"El idioma de la botella": los ladrones y una ingeniosa forma de "hacer campana"
La policía sospechaba del flamante invento. En barrios como la Unión, Villa Española, La Blanqueada y Cordón, los vecinos señalaban a los indigentes que buscan botellas en los contenedores como «los peligrosos rapiñeros que roban de noche en toda la cuadra a vecinos y comerciantes».
Los funcionarios policiales confiaban en la palabra de los vecinos e incluso detenían a los trabajadores del plástico, como ellos mismos se llaman. Pero, lo único que de vez en cuando encontraban, era un poco de marihuana o alguna maceta que la vecina olvidaba en la ventana antes de ir a acostarse.
Varios hombres fueron interrogados en diferentes barrios pero ninguno tenía vinculación con los robos específicos que denunciaban los vecinos.
Aún así, los investigadores debían llegar a la conclusión de que, cada vez que se escuchaba el crugir de una botella, se cometía un robo en la zona.
Fue tras la detención de determinados jóvenes que salió a la luz el extraño lenguaje callejero, que en lugar de cuerdas vocales, emplea al polímero como material esencial.
Un apretón: «tranquilo»;varios alertan «peligro»
El modus operandi es relativamente sencillo. Un joven camina por el medio de la calle con una botella reciclable en la mano. De vez en cuando se detiene en un contenedor y mira al interior, como buscando botellas iguales a la que lleva.
Al mismo tiempo ojea de un lado a otro de la acera para avistar vecinos o policías que puedan estar en la zona.
Si no ve a nadie, hace sonar la botella dos veces. Si, en cambio, existe alguna presencia externa, el organizado grupo sabe qué hacer sonar el envase reiteradas veces significa una clara señal de peligro. Hay que emprender la huída.
En caso de que el campo esté fértil, el ladrón más ágil trepa por las rejas de alguna ventana y sube a las azoteas con la finalidad de sustraer objetos de valor. No importa que se trate de vestimentas, baldes, sillas o bombitas de luz; todo sirve.
Un tercer ladrón va caminando junto a él, sólo que en lugar de hacerlo en lo alto, lo hace por la vereda; es el encargado de juntar las cosas que el ágil delincuente arroja desde lo alto de las viviendas.
Así pasan la noche. Van trillando cuadra a cuadra y juntando objetos que después serán comercializados a cambio de pasta base o algún dinerillo.
Algunos están identificados pero, según las fuentes consultadas, es muy difícil capturarlos a todos: cada día hay otro más que aprende «el idioma». *
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