, hay algunos elementos que llaman la atención. Si el hombre después de tirar tres tiros contra «el juez anticontrabando» debió huir de forma desesperada temiéndose un despliegue policial, es razonable pensar que no se fijó mucho en dónde ponía los pies y menos, si como se estima, tenía una capucha puesta. Más bien pensaba en cómo llegar a la parte de atrás de la iglesia para ganar la calle y escapar.
De haber logrado este objetivo tuvo que haber sido antes de los cinco minutos que le llevó a la Policía rodear la manzana, y lograr, a pesar de sus nervios y la adrenalina que expedía, pasar desapercibido para los casi 100 trabajadores nocturnos que esa madrugada estaban dispersados por la ciudad de Rivera. *
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