La carta de su esposa

«A tres años de la muerte de mi esposo, el cabo Ricardo Curbelo, sólo puedo repetir que no se suicidó. Que fue un asesinato. El fue un esposo ejemplar, un maravilloso ser humano, siempre dispuesto al chiste, el policía honrado, amigo de todos y un hombre honesto. Por eso lo mataron. Nos amábamos y de eso no me cabe la menor duda…»

«El acta de defunción dice que dejó de existir, pero no es verdad, él sigue y seguirá viviendo en mi corazón y en el recuerdo de todo el pueblo de Tres Bocas y San Javier, aquí en el departamento de Río Negro….»

«Ese mismo día de su muerte, mi mundo se vino abajo y hasta ahora sigue siendo la más horrible de las pesadillas. Entendí que el duelo no es como un viaje, al que uno se prepara, sino que es un camino desconocido, oscuro y lleno de dolor. No hay salida y sólo se siente una gran pena que se vive en absoluta soledad. No hay consuelo…»

«Todo este dolor implica que hay cosas muy tristes que tenemos que aceptar y entonces recuerdo que mi esposo decía que la muerte es parte de la vida y que así tenemos que aceptarla. Pero qué difícil es.

Aún no he podido superar estas etapas inevitables que me han tocado vivir, pero trato de minimizar el dolor, recordando a «Sana» (así llamábamos a mi marido, que significa Alejandro en ruso) ya que la muerte no ha podido separarlo de mí.

Nuestras familias lo recuerdan siempre con una sonrisa y tratando de aprender a vivir cada día con el dolor.

Para mi esposo, el más dulce recuerdo».

María Magdalena Morganti.

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