Uno había sido violado y contagiado de sida

Dos presos intentaron matarse en Las Rosas

Maldonado

 

CHCS, oriental, soltero, de 24 años, está internado en el Centro Nacional del Quemado del Hospital de Clínicas, con prácticamente todas sus vías respiratorias quemadas por inhalación de humo ardiente. Junto a él se encuentra MA, cuyos demás datos se desconocen, que además de los mismos daños que su compañero, tiene quemaduras de 2º y 3er. grado en el 25 por ciento de su cuerpo.

Ninguno de los dos casos fueron consignados en el parte policial diario, aunque ocurrieron hace pocos días y fueron reconocidos a LA REPUBLICA por el jefe de Policía de Maldonado, inspector Mario San Pedro.

 

Contagiado con sida

El pasado jueves 19, el recluso MA reclamaba la presencia de su abogado defensor. Como no logró que nadie lo escuchara, le prendió fuego al colchón que usaba en su celda y se tiró arriba de las llamas. Ahora con gravísimas quemaduras internas y externas, su vida está en riesgo.

El caso de CHCS es aún peor. Se trata de un joven que presenta desequilibrios psíquicos y, según varios profesionales, «no debería estar con los presos comunes». Su nombre completo está en nuestro conocimiento, pero optamos por no revelarlo para no estigmatizarlo a consecuencia de la enfermedad que padece. Tiene como antecedentes cuatro procesamientos por hurtos simples. El último, por el que estaba detenido desde hace tres meses, fue por robar una bicicleta.

En 1998 su madre denunció ante el juez penal de 2º Turno, Daniel Tapié, que el joven había sido violado por otro detenido, cuyo nombre aportó en la sede, y contagiado con sida, ya que el violador es un conocido portador de VIH.

Según la madre, a quien la estudiante Berna contactó y comunicó con LA REPUBLICA, «esa denuncia no tuvo ningún andamiento en el Juzgado y funcionarios de la sede me dijeron que había sido archivada». El muchacho volvió a caer preso y el pasado 2 de abril la abogada defensora de oficio (subrogante), Verónica Acuña, presentó un escrito ante el magistrado.

El mismo expresaba que «CHCS estaba internado en el Hospital de Maldonado por haber intentado tragar un hoja de afeitar. Allí está siendo atendido por el médico forense y psiquiatra, José Luis Rinaldi, quien manifestó que sería conveniente se le trasladara a un hospital en Montevideo. Es de su conocimiento que está viviendo una difícil situación en el Penal de Las Rosas y alejarlo del lugar es lo más apropiado para evitar conductas como la descrita».

La abogada Acuña le solicitó al juez Tapié que autorizara el traslado del detenido «al hospital psiquiátrico de Montevideo». Pero el pedido fue desoído y en los primeros días de la semana de Turismo CHCS regresó a Las Rosas.

Su madre relata que «estaba amenazado y aterrorizado. Tenía miedo que lo violaran de nuevo e incluso que lo mataran. Más de una vez me pidió que no me dejara ver la cara por… (nombra a dos delincuentes con múltiples antecedentes, ahora presos por asesinato), porque decía que esos tipos se iban a vengar de mí por la denuncia que habíamos hecho».

El lunes pasado, cerca de las 17 horas, la Policía le avisó que su hijo estaba internado en grave estado en el Hospital de Clínicas, adonde había sido trasladado en las últimas horas del domingo. Entonces fueron al hospital y el médico les informó que «estaba todo quemado por dentro, teniendo afectados principalmente los pulmones».

El jefe de Policía dijo a LA REPUBLICA que «a diferencia del otro recluso, quien se tiró sobre el colchón en llamas, este muchacho aspiró durante un tiempo un humo denso y ardiente, también proveniente del colchón que sin embargo no estaba con fuego».

El viernes los padres de CHCS presentaron una nueva denuncia, pero esta vez en la sede de 4º Turno a cargo de la magistrada Fanny Canessa, para que se investiguen los hechos reseñados y que «se agregue la denuncia presentada en 2º Turno hace tres años». El mismo viernes, el juez Tapié le otorgó la libertad. Pero nadie puede asegurar que vuelva a disfrutarla.

