"Nos tratan como a animales, nos dejaron en la calle y no tenemos ni para comer"

Infernal odisea de dos hermanos uruguayos en Nueva Zelanda que por hablar de yerba mate fueron acusados de narcotráfico

Roberto y Carlos Pissano vivían en Montevideo y trabajaban como obreros de la construcción. Los años de experiencia, hicieron de Roberto (45) un versado pintor, mientras que a Carlos (31), lo convirtieron en un destacado soldador. A pesar de las numerosas «changas» que tenían en nuestro país, el dinero no les alcanzaba y la situación parecía empeorar.

El año 2002 terminó con las pocas esperanzas de los hermanos Pissano, y como miles de uruguayos decidieron emigrar.

Primero eligieron España, ya que el idioma no sería obstáculo y la oferta laboral era tentadora. Cuando tenían todo pronto para viajar, menos los pasajes, recibieron la información de que en Nueva Zelanda se vivía como reyes y además de haber mucho trabajo, los obreros estaban entre los más beneficiados a la hora de recibir sus haberes.

Entusiasmados, los hermanos Pissano cambiaron de idea y viraron la nave rumbo a Oceanía sin imaginar la odisea que los esperaba al otro lado del mundo.

Los primeros meses fueron difíciles. Lo único que les gustaba era el clima similar al nuestro y el dinero que recibían cada vez que realizaban algún trabajo ya fuera para particulares o para alguna empresa. El maori  idioma nativo de la isla  y el inglés  adoptado por los lugareños mientras eran colonia inglesa  era inentendible y los habitantes no eran tan «cálidos» como ellos creían.

De todas formas y gracias a algunos uruguayos que vivían allí desde hacía varios años, Carlos y Roberto se fueron acostumbrando y conociendo a nuevas personas que con el correr de los meses supieron convertirse en amigos.

Felices por el rápido progreso económico, los hermanos decidieron dar un paso más y enviaron dinero a sus familiares para que se compraran los pasajes y se fueran a vivir con ellos.

No mucho después de llegar, la hija mayor de Carlos se fue a vivir con un policía, mientras que Roberto, su esposa y sus dos hijos alquilaron una linda casa a pocas cuadras del centro de Waicato, una ciudad donde viven unos 50 uruguayos.

 

La broma que no entendieron

Los hermanos seguían trabajando y con mucho esfuerzo lograron ahorrar 600 dólares que guardaron en un banco. El dinero iba a ser utilizado como una especie de «jubilación», ya que lógicamente, ni Carlos ni Roberto aportaban al servicio social.

Así vivieron hasta principios del año 2005. Pero, según el relato de los compatriotas, la separación de la hija de Carlos fue el detonante de una situación que los marcaría para toda la vida.

Aparentemente, la mujer se enteró que su concubino pensaba traficar un importante cargamento de cocaína y decidió separarse. Para ese entonces, los investigadores ya había «pinchado» los teléfonos del agente que jamás dijo una sola palabra que pudiera involucrarlo.

Para desgracia de Carlos, él si dijo una palabra que fue tomada por el gobierno neocelandés como una clara señal de su participación en la gavilla de narcotraficantes. En una conversación telefónica con su hermano, Carlos dijo que «tenemos que traer 10 kilos de yerba». Esa frase para nosotros extremadamente común fue la «prueba» para detener y enjuiciar a los dos hermanos, que a la hora de ser apresados pensaron que se trataba de una redada anti indocumentados. Al ingresar a la dependencia policial, los hermanos fueron golpeados y destratados por los agentes que a base de trompadas querían que los uruguayos les dieran información precisa sobre el cargamento que, según las autoridades, superaría ampliamente los 14 millones de dólares.

Sin nada que contar, Carlos y Roberto fueron derivados a una dependencia judicial donde, a falta de pruebas, el magistrado los dejó emplazados sin autorización para salir del país. Lo más increíble del caso es que el juez dio la orden de que ninguno de los dos podía trabajar y que sus pasos sean seguidos de cerca por un policía.

«Fuimos tratados como animales, nos dejaron desempleados y sin hogar. ¿Con qué voy a pagar el alquiler? Nos dejaron en la calle», explicó Carlos. El abogado de los hermanos pidió a la Justicia que les permitieran pagar una fianza a cambio de la libertad para trabajar, pero el magistrado se opuso sin dar mayores explicaciones.

El Servicio de Inmigración intentó expulsar a los compatriotas, pero a causa del emplazamiento se vieron obligados a quedarse en Nueva Zelanda a la espera de una resolución judicial, que según el abogado defensor, va a tardar al menos un año.

 

«Quiero ver a mis hijos»

Todos los familiares de Carlos y Roberto fueron expulsados de la isla y tuvieron que regresar a Uruguay con solo algunos ahorros en sus bolsillos.

El caso fue tan sonado en Waicato, que se realizaron marchas en apoyo a los uruguayos que son muy apreciados por sus vecinos. Un amigo de los hermanos, les facilitó un lugar donde vivir y les entregó las reservas alimenticias que guardaba en el freezer. Varios vecinos colaboran con la alimentación de los compatriotas, y entre todos juntan algún dinero para los gastos básicos.

El abogado de los uruguayos, dijo a la prensa local que no entiende a la Justicia. «Ellos no tienen una manera de sobrevivir. Sin trabajo, sin ingresos, es imposible» y agregó que «si fueran deportados a su país, el Estado se ahorraría un juicio que le cuesta mucho dinero a los contribuyentes, que son en definitiva quienes cubren los gastos».

La difícil situación judicial de los hermanos no es su único problema. El mayor drama para Roberto Pissano es saber cuando volverá a ver a sus hijos. «Luché tanto por tenerlos aquí conmigo y ahora los expulsaron a ellos y me dejaron a mi preso en un país que no es el mío y con unas leyes que son imposibles de creer».

El hombre que les presta la casa a los uruguayos dijo que está sorprendido por lo buenos, respetuosos y trabajadores que son, y destacó a Roberto por su «increíble capacidad para pintar casas. Es capaz de dejar cuatro viviendas prontas en el mismo tiempo que un pintor local deja una o dos».

Al ser consultado si no tiene miedo de prestarle la casa a dos delincuentes, el lugareño dijo que «ellos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario». Carlos, está muy agradecido por las muestras de cariño de sus vecinos y aseguró que «estaría mejor en la cárcel, por lo menos tendría comida sin tener que andar mendigando y dando lástima».

El drama vivido por los compatriotas causó gran magnitud en el seno del gobierno, ya que el diputado local, Lindsay Tisch, aseguró su apoyo a los hermanos y presentará el problema en la próxima reunión parlamentaria. *

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