Aterradores detalles jamás contados sobre el homicidio del juez García

"Sólo quise darle un susto"

La señora, hoy de 43 años, que purga una condena aún sin sentencia por el delito de «homicidio especialmente agravado», dialogó extensamente con LA REPUBLICA en su domicilio de La Unión, en una de sus salidas transitorias, para poner las cosas en su lugar.

«En el momento en que mi esposo murió trágicamente después de haber estado internado 4 días, sus colegas y amigos del Poder Judicial se encargaron de cubrir el caso con un manto de silencio. Y fue en medio de esa situación que la jueza Anzuberro me procesó, sin tener en cuenta todos los antecedentes y denuncias formuladas por mí sobre los tormentos que padecía por la doble vida de Jorge», dijo nuestra entrevistada.

«Yo quiero llamar la atención de los jueces, ministros y fiscales sobre lo sucedido», empezó diciendo «Graciela G».

 

Una historia de horror

«Conocí a Jorge cuando mi hijo mayor tenía 6 años. Era el año 1980. El era estudiante de Abogacía y yo alquilaba una casa de su madre en el Prado, donde vivía con mi pareja anterior y nuestro hijo». Así empezó el relato de una historia de horror que terminó trágicamente.

«Yo no tenía razones económicas, pues Jorge no poseía bienes. Además, mi compañero estaba en buena posición y no nos dejaba faltar nada».

«Esa delicadeza que tenía me cautivó y me enamoré de él. Pasamos a vivir juntos y después nos casamos. Hasta que se recibió en 1983 yo lo mantenía con el dinero que me pasaba mi pareja anterior, que era el padre de mi primer hijo».

«Cuando se recibió, fue designado juez de Paz de Young. Me acuerdo que lo acompañé hasta el Poder Judicial a llenar el formulario para el cargo. Entonces ya estaba embarazada de mi segundo hijo, el que nació en 1985. El vivió cuatro años en Young y nosotros en Montevideo. Luego lo pasaron a Artigas como juez letrado, donde estuvo un tiempo antes de ser trasladado a Fray Bentos. Allí estuvo 5 meses, hasta que vino a Montevideo en el año 1990, designado como juez de Trabajo de 7º Turno».

 

La secretaria le pegaba

«Estando en ese juzgado –dice Graciela–, inició relaciones sentimentales con su secretaria, de nombre Elsa. Empieza un romance con ella y Jorge empieza a maltratarme», relata.

«No estaba bien de la cabeza. Tenía trastornos de la infancia. El me maltrataba y la secretaria me llamaba por teléfono a cada rato».

Por los castigos tan seguidos, la esposa pidió una medida cautelar en el Juzgado de Familia de 10º Turno, en abril de 1993, por el cual se dispuso que el juez tenía que abandonar el hogar conyugal.

La mujer recurrió a un abogado para que García accediera a pasarle una pensión alimenticia para el hijo, a lo cual se negaba, hasta que finalmente acordaron que le dejaba la casa hasta que el hijo cumpliera 21 años.

Luego de un año y cuatro meses en que la pareja vivió separada, el juez García volvió a la casa de su esposa y le pidió ayuda porque, según dijo, la secretaria le pegaba. Entonces, la mujer pasó por alto el convenio firmado en el Juzgado de Familia y le permitió volver a la casa, pero separados. «Yo quiero vivir contigo», le rogaba Jorge García, arrepentido, y ello llevó a la mujer a perdonarlo y aceptar vivir juntos, «porque lo amaba», dijo ella. «Hay que aclarar –dijo– que Jorge se había divorciado sin que yo supiera y cuando me enteré, luego de su regreso, le dije que todo se podía arreglar si se volvía a casar conmigo».

 

El caso González

El juez García fue el magistrado que más avanzó en la investigación sobre el asesinato de Luis Ernesto González, quien tras haber desaparecido (presuntamente secuestrado) el 23 de agosto de 1993, su cadáver fue sacado el 30 de ese mismo mes del interior de un aljibe en Los Cerrillos. Tenía un balazo en la cabeza. Todos quienes estuvimos junto al aljibe en aquella lluviosa mañana, vimos que el cuerpo de González estaba fresco y bien vestido. Tanto fue así que Yamandú Castro, por aquel entonces jefe de Policía de Canelones, comentó ante la jueza Mussi sobre la muerte reciente de González. Dijo que cuando lo sacaron del aljibe «sólo le faltaba pararse y saludar», de tan fresco que estaba.

A fines de 1993, el juez García tomó el caso en sus manos al ser designado en el Juzgado Penal de 20º Turno. Comenzó con inusitada vitalidad y ordenó nuevas diligencias y reconstrucciones sobre los recorridos efectuados por González cuando ya estaba en manos de sus presuntos secuestradores. Los tiempos no daban para nada y pidió más diligencias. En aquella oportunidad, el juez García logró ubicar a dos mujeres que habían visto a González en un bar de Avenida Italia y Marmarajá. No iba secuestrado y viajaba junto a la ventanilla de un auto Volskwagen Santana.

