Nunca visto: policías de Mercedes torturan y someten a un calvario a hijos de policías
El pasado fin de semana una panadería del barrio del Estadio Koster fue asaltada a punta de pistola por dos desconocidos. En el procedimiento realizado por la Policía se informó que varias personas fueron detenidas y si bien dicho ilícito no fue aclarado, sí pudo aclararse el robo que sufrió un repartidor al que dos desconocidos, tras encañonarlo con un revólver, le hurtaron 280 pesos.
Hasta allí los hechos fríos. Pero aunque varios de los jóvenes aún no quieran hablar públicamente, seguramente por temor o pudor, dicho operativo policial desarrollado por agentes de la Seccional 2ª significó un verdadero calvario para los detenidos, que al mejor estilo de los años dictatoriales debieron sufrir toda clase de vejámenes y torturas.
Pablo y Sebastián rompieron el silencio y en diálogo con LA REPUBLICA relataron su peripecia. Pablo, recorriendo dos comisarías, semidesnudo y duramente golpeado. Sebastián esposado y tirado al piso de la camioneta que lo transportó hasta la Comisaría 2da. donde sufrió el plantón y varios golpes pese a que repetía constantemente que era hijo de policías y nada tenía que ver en los hechos.
En total fueron detenidos 7 jóvenes de entre 16 y 21 años, donde RMIM, de 19 años, terminó procesado con prisión por el delito de rapiña, al encontrársele el arma que utilizó para robar al repartidor de pizzas que asaltó junto a un menor a quien se le inició un proceso infraccional, siendo derivado al INAU. Pero el robo de la panadería no fue aclarado, y en medio quedaron cinco jóvenes, que nada tenían que ver y que padecieron toda clase de torturas, desde plantones, golpizas, soportar en calzoncillos, con el intenso frío del pasado lunes un interrogatorio bajo un ventilador de techo encendido a toda velocidad, amenazas con armas de fuego, presiones sicológicas, y hasta la amenaza de ser violados o la amenaza de introducirles el caño del revólver en el ano.
Varios de los muchachos no quieren hablar del tema, aunque coinciden en afirmar que participaron de los hechos entre 4 y 6 policías de la Seccional 2da., algunos de ellos uniformados y otros de civil.
«Me pegaban y se reían»
Sebastián (19 años) relató que junto con una barra de amigos suelen juntarse a tomar mate en el predio contiguo al Comedor de INDA ubicado en el costado Norte del Estadio Koster. Allí un grupo de muchachos suele charlar, escuchar música, y pasar el rato. Tal lo que hacían el pasado domingo cuando entre las 20.30 y 21.00 horas vieron aparecer una camioneta policial que detuvo a un joven «y le empezaron a pegar». Ante los hechos los jóvenes de la barra intentaron huir del lugar. «Yo disparé y me metí en el Estadio –relató Sebastián– y me gritaban que parara o me pegaban un tiro. Seguí corriendo pero justo venía la otra camioneta. Me dijeron que me tirara al piso con las manos en la cabeza. Me esposaron y bueno, me empezaron a pegar, y a decir culo roto, hasta que me tiraron para arriba de la camioneta». Según su relato los vecinos del barrio presenciaron lo ocurrido, agregando que fue llevado a la Seccional 2da. donde comenzaron a pegarle. «Yo les decía que era hijo de policías, que no sabía lo que pasaba, y no me decían nada, me pegaban nada más y se reían». Agregando que algunos policías «me conocieron» pero siguieron pegándole. «Después me hicieron parar abierto de piernas y apoyado con los dedos en la pared, y me dijeron no te muevas de ahí; y me pegaban en las costillas. Después me agarraron de los pelos y me metieron al calabozo. Nunca me preguntaron nada, me tuvieron por tenerme porque no me preguntaron nada». Agregando que mientras estuvo detenido permaneció de remera de manga corta y vaquero, y que pudo ver entre cuatro y cinco policías, alguno de los cuales conoce, al menos de vista. «Incluso apareció un veterano, con aliento alcohólico, y fue el que me empezó a preguntar y a acusarme de que yo tenía que ver (con el robo de la panadería) que iba a ir siete u ocho años preso». Ya en el calabozo Sebastián pudo escuchar los gritos de Pablo, quien fue torturado en un recinto contiguo.
