Los reclusos prefieren estar "choclos" en La Isla antes de compartir celda con un consumidor

Los "mutantes", adictos a la pasta base, transformaron la cárcel en un verdadero polvorín a punto de estallar

Desde que la pasta base «copó» el mercado de las drogas muchas cosas han cambiado a nivel social. La mayoría de los jóvenes que delinquen están bajo los efectos de la maldita droga y, quienes no, roban porque la están necesitando.

Pero no solo los ciudadanos libres vivieron este cambio. Tras los muros de las prisiones, la población carcelaria sufrió un duro golpe con la llegada de los adictos a la pasta base que hoy se cuentan por decenas.

Los reclusos con más años en prisión se sienten inseguros y temen por sus vidas, ya que «los mutantes muestran un cambio de personalidad constante, y pasan de compartir amenamente un mate a tomar la bombilla como cuchillo para intentar matar a un compañero».

La situación tiende a empeorar, ya que dentro de las celdas, los adictos a la pasta base se unen para robar a los demás reclusos con el fin de obtener dinero y poder comprar la droga que luego es ingresada a la cárcel por familiares o amigos.

«Es jodido, los ves deambulando por todos lados, lloran, gritan, se agarran a trompadas, te putean. Están locos, no son para estar acá adentro, si siguen fisurados o los matás o te matan», dijo uno de los reclusos que comparte celda con un adicto recién ingresado.

En horas de recreación, cuando todos comparten el patio, los más viejos y los no adictos disputan partidos de fútbol que generalmente terminan con el festejo de ambos bandos que sin enojos comparten una botella de «escavio» recién preparado. Mientras tanto, agachados contra los tejidos, los «mutantes» ignoran la contienda deportiva y se dedican a juntar piedras y fumar.

Cuando la hora del recreo llega a su fin, todos vuelven a sus celdas en calma y se acuestan a descansar. Los adictos siguen despiertos y comienzan a llorar.

 

Tranquilos y lejos de los problemas

Así transcurren los días en los pabellones del penal de Libertad, mientras que los aislados, con varios años de prisión sobre la espalda y lejos de la pasta base, comparten sus sueños en «La Isla», entre mates, una pequeña chacrita y, eso sí, mucho alcohol.

Rodríguez de Armas, recluido por venta de drogas en La Isla desde hace varios años, asegura que «acá estamos ‘choclos (muy tranquilos)'», y dice que «es una pena cómo se vino abajo el penal. Nosotros que hace años estamos acá adentro vimos cómo todo se derrumbó. Nadie lo pudo parar, los propios presos rompieron todo y nadie hizo nada para detenerlos». Cuando De Armas ingresó al sector de aislamiento pensó que allí viviría los peores años de su vida, pero para su fortuna, lo pusieron junto a Luis Peña Otero, alias «El Rambo», recluso que muchos señalan como un asesino despiadado que no le teme a nada y al que no le tiembla el pulso frente a nadie. Ambos se hicieron muy amigos y fueron amoldando La Isla a su antojo. Cuidan de una chacra donde tienen plantada una gran variedad de verduras y árboles frutales, además de pasar el día tirados al sol sin ni siquiera enterarse de los problemas que se suscitan a cada momento en el penal.

De Armas asegura que «todo se vino abajo en poco tiempo. Motines, peleas entre reclusos y mucha pasta base. Eso fue tirando todo, la verdad da pena ver cómo se derrumbó todo». El recluso también destacó la importancia de «tener la cabeza bien sentada» y no caer en las drogas que «te vuelan la mente».

El Rambo y De Armas fueron aislados tras un violento motín en el cual participó la mayoría de los presos del penal. Desde su reclusión en La Isla han participado de diversas reyertas internas, generalmente cuando las autoridades carcelarias deciden aislar a reclusos que tienen un mal comportamiento, o al menos un comportamiento que no es el adecuado para ellos, dueños y señores de La Isla.

Pero lo que sí destacan los propios jerarcas de la prisión es que ambos cuidan muy bien de la zona y que con el correr del tiempo se han ido tranquilizando y convirtiéndose en un pilar para la manutención del sector de máxima seguridad.

Si bien La Isla sigue siendo un lugar para nada confortable, es mucho mejor que cualquier pabellón del establecimiento, ya que son pocos los reclusos que allí conviven y los adictos a la pasta base no existen. Para finalizar, De Armas aseguró que se siente a gusto con el progreso que han tenido allí, en su chacra. Está conforme con lo logrado y cada vez que mira o escucha algo sobre el interior del Penal se reconforta de vivir en La Isla, -en soledad-, pero muy lejos de los problemas que han llevado a la cárcel los tristemente apodados «mutantes».

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