En esa época, el juez le dijo al abogado de De María que consideraba responsables como conspiradores e instigadores del crimen a la esposa de González, Olga Sánchez, y a su hijo mayor, Pablo González.

Era una mafia poderosa y el juez García pudo deducir quién estaba en la cúspide de la pirámide.

A comienzos de 1994 el juez García viajó a Alemania por cuatro meses, en usufructo de una beca, y fue sustituido al frente del Juzgado por la doctora Cecilia Schroeder.

 

Las aberraciones

La mujer procesada por la muerte de García levantó sus ojos, se recogió el cabello rubio y dijo de frente: «Usted no me lo va a creer, pero él se acostaba con mi hermano… Lo hacía en mi casa, frente a mi sobrino, que tenía 13 años, quien vio todo…». «Seguía maltratándome porque yo le recriminaba su actitud. Me tiraba al piso y me ponía una rodilla en el pecho para que no pudiera defenderme. Luego me golpeaba…».

«Aun así, yo trataba de rescatarlo del abismo. Iba a bus carlo a reuniones con homosexuales. Todos sus amigos eran de esas tendencias».

«Un día trajo a uno de esos amigos a casa y luego me enteré que intentó manosear a mi hijo, el segundo, que también era hijo de Jorge. Yo intervine, pero él se interpuso diciendo que no era nada, que estaba borracho».

«No me quedé tranquila, porque mi hijo, que tenía nueve años, me dio detalles de lo sucedido. Entonces fui a hacer la denuncia en la Seccional 8ª. Me pasaron al Juzgado y me atendieron el juez Catenaccio y el juez Cal, quienes intercedieron en defensa de un amigo y me dijeron que no se podía hacer el proceso, porque el menor iba a sufrir un perjuicio sicológico grande. Yo les respondí que ellos no hacían nada porque se trataba de un juez. Le pregunté al doctor Cal (hoy profesor de la Facultad de Abogacía) qué haría si hacen eso con un hijo suyo. Me respondió muy serio: ‘Me saco el saco y me olvido que soy juez'».

 

Las escaramuzas

«Todo empezó el 15 de diciembre de 1995, en vísperas de su cumpleaños», recuerda la viuda. Ese día dijo que andaba en el caso González y que iba a llegar tarde. Pero no regresó ni llamó por teléfono».

Ella mira hacia el techo como si hiciera un esfuerzo para recordar el instante de la tragedia: «Me puse muy inquieta, pensé que le había pasado algo. Incluso pensé que lo podían matar por el caso González. Ese día me había dicho: ‘La mujer y el hijo son los principales sospechosos…’. Fue entonces que tomé tranquilizantes y me dormí. El llegó muy tarde, cuando amanecía. Se fue a dormir y de tarde, temprano, se levantó. Yo, muy enojada, me fui al jardín, llené un balde con agua y se lo tiré por encima. El zafó y no lo mojé. Volví a tirarle otro balde. Entonces corrió a la calle y yo lo seguí. En la esquina le arrojé dos bolsas de basura. El me pidió que me quedara tranquila, que era un juez
y no podía tener líos. Corrió y yo lo volví a perseguir. Se detuvo y le pegué una cachetada. Entonces me pidió que volviéramos a la casa de la calle Capitán Basedas, para hablar. Yo acepté, pero seguía enojada y me puse a regar las plantas, mientras él se fue a lavar al fondo».

 

El crimen

Ella ya no puede detenerse y sigue narrando los hechos: «Me fui a mirar la tele con mi hijo, mientras que Jorge se fue al dormitorio, desde donde empezó a llamarme. Yo no quería ir. Me levanté y fui a preparar a mi hijo, que tenía que ir a un cumpleaños».

«Entonces él se levantó y me dijo que se iba a lavar la cabeza. Yo lo encaré y le dije: ‘Jorge, no vas a salir’. El me respondió que no y luego que mi hijo saliera para el cumpleaños nos quedamos solos.

Cerca de las 20 horas, Jorge se bañó y se vistió. Era sábado. ¿No pensarás salir? , le pregunté. Allí empezamos a hablar con la mesa de por medio, para que no me pegara».

«Fue entonces que le pregunté: ‘Jorge, ¿dónde estuviste anoche? Me respondió que había estado toda la noche tomando cerveza con unos jueces en un bar. Le dije: ‘No te creo’. Volví a preguntarle dónde había estado y me respondió: ‘¡Qué te importa’. Discutimos. Yo me levanté y fui a un mueble. Entonces él me tomó de los cabellos y por el cuello y me gritó: ‘Graciela, yo quiero deshacerme de vos a toda costa'».