 

Infierno en Las Rosas

El establecimiento carcelario de Las Rosas atraviesa por una gravísima situación a partir de la instalación de mafias internas que controlan el tráfico y venta de drogas a los detenidos; la venta y producción de bebidas alcohólicas y el abuso sexual de algunos detenidos.

Altas fuentes policiales que aceptaron hablar con LA REPUBLICA a cambio de mantener su anonimato, reconocieron la situación aunque la explicaron a su modo. «Desde el mismo momento en que una persona cae detenida se establece una batalla entre presos y carceleros por la libertad. Los detenidos hacen cualquier cosa por lograr sus condiciones de vida dentro del penal. Y a veces ocurren cosas graves porque los controles son insuficientes o por otras razones que no descartamos», dijeron las fuentes en obvia referencia a la posible existencia de corrupción entre los efectivos policiales.

De hecho, el penal de Las Rosas construido hace unos 20 años, tiene capacidad para no más de 80 presos. Ahora hay algo más de 200. La connivencia entre los delincuentes locales y «algunos pesados» trasladados desde Libertad o el Comcar, terminó por convertir al otrora establecimiento modelo en una verdadera escuela del delito. Por ejemplo: la Policía investiga los vínculos que está manteniendo un conocido narcotraficante local, que salió en libertad hace poco tiempo, con personas que van recuperando la libertad. «Está armando sus contactos de nuevo», dijo la fuente.

Otra de las fuentes a que accedió este matutino dijo que «adentro del penal se vende droga que muchas veces es ingresada por las visitas. El procedimiento es sencillo: cuando llegan van al baño y esconden la droga, después van a la revisación y vuelven al baño. Como no los revisan nuevamente, es fácil ingresar cualquier cosa. Hay presos que ganan mucha plata, más que trabajando afuera. También se venden bebidas alcohólicas e incluso fabrican adentro una cosa horrible que hacen con alcohol azul».

 

Antecedentes

Entre agosto y setiembre de 1999, durante una requisa, la Policía incautó en la cárcel casi un kilo de marihuana, varios teléfonos celulares, «cortes» (armas blancas) y dólares.

En octubre del mismo año, el abogado Rafael Barla, entregó a la Justicia el relato de uno de sus defendidos sobre lo que le ocurrió la misma noche que ingresó a Las Rosas: «Cuando terminamos de comer, algunos presos se fueron a su celda o a una pieza donde hay varias cuchetas y duermen juntos. Otros se quedaron allí, se sentaron en el piso cerca de los rincones y aparecieron dos botellas».

«Una era de whisky y la otra de una bebida que preparaban ahí adentro. Me ofrecieron un trago y acepté a pesar de que no tomo, porque esa noche quería dormirme rápido. Enseguida empezaron a armar cigarrillos. Pero apenas los encendieron me di cuenta que conocía ese olor; no era tabaco sino marihuana. Uno de ellos, el más grande de todos, se acercó y me ofreció uno que traía en la mano. Le dije, gracias no fumo. Entonces el tipo me dijo: ‘Hermanito, acá todos fumamos y el que no lo hace la puede pasar mal. Una cuestión de seguridad, viste’. Hasta entonces yo no había visto que en la otra mano tenía una especie de cuchillo pequeño y brillante, que me mostró con ostentación».

Poco después, el mismo abogado, denunció ante la sede de 2º Turno que «la cárcel y el proceso para mi defendido, desde su aprehensión ha sido un continuo tormento, y el mismo por razones humanas debe cesar, ya que en estas condiciones hacerlo volver al establecimiento carcelario pondría en riesgo su vida.

En la cárcel se fomenta la especialización
en el delito, el alcoholismo, la drogadicción y hasta el juego clandestino. Además se le hace perder al preso los pocos pesos que puedan tener él o su familia, para tratar de sobrevivir de la mejor manera posible».

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