En Rivera denunciaron que cinco chiquilines "se venden" obligados por sus familiares

El triste flagelo de la prostitución infantil riega su terror por las ciudades fronterizas

En enero, la ONG más importante de Paysandú denunciaba que «cada vez son más las niñas que ‘alquilan’ o ‘venden’ sus cuerpos». El responsable del Movimiento Jeremías dijo que «El año anterior se trabajó muy poco y casi nada. Se espera un compromiso mayor de las autoridades para organizar rápidamente la comisión de minoridad. Hoy en día, en cualquier parte donde vayamos observamos menores trabajando. Cuando salimos en las noches vemos a niñas y niños en sus carritos trabajando. Esta es una realidad que acecha a Paysandú. Este «trabajo» lo hacen por motivo de que tienen algún problema, ya sea económico, o problema familiar. Estas niñas y niños se supone que deberían estar es estudiando y aprendiendo a ser el futuro del Uruguay. Es una tristeza que ocurra esto. Es una lástima que esto suceda y más que los adultos o los mismos menores se presten a buscar estas niñas para tener placer; deberían pensar que pueden tener ‘enfermedades’ sin haber los controles correspondientes de las que ‘trabajan en la calle’. Como el caso que denunciaron los familiares de Zoia Trinidades (17) en LA REPUBLICA. Recordarán que presuntamente la joven se suicidó pero no quedó muy claro el caso. Según los familiares, la adolescente ejercía la prostitución en un club nocturno», terminó afirmando el director de la ONG. Algunos meses, después, fue la ciudad de Río Branco la que alzó la voz para denunciar casos de prostitución infantil en la frontera. Juan Faroppa escuchó los reclamos de los vecinos que aseguraban que el consumo de drogas, la prostitución infantil y varios hechos puntuales de violencia con consecuencias en varios casos trágicas se habían vuelto moneda corriente en Río Branco y la situación estaba a punto de estallar.

En ese caso, los vecinos dijeron que en la mayoría de los casos se trataba de niños y niñas pobres que eran arrastrados por la marginalidad a las calles. Incluso se comprobó que algunos padres obligaban a sus hijos a ejercer la prostitución a cambio de dinero o alimentos.

Pero las denuncias no fueron exclusivas de ciudades fronterizas. Cuando el subsecretario del Ministerio del Interior Juan Faropa viajó a Nueva Palmira, se reunió con los vecinos que, preocupados le manifestaron el flagelo de la prostitución infantil en esa ciudad. «Hay prostitución infantil y es un problema muy grave», denunciaron los habitantes de la ciudad coloniense.

El jerarca prometió ayuda inmediata reforzando la vigilancia con más efectivos. Hoy, los pobladores de Nueva Palmira aseguran estar más tranquilos ya que tanto la oferta como la demanda descenció de forma notoria. «Ya no se ven tantos niños deambulando por las calles. Mejoró, y eso se percibe a simple vista», dijeron varias personas que habían participado de aquella denuncia.

 

La frontera del norte

Ahora le tocó el turno a la ciudad de Rivera. El diario A Plateia realizó un completo informe donde relata con lujo de detalles las vivencias de cinco chiquilines que cada día, a cambio de servicio sexual, buscan algún dinero para subsistir.

Según el matutino, no hay peor ciego que el que no quiere ver. El dicho popular se aplica con toda su cruel constatación, cuando vemos cosas como estas. Con las denuncias de prostitución infantil que, con mucha valentía, hicieron Sergio Levi y Fernanda Cabrera, durante la realización del 1er. Encuentro Contra el Abuso y la Explotación Sexual de Niños, Niñas y Adolescentes. Ambos señalaron con todas las letras que había prostitución infantil en la frontera. Leví dijo cómo comenzaba, algunos programas al salir de la escuela, para luego seguir en casas nocturnas. Fernanda fue más directa: «en la plaza Internacional, niñas de 12 y 13 años ejercen la prostitución».

Son cuatro o cinco, la mayor no debe tener más de 10 años, todos los días llegan al Parque Internacional traídos por sus familiares mayores, quizás sean los padres, o los hermanos mayores, el trato es el mismo. Una cajita amarilla de bombones Garoto y vayan a pedir. AB cuando se aproximó al equipo de periodistas de A Platéia, con mucha responsabilidad, no ocultó su identidad, pero pidió para que su nombre no se hiciera público.

«Los otros días estaba una de las niñas, sentada en las escaleras, al lado de la fuente luminosa, llorando. El llanto se debía a que no había logrado todo el dinero que le exigieron sus mayores». A. B. con mucha indignación, mide las palabras, se nota que no quiere exagerar «Ponta pe na bunda y tapa na cara e o normal (patadas en el culo y tapas en la cara es lo normal) «, y prosigue «son aquellos, allí están, los mandan a pedir en Sarandí y si no traen el dinero suficiente les pegan».

Tal vez, en el escaso tiempo que tiene para ser niña, una de las chiquitas sale correteando hacia el obelisco, levanta los brazos, salta como si jugara con la cuerda, o en una rayuela, mira en su entorno ríe, aparenta felicidad. Ya es de noche, se espera lluvia, estamos en el período de transición, hacia la noche del Parque Internacional.

Los puestitos de ventas de artesanías están cerrando, también alguno de los que venden panchos, los dos soldados de la Brigada están en su lugar, los policías uruguayos hace días que no van.

AB se pasa la mano derecha por la cara, hace una pausa, apunta con el dedo hacia unos arbustos, «allí paran los más grandes, los hippies. Los vi con gurisas de 13, 14 años, tomaban. Ellas llegaron con la niñita, le daban de tomar también. En un momento la niñita se quiso ir, pero la tomaron de un brazo, la hicieron quedarse». Según A. B. los varones también son adolescentes, «tienen un mal aspecto, parecen de mal vivir». Cuenta que se quedan entre los arbustos, toman de un líquido oscuro de una botella de plástico de dos litros. «Allí a la vista de todo el mundo, arman los cigarrillos, los fuman, se ríen todos, en un manoseo… «Hace unos días, en ese mismo lugar, estaban haciendo de todo».

AB en su relato menciona una situación incomprensible. Ante los hechos que se desarrollaban a pocos metros del lugar donde estaba decidió llamar a la policía. «Llamé a la Brigada, ellos son testigos, lo vieron todo. Dijeron que no podían hacer nada porque estaban del lado uruguayo. Pero, los soldados muy comprensivos conmigo, llamaron por radio a la policía de Rivera, no vino nadie». A. B. asegura que «en el Parque se ve de todo, los baños mejoraron ahora que el DAE los controla. Antes era común encontrar a gente haciendo sexo». No faltan quienes se pasean con perros, «sin bozal, perros grandes, de razas agresivas, que uno nunca sabe cómo van a reaccionar cuando pasan a nuestro lado».

Al menos cuatro personas, que por un motivo u otro deben estar todos los días, por algunas horas, en el Parque Internacional, corroboran la versión de A.B.

La Policía de Uruguay argumenta que tiene dificultades para proceder cuando se trata de menores, señalan al nuevo Código de la Niñez como responsable.

Uno de los denunciantes cedió varias fotografías, las que se publican en esta página fueron tomadas ayer de tarde. *

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