Tambalea la hipótesis del crimen del agente Fernández a manos de policías
Fernández, que revistaba en la Seccional 17ª, tenía previsto acudir a un juzgado penal para denunciar a otros policías por casos de corrupción. Días antes de su comparecencia, el 1o. de junio del año 2003 fue encontrado muerto dentro de una camioneta, debajo de un puente del arroyo Miguelete. El médico que lo examinó en ese momento decretó que el policía se había suicidado.
La presión familiar del agente muerto y las extrañas circunstancias que rodearon el caso, hicieron sospechar que Fernández había sido víctima de un homicidio, razón por la cual el forense Guillermo López acudió a la ciudad de Rivera, donde tras exhumar el cuerpo, concluyó que el agente había sido asesinado. La investigación del caso pasó entonces al Departamento de Operaciones Especiales que durante varios meses estuvo tras los pasos de los policías que, supuestamente, habían dado muerte a su compañero. Se recordará que en los últimos días la investigación tuvo su punto culminante cuando funcionarios del DOE encapuchados (en un procedimiento que mereció el repudio de varios jerarcas en actividad y retirados) entraron a las comisarías 1a. y 16a., donde procedieron a la detención de los sospechosos, quienes fueron puestos a disposición del juez Vernazza, el cual tras dos sesiones maratónicas dispuso que todos los detenidos, incluidos un militar y dos civiles, recuperaran la libertad por no haberse recabado suficiente prueba que incriminara a los indagados.
En las últimas horas LA REPUBLICA recogió una serie de informaciones que podrían dar otro vuelco espectacular al caso. Entre los datos recabados hay uno muy sintomático y es que en la camioneta fueron encontrados restos de masa encefálica de Fernández, hecho incontrastable que demuestra que si Fernández no se suicidió, sus asesinos lo mataron en el lugar. Este punto es de vital importancia porque echa por tierra toda la teoría montada sobre un escenario de crimen que quizá nunca existió: la taberna del barrio Casavalle. Se recordará al respecto que la indagatoria se fundamentó en el hecho de que Fernández habría sido llevado mediante engaños al citado boliche, donde le dieron muerte de un tiro. Incluso apareció un testigo, siempre renuente a declarar porque según él sentía miedo. En apariciones televisivas aseguró haber sido testigo presencial del crimen de Fernández, pues según dijo se encontraba a un metro y medio de distancia cuando se produjo el disparo fatal.
El hallazgo de masa encefálica de la víctima dentro de la camioneta sería un elemento que destruiría definitivamente la versión del referido testigo y por ende el crimen, por lo menos cometido en esas circunstancias. Las grandes dudas que tienen el juez y el fiscal de la causa serán zanjadas en los próximos días cuando se integre una junta médica que dirima si se trató de un caso de suicidio, como dijo el primer galeno, o de un crimen, como dictaminó Guillermo López. El caso del policía Fernández trae inevitablemente a la memoria otro sonado hecho: el crimen del empresario Luis Ernesto González.
Pese a que ambos episodios de muertes violentas tuvieron vertientes completamente disímiles, hay un punto de conexión muy fuerte pues en ambos tomó participación el forense López. Cuando le tocó actuar en aquella oportunidad, el mencionado perito del Instituto Técnico Forense aportó una versión completamente distinta al de su antecesor y ello motivó la liberación de los principales implicados en el asesinato (con el tiempo definitivamente condenados) y concomitantemente el procesamiento de los policías que había investigado el sonado caso, a la postre absueltos. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad