Cuando la vida y la muerte se miden en centímetros
Andrés está internado desde ayer en una sala de la Sociedad Española. Un amigo suyo, Fernando Camara de 23, está en una cama del Casmu con una herida de bala en un brazo.
Los dos están aún con vida sólo por algunos centímeros de diferencia. Es que ayer de madrugada –«a eso de la 1 y 30″, recuerda Andrés– caminaba por el barrio cuando dos jóvenes de unos 25 años frenaron en una moto Yamaha 50 al lado de ellos.
Estaban en José L. Terra y Yaguarí. Habían salido de la casa de Fernando hacía unos pocos minutos. No tuvieron tiempo de pensar que podían ser víctimas de un asalto, cuando uno de los motoqueros ya los apuntaba con un arma.
«El tipo baja de la moto y le pone el caño del arma a poca distancia de la cabeza de Fernando. ‘¡Queremos las camperas!'», explicó Andrés que les dijo uno en un tono imperativo. El delincuente pensó que sería rápido, que se subiría a la moto con las camperas y junto a su secuaz huirían rápidamente.
Pero no fue así, y ante el menor contratiempo no dudó en tirar a matar. «Fernando con su brazo le corrió el arma y entonces el tipo empezó a disparar». Andrés cuenta que sintió un «calor intenso» en la pierna, aunque no comprendió cabalmente que estaba herido hasta algunos momentos después.
Empezó a correr. No sabía si un segundo disparo entraría en su cuerpo. Cuando se retiraba, el otro rapiñero le pegó con el casco en la cabeza. Los estampidos seguían sonando y sintió que Fernando también había sido alcanzado por un proyectil.
Los asaltantes al ver sus planes alterados se fueron, pero no sin llevarse antes la bicicleta de Andrés, la que con tanto sacrificio había comprado hacía poco: «La tenía hace un mes. Me salió cinco mil pesos y había pagado nada más que la primera cuota. Me la compré para ir al trabajo y ahorrar boletos y porque siempre me gustó andar en bici».
El dúo de la Yamaha 50 se fue con «la chiva» a cuestas, dejando a los amigos que hasta hacía pocos minutos ni siquiera habían imaginado que estarían heridos, perdiendo abundante sangre y sin amparo ninguno.
Pero Andrés atinó a parar un taxi y le dijo al tachero que por favor los llevara al Hospital Filtro.
El chofer no lo dudó y cuando le dijeron que esperara a que venga una de las madres para pagarle, les contestó que no había problema que «en algún momento pasáramos por la estación de servicio y le diéramos la plata».
Postrado en la sala de la Española reconoce que tuvo suerte aunque esa suerte no alcanza para ocultar la impotencia de haber perdido la bicicleta. Ayer intentaron sacarle la bala, pero no pudieron. Corresponde a un revólver calibre 22 largo, le dijeron los médicos.
El y Fernando todavía tienen su camperas y sus vidas.
La herida en el muslo izquierdo que tiene se encuentra a unos 40 centímetros de su corazón. La que recibió su amigo está un poco más cerca todavía.
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