«Te vamos a comer el hoyo»
El calvario de Pablo (22 años) fue más dramático aún. Ni siquiera estaba con la barra de muchachos que tomaba mate. Mientras los jóvenes eran detenidos, Pablo junto a un amigo volvían a su casa de hacer un mandado, cuando un móvil policial lo detuvo. Tras preguntarle su identidad el muchacho fue subido a la camioneta y conducido a la Seccional 2ª, donde debió quitarse la ropa hasta quedar en calzoncillos, le envolvieron la cabeza con el buzo que llevaba puesto y comenzaron a pegarle.
Pablo relató que sufrió esta golpiza en la cocina de la Seccional 2ª «y me hacían preguntas que yo ni sabía qué eran», sobre «el arma, que las huellas eran mías, y me pegaban, y yo no sabía por qué era. Cada vez que hablaba me pegaban. Después me agarraban y me hacían cosas de atrás. Me decían «te vamos a comer el hoyo» y todo eso. Se me metía uno atrás y me hacía como si me iban a agarrar (penetrar)». Pablo relató que pese a que tenía el rostro cubierto por el buzo pudo identificar entre seis y siete policías alguno de los cuales podría reconocer, que «se aburrieron de pegarme, porque estuvieron como media hora pegándome. Después no sé si me pegaron con un banco o algo, porque sentí un golpe grande en la pierna, por el que todavía ando rengo. En la cabeza también me pegaron». Relató que después de esa golpiza los policías lo dejaron en calzoncillos en el calabozo hasta que lo llevaron al Hospital, para ser atendido, y pese al frío que se registraba le permitieron ponerse el vaquero y una remera de manga corta, pero no le dieron los zapatos.
Un calvario, dos comisarías
En el Hospital Mercedes, Pablo fue atendido por «una enfermera o doctora» que no conoce, que constató los golpes, quien intuyó que había sido golpeado, pero como los policías no lo dejaron solo con la mujer, Pablo adujo que se había golpeado jugando al fútbol. Un argumento poco convincente, pero «si le decía algo después me agarraban de nuevo».
Del Hospital, Pablo fue trasladado a la Seccional 1ª, donde permaneció en un calabozo, 21 horas, descalzo, sin recibir comida ni agua.
En la Seccional 1ª «me decían que yo pertenecía a la Segunda, y que ellos iban a llamar para que me trajeran comida o algún abrigo porque no pertenecía ahí».
Relatando que el intenso frío que padecía lo llevó a que se pusiera «unas bolsas de nailon en los pies porque no podía más del frío».
Aproximadamente a las 18,30 del lunes, 21 horas después, Pablo fue dejado en libertad con la orden de presentarse, al otro día, a declarar en el juzgado.
Mientras todo esto ocurría los padres de los muchachos concurrieron en reiteradas oportunidades a la Seccional 2ª, donde «el oficial que estaba a cargo me sale diciendo que fue un robo a mano armada», expresó Olga, la mamá de Pablo. Algo similar a lo que le sucedió a Irma, la mamá de Sebastián, quien además es policía. Ambas familias concurrieron en reiteradas oportunidades a la Comisaría, llevando abrigo y alimento a los muchachos, elementos que nunca les fueron entregados.
Al otro día de la liberación de los jóvenes, en la jornada del pasado martes, debieron concurrir a declarar ante la Justicia, donde por primera vez se enteran de que fueron detenidos en calidad de testigos, ante el robo perpetrado en la panadería, algo que en ningún momento les dijeron durante la detención. En esa oportunidad, y ante la jueza, los muchachos denunciaron el calvario que debieron padecer en esas interminables horas del domingo y lunes pasado, donde
fueron vistos por el médico forense. Pablo de todas maneras, tras la instancia judicial, concurrió a la Policlínica del Barrio Túnel donde fue atendido por el doctor Eduardo Sarutte, quien le extendió un certificado por las heridas sufridas. Agregando que toda esta situación le acarreó otro problema adicional, ya que «puede que pierda el trabajo», pues nadie cree en que es inocente en todo este caso. Olga, la mamá de Pablo, expresó su indignación por todo lo que debió sufrir su hijo y su familia, reclamando justicia ante esta injusta situación: «Esto no tiene palabras: son torturadores. Yo lo que no quiero es que lo estén agarrando cuantas veces a ellos se les antoje cuando roba otro.
¿Por qué? Porque son gurises del barrio, que no pasan de tener una barra, tomando mate o cantando». *
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