Antes de detallar en el juzgado cómo violó y mató a Valeria, quisieron lincharlo

El crimen que mató un poco a todo Durazno

Si bien el menor declaró con lujo de detalles cada paso que dio y lo reiteró sin errores en la reconstrucción de los hechos, realizados en la madrugada del domingo, la Justicia espera el informe del Instituto Técnico Forense para saber las causas reales de la muerte de la infortunada joven: asfixia o envenenamiento.

Asimismo, espera el resultado del análisis de ADN que se le practicó al matador para determinar si el semen encontrado en las regiones vaginal y anal de la infortunada le corresponden. En tal sentido, se le tomaron muestras de sangre al menor. El domingo de noche CJR fue internado con medidas de seguridad como presunto autor inimputable de los delitos de violación y homicidio.

Variantes

Pese a confesarse autor del crimen también en el juzgado, CJR varió en parte sus declaraciones con relación a lo que dijo a la Policía. A esta última le había asegurado que no la había violado, que esa noche la había esperado en una zona visible del barrio Santa Bernardina para acompañarla a su casa (como lo hacía rutinariamente), que tenía la pala escondida en el monte y que había quemado la ropa.

Ante el magistrado, según revelaron fuentes cercanas al caso, el asesino demostró haber actuado con absoluta frialdad, revelando todos y cada uno de los pasos que dio aquella noche. Dijo que era vecino de la joven: vivía a 100 metros de su casa, en una pieza independiente de una modesta vivienda donde también residía su madre, una hermana y un hermano pequeño.

Declaró –aseguraron las fuentes– que hacía unos dos años la chica le había pedido que la acompañara hasta su casa porque estaba muy oscuro. Y desde ese momento comenzó a obsesionarse, al punto de que se le hizo rutina esperarla a diario «para ayudarla a pasar tranquila la oscuridad». Según se supo tenía amistades a las que pretendía convencer de que estaba relacionado sentimentalmente con la joven. Obviamente, no se descarta que le hubieran gastado alguna broma en más de una ocasión, dado que la joven estaba enrolada sentimentalmente con otra persona.

CJR conocía cada paso de Valeria Abreu. Sólo que esa fatídica noche del sábado 18 de noviembre, la esperó con una decisión tomada: su esperanza de conquistarla había llegado al límite. Y estaba dispuesto a hacerla suya a como diera lugar. Había resuelto violarla, a pesar que las pericias forenses primarias no constataron violencia física o alteración en órganos genitales.

El escenario

Esa noche, en lugar de aguardar en las inmediaciones de Santa Bernardina, se escondió entre la oscura maleza de la alcantarilla que salva el arroyo Sarandí, sobre camino Eduardo Calleri. Allí, tras esperar por más de tres horas, sobre las 23.00, vio a su víctima aproximarse en bicicleta.

Cuando ésta descendió para encarar el prolongado repecho conocido como «de Layera», la sorprendió y tras un breve intercambio de palabras (en el cual le habría hecho saber sus intenciones) la golpeó en la nuca con una rama de unos 5 centímetros de diámetro, que él mismo había cortado mientras la esperaba.

Antes que se desplomara la sostuvo y la depositó a un costado del camino, entre el pasto. Luego lanzó la bicicleta por sobre el alambrado hacia el monte, para ponerla al hombro y pasar el alambrado hacia la oscuridad de la espesa vegetación. Esa noche hacía calor, pero estaba oscuro y la luna llena demoraría algunas horas en alumbrar. Entonces procedió a rasgarle las ropas y violarla reiteradamente.

Luego se sentó junto a la chica, y cuando ella comenzó a mover las manos, decidió matarla.

Le quitó el cinturón del pantalón, hizo un lazo y la asfixió, según relató.

