A 10 años del crimen de Andrés Trigo en Colonia
El lunes 17 de agosto de 1998, a las cuatro de la mañana, Andrés Trigo dejó por un momento sus actividades en el club social y deportivo San Carlos, en la zona suburbana de Colonia del Sacramento. El muchacho, que solía «dar una mano» al cantinero cuando se ponía más movida una tradicional reunión bailable conocida a nivel popular como «La Vermú», avisó que tenía que salir por unos minutos, por alguna cuestión personal.
Subió a la camioneta placa LA 8271, que su padre, Walter, le prestaba para que se desplazara, y se marchó. Luego de algunas vueltas por el Real de San Carlos enfiló hacia su domicilio particular. Muy cerca de allí, en la calle Eduardo Acevedo, el joven fue interceptado por otro vehículo, según los datos que aportaron transeúntes ocasionales. No ocurrió allí nada que hiciera prever el trágico desenlace de unas horas más tarde.
Graciela, su madre, ya con las primeras luces del día fue hasta el cuarto de Andrés para despertarlo, «como me había pedido, porque tenía que instalar la radio en la camioneta». La habitación estaba vacía. Un rato después, vecinos que pasaban por la calle Atanasio Sierra, próxima a la Ruta nacional Nº 21, vieron una camioneta (la LA 8271) allí estacionada, pero optaron por no acercarse al vehículo. Fue recién a mediodía que la cruda verdad quedó al descubierto: adentro estaba el cuerpo sin vida de Andrés, con dos impactos de bala en su cabeza.
La noticia corrió de una punta a la otra de la ciudad. Nadie podía entender lo que había pasado, porque «era un gurí buenísimo, amigo de todo el mundo».
Sombras sobre la víctima
El jefe de Policía de ese entonces en Colonia era el inspector Hugo Pintos Funes. Para sorpresa de toda la población, el jerarca no encontró nada mejor que salir a los medios informativos a echar sombras sobre la víctima. Esto enardeció a los colonienses, que desde ese momento lo declararon «persona no grata».
En paralelo, los investigadores del caso -tal como consta en el expediente- pasaron por alto reglas mínimas de preservación de la escena del crimen, no se permitió la participación de Policía Técnica de Montevideo y, para completar el cuadro, en la Seccional 7ª lavaron la camioneta en la que había sido encontrado el cuerpo.
Desde Montevideo, el entonces ministro del Interior Luis Hierro decía a la prensa: «Vamos a ir a fondo», pero fue la propia familia Trigo Fonte la que tuvo que ir armando, aunque parcialmente, el rompecabezas de la historia.
Fue así que quedó en primer plano Karina, la ex novia de Andrés, que había pasado de golpe a manejar un automóvil 0 kilómetro aunque su único ingreso eran los $ 1.200 que cobraba como empleada en un almacén. De a poco fue quedando en claro que la muchacha, que insistía en reanudar el vínculo amoroso con Andrés, aunque sin éxito, estaba muy vinculada con policías retirados y en actividades con un jerarca portuario. La chica, se supo, había llegado a ofrecer US$ 4.000 a un ex policía, Mario Hernández, para que «le diera un susto a Andrés». Hernández dice que rechazó la oferta.
Fue necesario que la familia Trigo peregrinara por distintos despachos y realizara varias marchas multitudinarias por la ciudad, para que el caso diera otros giros. Tras un cambio de fiscal recién hubo avances y Karina fue procesada por coautoría de homicidio y alojada en la cárcel de Piedra de los Indios donde aún se encuentra.
En noviembre de 1998, el pueblo de Colonia juntó firmas para expulsar al jefe de Policía Pintos Funes y por unanimidad reclamó lo mismo la Junta Departamental.
Un año después se instaló en Colonia un equipo montevideano al frente del entonces titular de la División Homicidios capitalina, el comisario Eduardo Romero. En poco tiempo reunió elementos e hizo comparecer ante la Justicia a algunos civiles, policías y ex policías, sobre los que aún hoy pesa la acusación de la familia Trigo. «Para mí el caso está resuelto», dijo Romero el día que se alejó de Colonia.
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