«Me soltó y se fue al dormitorio. En ese momento, tres veces llamó por teléfono una mujer que me preguntaba por él. Yo fui a la cama y me acosté junto a él y le dije: ‘Jorge, con esa mujer pasaste toda la noche’. Dijo que no y puso su cabeza sobre mi hombro y me dijo, más tranquilo, que tenía una reunión con unos alemanes y que iba a ir el embajador. Yo me enternecí, pero sentía una voz interior que me decía: ‘No te dejes engañar más'».

«Yo me levanté a tomar agua y él siguió gritándome porque no había hecho nada para la cena. Me sentí tan desgraciada que al pasar por un mueble vi una botella chica de plástico con un líquido. Yo no sabía qué contenía, pero llené un vaso porque pensaba tomar el líquido si volvía a pegarme. Sentí que el líquido tenía un olor muy fuerte.

Fue entonces que se enfureció y me gritó que había cometido un error, pero no me dijo de qué se trataba. Me agredió verbalmente y me dijo: ‘Yo me voy, pero si me va mal, voy a volver…’. Pensé que el error podía tener relación con el caso González».

«Estaba enfurecida, llena de celos e indignación. Le tiré el líquido encima. Yo tenía el encendedor porque estaba fumando. Hice un chispazo y en seguida surgió un vapor que invadió la habitación. Yo hice la chispa con el encendedor para asustarlo, nunca tuve intención de matarlo».

«Entonces caí sobre la cama, casi sin conocimiento, viendo que él se iba caminando al baño. Recuerdo que mi mente quedó en blanco. Luego, fui a buscarlo y lo encontré en el baño encendido de la cintura hacia arriba. Estaba bajo el duchero pero el agua estaba sin fuerza y salía muy poca. Corrí y le grité: ‘Jorge, Jorge, yo no quería hacerte esto’, y le apagué el fuego. Lo envolví con la toalla y me quemé los brazos».

 

Cuatro días de agonía

Después de apagar el fuego, yo no comprendía nada, porque en el cuarto no vi las llamas. Además, el colchón que era de Polyfom tendría que haberse quemado también y eso no sucedió. Llamé al SEMM y pedí que se apuraran porque yo había quemado a mi marido. Ellos demoraron un poco y, mientras tanto, Jorge estaba consciente e incluso habló por teléfono. Antes de llegar el SEM se tiró un balde de agua por encima, se dio vuelta y me dio una cachetada».

Me dijo: «Graciela, ¿por qué hiciste eso, si el padre Daniel podía haber arreglado todo?»

«Jorge les pidió a los del SEM que llamaran al forense, pero ellos decidieron internarlo. Nos llevaron a los dos. A mí me dejaron en la policlínica del SEM en el Prado y a él lo llevaron al Instituto del Quemado, donde se comprobó que tenía quemaduras de segundo y tercer grado en cara cuello, tórax, espalda y ambos miembros superiores».

«Interviene la Policía. Del SEM fui al Clínicas, porque quería saber sobre su estado. Luego volví a casa porque recordé que mi hijo estaba en un cumpleaños y no sabía nada. A las 8 de la mañana del domingo vinieron los policías de la Seccional 8ª. Luego de cuatro días de agonía, Jorge García, el juez, falleció, según dijeron, por una crisis cardíaca. Aparentemente, las quemaduras no habían interesado las vías aéreas».»Al día siguiente me procesa la jueza Anzuberro, sin tener en cuenta mis declaraciones, ni mis denuncias anteriores. Ella fue muy dura y no tuvo en cuenta mi testimonio».

«Luego me enteré que el líquido que le había arrojado era Tinner, muy combustible. Un oficial me dijo que el Tinner enciende a dos metros de distancia porque es muy volátil».A punto ya de volver a la Cárcel de Mujeres de la calle Cabildo, donde Graciela cumple condena sin sentencia por «homicidio especialmente agravado», mira a este cronista y agrega: «El fiscal pidió 22 años de condena, pero ahora la jueza que entiende mi caso es la doctora Raquel Landeira, a cargo del Juzgado Penal de 18º Turno.

Ella pidió la rebaja de la pena a 15 años, de los que ya llevo 7 cumplidos. Solicitó también cambio de carátula, por homicidio sólo… porque ella sabe que yo, en realidad, no quise matarlo. Sólo quise darle un susto… Yo debo decir que lamento el fallecimiento de Jorge, sobre todo por mi hijo Pablo.

Ahora he vuelto a recobrar mi dignidad humana dentro de la cárcel y tengo una familia humilde y agradable, con un nuevo compañero trabajador con el cual pienso casarme».

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