Tras dos minutos de presión, aproximadamente, y convencido de que estaba muerta, decidió enterrarla. Para ello, dejó el cuerpo entre el monte y se dirigió hasta su casa, distante unos 500 metros del lugar. De allí trajo una pala de abrir pozos y una bolsa de nailon. Tras constatar que la joven estaba inerte, buscó un lugar donde la tierra estuviera suficientemente blanda y cavó un pozo de unos 50 centímetros de profundidad.

Luego procedió a quitarle la ropa, incluso la interior, así como tres anillos, un reloj y una cadena, y guardó la ropa en la bolsa de nailon.

Y la enterró en posición decúbito dorsal, recortó algunos pastos, con los que cubrió la tierra removida. Acto seguido, según sus declaraciones, atravesó el monte hacia.

A unos 200 metros, en un lagunón que da a una alcantarilla que conduce al local de la Sociedad Rural de Durazno, arrojó la bicicleta de la infortunada Valeria. Seguidamente, portando la pala de abrir pozos en una mano, la ropa y las joyas en otra, se dirigió a su domicilio por calle Calleri. Al pasar frente a una suntuosa residencia del lugar, arrojó la ropa en el tacho de residuos de la misma. Ya en su casa, guardó las joyas y el «cinturón asesino» en un pozo.

Localización

Casi una semana después, agotada la búsqueda en casa de familiares y en el marco de intensos rastrillajes pensando en lo peor, un policía sintió un extraño olor. El rastrillaje de un equipo compuesto por efectivos de las seccionales 1ª, 2ª e Investigaciones encontró el cuerpo y al día siguiente la bicicleta. Sólo faltaba el asesino.

Se manejaron varias hipótesis, hasta la posible participación de personas vinculadas a la droga. En este marco, el ministro del Interior, Guillermo Stirling, derivó personal de Homicidios de Montevideo para colaborar en el caso. Cuando la sociedad había comenzado a marcar su temor de que el caso quedara impune, próximo a la medianoche del viernes, una fuente confió a la Policía que CJR se encontraba en una plaza céntrica haciendo alarde de «tener una cadenita que le había regalado Valeria antes de su desaparición». La información llegó a manos del sargento 1º Waldemar Bentancor, de Investigaciones, que al chequear la identidad del menor y su prontuario se encontró con que había cumplido medidas sustitutivas por tentativa de hurto de una moto.

Evidencias y epílogo

La pulsera de Valeria, en una de sus muñecas, y un anillo agrandado a la fuerza, se transformaron en las primeras evidencias comprometedoras para CJR apenas fue detenido. Luego, el allanamiento en su vivienda permitió encontrar el resto de las joyas (un reloj pulsera roto al cáersele, dijo) dos anillos y una cadenita, además del cinturón del pantalón.

Tras evasivas y abrumado por las pruebas, decidió confesar. Luego Irma Rambao, madre de Valeria, reconoció como de su hija las alhajas encontradas en la casa del sospechoso. Munido de estos elementos, el juez letrado Mirabal, el fiscal Sopi y el comando en pleno de Jefatura de Policía, liderado por el jefe y el subjefe, inspectores Luis De La Rosa Llorca y Jesús Rodríguez Bernal, estuvieron muy ocupados la madrugada del sábado y la del domingo.

El allanamiento, los interrogatorios al menor, la reconstrucción y el veredicto final fueron parte de las etapas cumplidas. En muchos casos las instancias fueron seguidas por cientos de vecinos que clamaban justicia frente a la sede judicial y que incluso quisieron lincharlo.

El domingo a las 20 horas cayó «el telón», y la Justicia procesó al menor. En un primer momento se pensó estar ante un crimen por encargo, pero luego, a raíz de las evidencias, las declaraciones del asesino y la perfecta reconstrucción de los hechos, se llegó a una conclusión: CJR estaba obsesionado con la joven y al ver que sus sueños serían sólo eso decidió ponerle punto final. Los exámenes psiquiátricos revelaron que «no está desequilibrado mentalmente». CJR sólo demostró tener el conocimiento de quien acudiÃ

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