
Su madre, MarÃa del Carmen Alvarez (72), como tantas otras, padecÃa lo indecible y luchaba a brazo partido a sabiendas de que su guerra estaba perdida. El joven, cada vez más poseÃdo por la letal droga e imposibilitado de acceder a ella por la presión familiar, habÃa empezado a enloquecer. Los vecinos lo veÃan a diario rezando en las esquinas del barrio y hablando incoherencias. En la planta alta de su casa vivÃan sus tÃas que trataban de ayudar a la pobre mujer y también permanecÃan en permanente vigilia. Pero, su mente dejó de funcionar en horas de la madrugada mientras todos dormÃan. Desgreñado, con apariencia de espectro humano vio a su madre y vio a su peor enemiga. Como cada dÃa la insultó y le reclamó dinero para la droga y luego sacó un arma de fuego y le pegó un tiro que le quitó la vida en forma instantánea a la desdichada señora. Enseguida se abocó el revólver a su sien y acabó con su penosa existencia. Cuando el jefe de la familia llegó de su trabajo nocturno encontró los cuerpos de sus seres más queridos reposando sobre un único charco de sangre. Al lugar llegaron rápidamente efectivos de la Seccional 12ª, peritos de PolicÃa Técnica, el juez de turno y el médico forense.
El intenso trajinar de policÃas, médicos y ambulancias coincidió con la salida de los alumnos de dos escuelas muy cercanas. Decenas de niños y niñas enfundados en sus túnicas se agolparon frente a la casa y con suma curiosidad preguntaban qué estaba pasando, pero nadie querÃa, ni podÃa, si sabÃa, qué decirles. *
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