"El recaudador" era un funcionario de Investigaciones, cubierto por un subcomisario

Un policía de Canelones resultó ser el asesino en serie del chofer de Raincoop y de taxistas

Desde el 15 de diciembre del año 2004, cuando hallaron el cuerpo sin vida del chofer de Raincoop, Edward Cal, con un disparo en la nuca, el caso se había sumido en un profundo misterio. En el ómnibus mal estacionado en la terminal del balneario El Pinar no había ninguna señal que pudiera permitir iniciar una investigación más o menos confiable para dar con el criminal.

La Policía ni siquiera pudo encontrar un solo testigo, aunque se interrogaron a todos los pasajeros que viajaron en el ómnibus aquella fatídica noche.

El tiempo fue pasando y un día quedó en claro que el autor de la muerte de Cal había sido el mismo que había matado al taxista canario Gerardo Rizzollo, en Solymar. Las pericias balísticas demostraron que ambos habían sido ejecutados de igual forma, con un tiro en la nuca y con una pistola Glock, usada por la Policía.

Desde ese momento quedó claro que se estaba frente a un asesino serial, pues el asesinato de otro taxista, ocurrido un año antes en La Paz pasó a engrosar la cosecha de muerte del matador.

 

Todas las pistolas

Los investigadores tenían la certeza de que un funcionario policial era el homicida de los transportistas, por lo cual 500 pistolas Glock pasaron por los laboratorios de Policía Técnica para ser analizadas.

Mientras los investigadores se devanaban los sesos para aclarar los crímenes, la presión social aumentaba, pues las caravanas de ómnibus recorrían Canelones y Montevideo y conductores, guardas y familiares de las víctimas reclamaban a la Policía que hallara al o los culpables.

Cuenta un oficial de Policía de Canelones que uno de los funcionarios de Investigaciones (precisamente quien luego se comprobaría era el propio multihomicida) se interesó «especialmente» en la investigación de los casos y que en todo momento mostró «disposición a la hora que fuera, para proceder a interrogar a un sospechoso, ir en busca de un presunto testigo o realizar cualquier trámite relacionado con los asesinatos». Todos sus movimientos eran seguidos de cerca por un subcomisario que desde un primer momento sospechó de las andanzas de su subordinado. Tiempo después las sospechas se convirtieron en certezas pero a pesar de su seguridad prefirió callar y ocultar el instinto asesino de su compañero.

 

El error

Sin embargo, los directores de la investigación también tenían sus sospechas y ya no lo miraron de igual manera cuando denunció haber sido víctima de una rapiña en la ciudad de Las Piedras. El funcionario dijo que un desconocido lo había intentado asaltar y al resistirse ambos cruzaron disparos. Lo extraño del caso es que el supuesto maleante (que nunca apareció) había dejado en el lugar un revólver calibre 32 y se había llevado la pistola Glock del policía, por ello cuando le llegó el turno no pudo entregarla para su estudio comparativo.

El funcionario de Investigaciones por supuesto que pasó a la órbita judicial para aclarar el caso, aunque tampoco allí se pudo probar nada. Además, el policía tenía un roce de bala en su pómulo derecho, una razón más que abonaba el hecho de que el «enfrentamiento» hubiera podido terminar con su muerte.

 

La vaina

Los jefes de Investigaciones de la Jefatura de Canelones sospecharon que su subalterno, que cumplía su horario a rajatabla y mostraba cualidades para desempeñar su tarea, podía ser el asesino serial que tanto estaban buscando.

Ninguno de los dos jerarcas comentó nada, pero ambos comenzaron con una investigación interna, casi privada, y lugar por donde andaba el policía era objeto de inspección. En forma personal los dos oficiales revisaron varias veces la oficina donde trabajaba; necesitaban una prueba que pudiera incriminarlo y no la encontraban.

Hasta que los oficiales tocaron el cielo con las manos. En una operación de inteligencia hallaron una vaina de una pistola Glock que el policía había extraviado. Rápidamente la llevaron a Policía Técnica para ver si había alguna posibilidad de establecer alguna comparación, aunque no se contara con la pistola Glock. En los laboratorios se hallaron algunos indicios que determinaron que las personas ejecutadas habían muerto con balas que se correspondían con la vaina estudiada.

Fue entonces que los oficiales se pusieron en contacto con el juez en la noche del martes y una vez obtenida la orden fueron en busca de su subalterno. A las once de la noche lo hicieron vestir y el policía no dijo una sola palabra a sus jefes. Algunos minutos después otros móviles policiales se dirigieron a la casa del subcomisario y también lo detuvieron sospechoso de «ocultar información para la causa».

Los oficiales decidieron no interrogar a los detenidos por consejo del magistrado, quien ordenó que los llevaran a su despacho al otro día.

Ayer, a la una de la tarde el Juzgado de la Ciudad de la Costa mostraba un movimiento inusual, amén del vallado que se dispuso a su alrededor para evitar intentonas de linchamiento apenas trascendiera la noticia. Varios transportistas se apostaron en la sede judicial, así como todos los medios de prensa.

Puntualmente y en medio de gritos de «asesino, te vamos a colgar», el policía fue ingresado al Juzgado en un impresionante operativo de seguridad que incluyó las fuerzas de choque.

Durante horas el agente sindicado como el asesino en serie y el subcomisario que escondió la información, declararon en la sede penal y aunque en todo momento negaron su participación en los crímenes se tenía la convicción de que por lo menos uno de los dos resultaría procesado, merced a las pruebas halladas tras una investigación digna de una novela negra.

Los oficiales que investigaron el caso no saben si el policía robaba a sus víctimas para luego eliminarlas sin dejar pista alguna o, por el contrario, apretaba el gatillo solo para saciar su abominable sed de sangre.

 

Marcha por Da Cunha

Antes de que se supieran de las detenciones llevadas a cabo en el departamento de Canelones, la Unott, confeccionó un comunicado donde expresa su malestar y congoja por los 60 días que lleva el crimen de Héctor da Cunha sin ser aclarado. Como se recordará, el chofer de Raincoop, fue asesinado a la salida del estadio tras un partido disputado entre Cerro y Peñarol.

A partir de las 10 de la mañana de hoy, una columna de ómnibus se dirigirá al Cementerio del Norte donde se entregarán plaquetas recordatorias a las familias de Cal, Silvera, Piaggio y Da Cunha, todos ex funcionarios del transporte asesinados en distintos episodios de violencia. En el acto también se colocará una flor en la tumba de Héctor da Cunha. Tras el homenaje, que durará aproximadamente media hora, los trabajadores marcharan en los coches rumbo a 8 de Octubre y Bulevard Batlle y Ordóñez, donde culminará la movilización reclamando ese lugar como «lugar del transportista». *

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