La Policía acorrala a un peruano por el empalamiento de una mujer frente a la Torre de la Comunicaciones
«El comando cambió casi en su totalidad y de aquellos investigadores hoy quedan muy pocos», explicó a LA REPUBLICA uno de los nuevos agentes encargados de seguir el caso. «Todos los documentos, los interrogatorios y las pistas fueron estudiadas nuevamente y nos convencimos de que un ciudadano peruano estaría muy comprometido».
El individuo fue uno de los primeros sospechosos e incluso fue sindicado por uno de sus cuatro compatriotas incaicos que fueron interrogados en aquella oportunidad.
El brutal asesinato, ocurrido en el cruce de Paraguay y Venezuela se convirtió sin que nadie lo percibiera, cuando el cadáver fue hallado, en un tétrico túnel del tiempo que llevó a la sociedad uruguaya al medioevo. El cuerpo desnudo de la mujer muerta no mostraba signos muy elementales para definir las causas del deceso.
Un primer comentario de la jueza Aída Vera Barreto, en el escenario del crimen, «parece que estamos frente a un caso de ataque sexual de extrema ferocidad», sirvió como aproximación al hecho más despiadado de que se tenga memoria en la historia criminal del país.
La sevicia demostrada por los autores del monstruoso asesinato quedaría expuesta horas después, cuando el cuerpo de Mabel Pintos fue sometido a la autopsia en el Instituto Técnico Forense. Se comprobó con horror que la víctima tenía incrustado en su zona vaginal un trozo de palo de escoba de 60 centímetros que le atravesó el útero, los intestinos, el diafragma hasta llegar a la clavícula izquierda, causándole una muerte lenta, por desangrado.
El grave hecho fue dejando de a poco sus trazos cuando un taxista, único testigo del hecho, declaró haber visto a María Mabel Pintos de 52 años a las cuatro de la madrugada recostada sobre la volqueta semidesnuda. Lo que el obrero del volante no sabía era que la pobre mujer se estaba desangrando, en medio de un calvario de dolor.
El trabajador del volante, por ser el único testigo, también fue interrogado por los investigadores que lo deslindaron por completo del crimen.
Como suele hacerse en estos casos, los investigadores recorrieron todos los lugares donde la mujer solía estar. Se supo que vivía en una pensión de la calle Buenos Aires, padecía de alteraciones mentales y había estado internada en dos oportunidades en el hospital Vilardebó. Algunos días antes de su muerte la mujer, que recibía una pensión por incapacidad de 2.000 pesos, había cobrado un préstamo por 8.000 pesos. Otras de las líneas de investigación apuntó directamente a algún paciente del citado nosocomio, pero tras varios interrogatorios la hipótesis de desplomó.
En forma paralela, los investigadores policiales realizaron una serie de indagaciones y detuvieron a varias personas, entre ellos a cuatro peruanos habitantes de la pensión donde residía la fallecida, pero no se llegó a nada. Hasta allí se había llegado. No había más pistas, no había más sospechosos, no había más nada. El bestial crimen quedó como «suspendido» hasta que surgieran nuevas pistas.
En las últimas horas, los legajos del crimen fueron removidos y se decidió salir en busca del peruano que ya no frecuenta los lugares en que solía estar y se mudó de la pensión donde residía en la Ciudad Vieja. «No sabemos si está en Uruguay o si volvió a su país», comentó la fuente. Respecto a la posibilidad de que hubiera viajado al extranjero aprovechando la posibilidad que le pudo haber brindado la organización que falsificaba pasaportes bolivianos, el investigador comentó: «Todo es posible. Eso ya se está averiguando.
Es una posibilidad que no descartamos». *
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