Las mujeres
Vos miralas y vas a ver que podés sacar una historia, me decía Pepe Romero; las mujeres de la cárcel son todas una historia, y cada una de ellas tiene la suya, vos mirá que en la visita, por cada hombre que viene, vienen 5 mujeres. Y era cierto, y empecé a verlas para entenderlas, quería ver a esos maravillosos seres que soportaban interminables colas al rayo del sol y denigrantes revisaciones para ver un par de horas a su amado, y que semana a semana cual un rito sagrado allí están, al firme en la cola.
Y entonces vi a las madres, con sus caras tristes, amargas, cargando sus bolsas, con lo que ellas saben que le gusta y está permitido. Han aprendido a fuerza de cortarles las tortas en busca de algo, o romperles los paquetes buscando vaya a saber qué.
Como nunca les dijeron claramente, ellas han aprendido a fuerza de golpes. Además con el tiempo ya conocen a la muchacha que revisa y saben lo que ella quiere y lo que no, por eso las madres son las baquianas y las jóvenes las siguen, para aprender, como en la naturaleza.
Las hermanas tienen el camino allanado, van livianas de equipaje y aprovechando la baquía de la vieja, pero son las que se van cargadas de encargues, son las que se llevan nuestras ansiedades y esperanzas, son las que van a hablar con el abogado a ver qué novedad hay en los kafkianos expedientes, son las que les recuerdan a los olvidadizos amigos que nos está faltando yerba y alguien para tomar unos mates. Bien diferenciadas vienen las esposas, porque casadas o no todas son las señoras, las patronas, haya habido juez o no. La ley de la cárcel les otorga a esas sacrificadas mujeres, que se han quedado al frente de un hogar solas, cuidando nuestros más preciados tesoros que tambaleantes vienen caminando delante de ellas a darnos un beso en un momento sagrado para cada preso.
Hasta el más curtido tiene su «Patrona y su Vieja», y para muchos, aunque no lo digan, son los puntales que les ayudan a aguantar lo inaguantable. Más atrás vienen las novias, nerviosas, con ojos asustadizos, valientes, decididas, imparables, la vida les adelantó una decisión que quizás, en otras circunstancias, la hubieran tenido que tomar dentro de unos años, pero las cosas se precipitaron, y la revolución comenzó primero en casa enfrentando a los padres, luego armó su corazón con una coraza y ha salido a luchar contra todo y contra todos, y ahí está también en la fila.
Hasta el más duro cuando se despide y ella le da la espalda, camina con los ojos húmedos hacia su celda. Con fuerzas para esperar la otra visita. *
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