Aún inconcluso el mayor hurto de pinturas en la historia, además del robo en el Museo de Salto

Uruguay inmerso en el "Triángulo de Bermudas" del robo de arte mundial

Después de lo ocurrido en el Museo de Salto, alguien podría creer que esto nos pasa por subdesarrollados. Es cierto. Pero también Francia, el país de mayor arsenal contra estos delitos, ha visto duplicar en los últimos años los robos de pinturas de renombre. Italia encabeza, no obstante, la lista de afectados con más de 8.000 piezas al año.

Desde aventureros que buscan fama, a neuróticos millonarios que compiten por ellas, la ruta del arte clandestino mueve casi tanto dinero como el tráfico de drogas.

Los expertos dicen que si alguien ha soñado tener en su casa una obra de arte, nunca el mercado ha mostrado más posibilidades de acceder a ellas. Por supuesto: robadas.

El circuito de arte robado en castillos, museos, galerías, e iglesias de Europa, alcanza 30.000 obras anuales, 8.000 de ellas en Italia, seguido por Francia con 7.000. Entre 2003 y 2004, estos delitos se duplicaron. La repercusión en la prensa se da en contados casos como La Madona, y El Grito, del noruego Munch, robados en Oslo.

Los ladrones de arte, difícilmente actúan ya en los museos. Centenares de particulares compran cada vez más pintura de firma en Europa, buscando multiplicar la inversión, pero sin prevenir lo suficiente. Curiosamente, los castillos encabezan la lista, seguidos por las iglesias y recién después las galerías de arte.

Básicamente hay tres áreas diferenciables en estos delitos: quienes coleccionan, quienes trafican, y las redes de profesionales.

Los coleccionistas, alcanzan a veces patologías compulsivas. Multimillonarios, de tendencias narcisistas, según los sicólogos, aparecen dispuestos a todo, con tal de obtener una obra de excepción. El caso más sonado fue el de Stefane Breitwizer, quien de 1994 a 2001 robó en 170 museos y castillos de Francia, y argumentó en su defensa la «pasión» que le obligaba a poseer el arte deseado. La Policía considera a estos coleccionistas los ladrones más difíciles de atrapar, ya que las obras obtenidas jamás vuelven al circuito comercial.

La fase de puesta en circulación del arte robado es, una de las fases de mayor riesgo, especialidad de otro sector del ramo: los traficantes. Su pasión por el arte está constreñida al afán monetario. Complicados en mercados negros paralelos, donde borrar el rastro de las obras hurtadas, son considerados los más efectivos y peligrosos: emplean recursos de comandos militares, copando fincas europeas amenazando convertir su acción en un baño de sangre.

En tercer lugar, las redes de profesionales, son las de mejor resolución final del delito, y las responsables de la mayor cantidad de robos.

Articuladas al mundo de anticuarios, marchands y revendedores, son capaces de colocar rápidamente las obras hasta tanto, el interés policial decaiga. Son capaces incluso de negociar con los museos robados, el retorno de las obras a cambio de rescate. Sus rutas tienen como eje a países como Holanda, Bélgica, o Luxemburgo, donde el transporte de arte y antigüedades es absolutamente libre, y cualquier pieza disimulada convenientemente, saldrá de fronteras sin más trámite. La fuerza internacional de represión de estos delitos, con sede en París, cree no obstante que las obras de mayor valor hacen viajes muy cortos: las mafias de los países otrora bajo la égida de Moscú, se aposentan ahora en Suiza e Italia, dónde toda inversión multimillonaria, y disimulable, es aceptada. Internet se ha convertido en un vergel para los ladrones de objetos de arte, donde las ofertas y las demandas compiten códigos mediante, ante el inadvertido ojo del usuario común. Actualmente se desenvuelve un programa cibernético (el Treima, una forma del Thesaurus), donde es posible tener datos, imágenes y detalles, de 50.000 obras robadas.

Desaparecido en Uruguay

Si el robo de obras de arte ha tenido en Uruguay un perfil acorde al mercado, el caso más sonado de su historia aún falta cerrarlo.

Todo comenzó en 1978 cuando un coleccionista argentino, Federico Vogelius, fue detenido por la dictadura de su país. Preso, otro coleccionista, el uruguayo Raúl Campa le visita, y reclama deudas. Vogelius acepta pagar con cuatro obras de Pedro Figari, que debía retirar de una quinta bonaerense. Campa, a quien la dictadura había detenido y liberado, teme hacer la visita, y contrata para la tarea a un policía. El oficial, con cómplices militares, arrasa la pinacoteca de la quinta de Vogelius.

La Federal intervino y meses después, recuperan y devuelven algunas obras a Campa, aunque los familiares de Vogelius las reclaman todas. Campa traslada sus obras a Montevideo, depositándolas en una empresa de seguridad.

Mientras tanto, los ladrones aún en libertad y con los cuadros en su poder, también los pasan a Montevideo. Colocan aquí cuatro Figari a un precio ínfimo. El propio Julio María Sanguinetti adquiere uno, compra que como las otras tres, será considerada «de buena fe» por la Justicia.

Campa, por su parte, fracasa cuando intenta vender sus cuadros en depósito, y la Justicia argentina pide a Uruguay, incautar esos cuadros, presumiéndolos robados de la colección Vogelius. El juez uruguayo ordena allanar los depósitos alquilados por Campa: la sorpresa es mayúscula ante tantas obras artísticas que exigen una semana para inventariarlas. Desde un presunto Paul Cezanne, a una docena de Pedro Figari, obras de Cornet y Barradas, para empezar.

Durante un año, la Comisión del Patrimonio, intenta infructuosamente acceder a las obras. Solamente cinco Figari, pudieron ver los expertos.

Pasarán cinco años más, hasta que al fin de la dictadura, la ministra Adela Reta, replantea el tema.

La Justicia acepta que dos técnicos accedan al depósito y definan el interés del Estado sobre las pinturas. La Comisión del Patrimonio nombra al director del Archivo General, Abelardo García, y al director del Museo de Artes Visuales, Angel Kalenberg. Pero cuando el alguacil penal, va a abrir los precintos, testigos revelan que tras el inventario de 1979, algunos objetos habían sido «llevados al museo».

Así, el 19 de mayo de 1986 vuelve el alguacil junto a otra delegación integrada, entre otros, por Arana, Bausero, y Kalenberg. Escogen para pasar a custodia de la Comisión del Patrimonio: los Figari (encuentran 7), un Barradas, el Cezanne, objetos coloniales, mapas y manuscritos, todo entregado al Museo de Artes Visuales.

En 1991 Argentina solicita a Uruguay, devolver a Vogelius las obras en el depósito judicial, excepto cuatro Figari y un Barradas. Cuando la jueza concurre al depósito, descubre que de los cinco Figari que allí debía haber, no quedaba ninguno.

Paralelamente al hecho, el expediente del caso Campa desaparece del Juzgado Penal. Reaparecerá ese mismo año, el día antes de la devolución de los cuadros, arrancadas las hojas referidas a los cuadros.

En 1993 Campa, aún litigando, visita el Museo de Artes Visuales para ver el Cézanne en custodia: denuncia que es una falsificación.

La investigación concluye que hay «elementos que diferencian a la obra inventariada en 1979 y la depositada en el museo».

El año pasado, la Suprema Corte de Justicia falló a favor del Museo Nacional de Artes Visuales, ante un Campa que exigía ser indemnizado por el valor real de sus cuadros que, solamente en el caso del Cezanne era un millón de dólares. *

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