Una multitud reclamó por el asesinato de Darío Núnez

Paso Carrasco reclamó justicia

Tal como ya informara LA REPUBLICA, el homicidio de Núnez se produjo en las afueras del boliche «Luna Negra», ubicado en el kilómetro 25,100 de la Ruta 102. En medio de una gran indignación popular, la magistrada letrada de la Ciudad de la Costa dispuso el procesamiento con prisión del agente que mató a este joven, imputado de un delito de «homicidio». Sin embargo, el entorno del fallecido entiende que todavía el caso no está aclarado. Sobre las 18 horas de ayer, sus parientes, amigos y vecinos de esa populosa zona canaria se reunieron en Camino Carrasco para exteriorizar su profundo dolor. Al cabo de algunos minutos, más de 500 personas aguardaban el inicio de la extensa caminata. «!Por amor! Justicia», rezaba una de las pancartas que se ubicó al frente de la silenciosa movilización. Detrás, los vecinos levantaron otros carteles que coincidian en reclamar «justicia».

«Que paguen por lo que hicieron»

«Aún no sé qué va a pasar cuando vea que él no está, que no me besará ni me abrazará como siempre lo hacía», dijo a LA REPUBLICA Karen Núnez, hermana mayor de Darío. Afirmó que su mayor deseo «es que todos los que estaban involucrados paguen por lo que hicieron», denunciando que un rato antes del recordado crimen «el oficial que mató a mi hermano le tiró dos tiros a otro pibe».

La angustiada joven indicó que los policías que acompanaban al criminal «deberían haberle quitado el arma, porque él ya estaba desacatado. Si hubieran hecho lo que les correspondía, mi hermano no estaría muerto». «Siento que ellos son tan culpables como el otro», destacó.

Al referirse al procesamiento del policía que asesinó a su hermano, opinó que «no puede ser nada más que ‘homicidio’. El lo ejecutó a mi hermano, le puso el arma en la garganta y disparó». «Yo sé que a mi hermano no me lo van a devolver, pero quiero que me devuelvan la paz de saber que todos los hijos de puta que intervinieron en ese asesinato van a estar encerrados por muchos anos», agregó.

Sebastián, otro de los hermanos de la víctima, declaró que pocas horas después del homicidio concurrió a la comisaría, encontrando una escena inesperada. «El milico que mató a Darío y su acompanante –en una palabra, el cómplice– estaban sentados tomando mate, y cuando me miraban se reían», expresó.

A los tres días del sepelio, efectivos policiales pasaron en un patrullero por delante del comercio de Sebastián «y se rieron, buscando nuestra reacción». Remarcó que si bien «el que mató a mi hermano está preso, los otros están provocándonos, y de ello hay una enorme cantidad de testigos».

El relato de un testigo

Juan Manuel Gopar, el joven que en la noche del homicidio acompanaba a Darío, relató a LA REPUBLICA todo lo ocurrido. «Estábamos tranquilos dentro del baile. En eso entra un amigo mío y me dice que le estaban pegando a mi hermano, a quien yo había sacado porque estaba mal. Cuando salgo, veo a dos policías pegándole con el palo. Pregunté qué pasaba, y ellos me dijeron que me fuera. Les respondí que él era hermano mío, y que le estaban pegando mal. Yo ya estaba como loco. Siento que me empujan, entonces me doy vuelta y les digo: ‘son unos hijos de puta que están de vivos y que vienen a hacer lío adentro del baile’. Me pegaron en la espalda, me tiraron al piso y me esposaron. Me cagaron a palos. Vino un amigo, preguntó qué pasaba y lo corren. Yo le pedía por favor que llamara a mi casa y que dijera que me querían llevar preso sin saber por qué. Cuando intentaban esposarme les preguntaba por qué me iban a llevar.

En eso viene corriendo Darío, y me pregunta: ‘?qué pasa Juanma?’. Le dije que se corriera porque estaban de vivos. Mientras Darío estaba ahí parado, vino un policía y le advirtió: ‘te dije que te corrieras’. Ahí sacó el arma y tiró un disparo. Mientras tanto, a mí el otro policía me seguía pegando. Cuando siento el disparo, veo que Darío se pone la mano en el cuello y sale corriendo para su casa, a donde nunca llegó.

Otros botijas pidieron asistencia médica, pero los policías dijeron que no porque estaba de vivo y que no le había pasado nada. Llegó un patrullero y me cargó a mí, en vez de atenderlo a Darío que permanecía tirado a 50 metros y se estaba yendo en sangre. En la comisaría me decían que tuviera ojo con lo que iba a decir, que yo no había visto nada y que había estado de espalda.

En eso llegó el comisario Wilfredo Rojas de la Brigada de Homicidos, quien pidió todos los papeles y dejó dicho que no se metieran porque el que mandaba ahora era él. Entonces me sacó de ahí y me pidió que le contara todo. Al otro día, pasamos al Juzgado».

Filmados

La marcha se desarrolló con absoluta normalidad. La multitud en ningún momento levantó su voz, ni siquiera cuando pasó por el frente de la comisaría de Paso Carrasco. Sin embargo, afuera del local se ubicaron tres policías, mientras que otro caminaba armado por el techo. Desde el segundo piso del local, un uniformado filmó pormenorizadamente a los manifestantes.

Mientras tanto, un móvil de la citada repartición pasó lentamente por el costado de la marcha, que al llegar a las cercanías del puente de Camino Carrasco reanudó la vuelta al punto de partida, entonces a unos tres kilómetros distante.

Cuando la movilización pasó por segunda vez delante de la Seccional, había una camioneta del Escuadrón de Prevención, y el número de policías que vigilaba había aumentado a diez. Uno de ellos hablaba tranquilamente por teléfono, mientras que sus companeros observaban minuciosamente a los vecinos.

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