Día de visita...

El barbero del Comcar

Cuando recién llegamos a estos infiernos, venimos con un estereotipo que nos dan las películas. También he visto películas de policías que terminan presos y qué difícil se les hace. Es más, confieso que la realidad supera en algunos casos la ficción, y si no que me lo digan a mí.

Personalmente he tenido sólo una mínima chusma, que por el hecho de haber sido policía me grita algunos saludos, en especial a mi querida madre, amparados en la valentía que les imprime el anonimato: las rejas cerradas o su barra de apoyo.

Pero los verdaderos damnificados, los que han sido sometidos a la Justicia por mi intermedio, al contrario, han sido hasta si se quiere solidarios, y todos han coincidido en que yo no hice nada personal del caso y que el trato fue humano y justo; por eso mis damnificados hoy son mis compañeros.

Esto ocurrió allá por el año 94, estando en el Comcar, tenía el pelo excesivametne largo y sabía que en el módulo 13 había una peluquería montada como las mejores que podía encontrar en la calle.

Recuerdo que la había financiado aquel mítico Gustavo de Armas. Entonces logré hacer todas las «transas» posibles para disfrutar de un corte de pelo decente.

Llegué hasta ella en una fría tarde de junio, y mis expectativas no se vieron frustradas: tenía todo, hasta un cómodo sillón, espejos, toallas –en fin–, de todo, música de FM. El peluquero era un preso del sector de confianza, caucásico de 1m.70, unos 40 años, muy amable me pareció al principio (sería porque lo veía como esbozando una sonrisa, no sé).

Me invitó a sentarme, me colocó los atuendos y me comenzó a mojar el pelo.

Cuando estuvo listo, tomó en una mano la navaja y en otra una tijera, y confieso que encontré algo extraño en esa actitud, pero no me dio muchos segundos para analizarlo, cuando el peluquero –con ojos desencajados y una sonrisa diabólica– me preguntó: «¿Le corto cabeza, orejas y labios…?».

En esa fracción de segundos recordé esa cara y que esa persona era Ricardo o Richard. Lo había detenido hacía ocho años atrás, porque había matado y descuartizado a su concubina y al hijo de ésta de 20 años, porque ambos lo maltrataban.

Primero me sacó disparado del sillón, luego me impulsó a ponerme violento, pero ahí Richard largó una inmensa carcajada: tiró las herramientas sobre una mesa y entre risas insistía en abrazarme mientras repetía que la broma había sido muy buena, y realmente lo fue.

Terminamos tomando unos mates, luego llegó la visita y me presentó a su hijo y su esposa, nunca más hablamos de aquellos hechos que nos habían cruzado en la vida.

Cuando me fui del Comcar, me regaló unas historietas ilustradas que él había hecho (era un excelente dibujante) y ahí terminé de entender otras cosas.

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