Casi no la cuenta
«En todo momento esperé el instante justo. Sabía que al principio no podía hacer nada porque estábamos rodeados y no sabía cómo iban a reaccionar mis compañeros», recordó Medina. Sus compañeros eran su hijo de 17 años y otro trabajador mayor de edad. Medina lleva diariamente a su hijo para que vaya aprendiendo el oficio y el día de mañana tener en sus manos una herramienta de trabajo.
Eran las 2.30 de la madrugada del sábado pasado cuando los trabajadores nocturnos y el «aprendiz» realizaban las labores cotidianas en el local de la calle Hipólito Yrigoyen 1990. Repentinamente una serie de golpes los sacó de su rutina. Y después de los ruidos irrumpieron las imágenes de seis personas que cubrían sus rostros con bufandas. Luego se sabría que los delincuentes saltaron unos muros para llegar al predio donde está la cuadra, y mediante empujones franquearon la puerta de acceso.
«Tenían palos, cuchillos y uno de ellos un revólver calibre 22″, explicó el entrevistado. Medina indicó que la patota formó un círculo alrededor de ellos tres, y advirtieron que no intentaran nada o de lo contrario los matarían: «Mi hijo quiso reaccionar y agarró un molde para atacarlos. Pero yo le dije que se tranquilizara, que no hiciera nada». Acto seguido fueron encerrados en la «estufa», un lugar sin más abertura que la puerta, donde se van calentando los productos.
Estrategia
Cuando los dos trabajadores y el hijo de Medina estuvieron allí, escucharon que los intrusos comenzaron a revisar todo el lugar. Eran poco más de las 2.30 y deberían pasar cinco horas hasta que llegara el primer trabajador matutino para liberarlos.
Pero Medina tenía el firme propósito de frustrar el atraco. Más aún cuando escuchó desde el reducto en el que se encontraba que los copadores estaban acondicionando su moto para llevársela. «Era el esfuerzo de mi trabajo. La había comprado con mi sudor y no estaba dispuesto a perderla», relató.
Entonces le dijo a sus «compañeros» que se corrieran hacia el fondo de la pieza porque intentaría que le abrieran y enfrentarlos. Empezó a golpear la puerta exigiendo que lo dejaran salir.
Si bien la patota no prestaba atención a sus reclamos, cuando se aprontaban a retirarse se percataron que no podían llevarse los elementos que habían seleccionado. La sencilla razón era que habían ingresado tras saltar una serie de muros, pero al irse debían abrir si o sí el portón de calle, para poder sustraer una computadora, un fax, la caja registradora y la moto.
Debieron preguntarle a Medina dónde estaban las llaves. Y si bien estaban colgadas en una pared, «les dije que las tenía yo. Me indicaron que las tirara por abajo de la puerta, pero yo les dije que si querían las llaves me iban a tener que abrir. Yo sabía que iba a venir el que estaba armado y, si lograba dominarlo, los otros estarían fuera de combate».
Se le caen las balas
Finalmente el ex soldado, devenido en maestro panadero, escuchó que alguien abría la puerta. Y ni bien pudo extrajo una mano hacia el exterior y lo tomó de un brazo, trayéndolo hacia adentro. Pero sus cómplices se movilizaron rápidamente, y comenzaron a apretar la puerta contra el brazo de Medina para que lo soltara. Si lo hacía entonces las vidas de ellos tres hubieran corrido peligro.
«Pude poner su cabeza contra el marco de la puerta, entonces los demás ya no podían ejercer presión. De ahí en adelante se desató un forcejeo, durante el cual yo buscaba traerlo hacia mí para anularle la posibilidad de tiro», describió Medina el momento más difícil, reconociendo que la suerte estuvo de su lado.
El rapiñero logró subir la mano con la que sostenía el arma, pero entonces se le cayeron cinco balas; solo quedó la que estaba en el caño, lista para salir. Y salió en marco del forcejeo, pero el proyectil si bien iba dirigido hacia la cabeza de la víctima, sólo le provocó un roce, que hoy Medina exhibe aliviado.
El disparo puso en fuga a los delincuentes. Sólo quedó atrapado en la cuadra el que había luchado con el ex soldado. Fueron trancadas las puertas y entonces el delincuente corrió hacia un piso superior. Antes de perseguirlo, Medina llamó al 109 y después a su esposa, quien volvió a llamar al 109.
Lenta respuesta
«Antes de subir agarré una cuchilla y cuando lo tuve cerca se puso a llorar pidiéndome que no le hiciera nada. Yo en ningún momento pensé en lastimarlo, sólo quería retenerlo hasta que llegara la Policía. No podía tardar mucho», sostuvo el «héroe» de la jornada con ironía, en virtud de lo que finalmente ocurrió.
En determinado momento se escucharon golpes en la puerta y Medina pensó que los delincuentes venían a rescatar al compañero caído en desgracia. Pero era otro empleado de la panadería, que al escuchar los ruidos decidió ver qué pasaba.
Esta situación fue aprovechada por el «rehén» para ganar las azoteas y comenzar a correr por ellas. Medina hizo lo propio, pero cuando el individuo llegó a la esquina de Hipólito Yrigoyen y Godoy se arrojó al piso.»Cayó a pocos metros de dos policías uniformados que hablaban por teléfono celular. Yo no podía creer como lo dejaron escapar y les dije que con esa actitud no iban a atrapar a nadie». Medina dejó en claro que no está en contra de la Policía (tiene un padre retirado del instituto en Durazno y un hermano en actividad en el mismo departamento), pero puso énfasis en que la demora de media hora que tuvo para llegar al lugar le pudo haber costado la vida, más allá de que los delincuentes escaparon sin problemas.
La panadería ubicada en el barrio Malvín Norte se encuentra bajo la jurisdicción de la Seccional 15ª, pero las primeras unidades en llegar, cree Medina, fueron de Radio Patrulla. El hombre tiene 40 años y, además del hijo que fue testigo de su valiente accionar, una hija de 14 años recién cumplidos.
Reconoce que todo el mundo le pregunta asombrado cómo reaccionó de la manera que lo hizo, pero dijo que lo volvería hacer. Agregó que la empresa tenía seguros para el caso de que el robo se consumara (cosa que no pasó gracias a su actitud), pero él no.
Además desmintió las primeras versiones brindadas por la Policía acerca de su rápida respuesta.
Su relato de la historia como testigo privilegiado aún no fue requerido por la comisaría, ni siquiera para saber las características de los delincuentes que casi le impiden contarla.
Compartí tu opinión con toda la comunidad