Día de visita

Lágrimas de mujer

Por Washington de María

 

Dicen que en lágrimas de mujer y promesas de político nunca has de creer, y qué cierto y sabio es esto y si no pregúntele al coronel Beltrán, como lo llamábamos en el Comcar, a un penado que había servido en el Ejército, pero que sólo había llegado a soldado de 1ª, aunque a su juicio (si es que lo tenía a esa altura), merecía el grado de coronel por sus conocimientos, destreza y valor en el combate día a día con el «rancho» (comida de la cárcel).

El coronel nos deleitaba con sus largas charlas referentes a sus misiones en el extranjero, los riesgos que corrió y cómo sobrevivió y en todos los países en que operó. Lamentablemente no tenía ninguna foto o recuerdo o testigo que avalara sus dichos, pero en fin esto era propio de los grupos comando que él integraba. Ultimamente su especialidad era detectar y neutralizar las bolsas de alimentos que los familiares le traían a los otros presos, era lo que vulgarmente se llama en la jerga un «paquetero».

Llevaba casi 9 años preso, y estaba penado con 15, había matado a un escribano que le había «virlado» una sucesión.

Eso lo descontroló y sin más lo acribilló a tiros, y con tan mala suerte que el finadito además era amigo personal del entonces presidente Sanguinetti, así que la cosa pintaba mal para él, pero estábamos en el gobierno blanco de Lacalle y él hacía valer su ilustre apellido Beltrán y lo relacionaba con los notables tocayos del Partido Nacional .

Con motivo de las fiestas tradicionales del 94, se llevó a cabo una misa auspiciada por el clero, se rogaba no concurrir de corte y que la colectividad gay, fuera de pelo recogido (el pelo) y con vestimenta masculina a efectos de no causar mala impresión a la prensa y los «cajetillas» figuretis que siempre vienen a esos eventos. Y como no podía ser de otra manera, habiendo TV, en representación del Poder Ejecutivo, el señor ministro del Interior don A. Gianola. Al finalizar la liturgia, el ministro improvisó unas palabras acordes a la fecha dando un mensaje de fe y esperanza, y de entre la población carcelaria, saltó como un exabrupto el coronel, motivado vaya a saber por qué manijas, le explicó sus parentescos, posó en unas fotos de los periódicos, y aprovechó la oportunidad que le brindó esa amable emisora y le pidió al señor ministro, si los últimos años de su condena los podía pasar en el Tacoma gozando de los beneficios que éste otorga a tan ilustres moradores de la cárcel VIP.

Como no podía ser de otra manera y en esa situación el ministro accedió e incluso le dijo el día y hora que lo vendrían a buscar para el traslado. El día marcado era el 10 de enero en la tarde; en la mañana el coronel regaló todas sus pertenencias –que por cierto eran muy pocas– y como postre se despachó a gusto con todos a los que le tenía ganas, y no midió palabras, a todos les dijo lo que en esos años había juntado para decirles, de todo, para que lleven, tengan y repartan, y ahí tampoco midió jerarquías ni tamaño. Esa tarde no vino la camioneta para trasladarlo, ni la tarde siguiente, ni nunca. El coronel se fue con 3/4 de la pena cumplida, allá por el 98, y tiene muy presente eso de las lágrimas de mujer.

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