La "maldición" Bastida terminó uno a uno con los testigos, pero no con el criminal
Realizada la reconstruccion del hecho, las autoridades y testigos comprendieron que lo declarado por Biselli no podía, de ninguna manera, ajustarse a la realidad. Técnicamente se comprobó era imposible que con su mano izquierda le hubiera aferrado el brazo derecho a la víctima doblándoselo y que, simultáneamente, con su mano derecha, sacara su revólver de entre sus ropas para efectuar los disparos mortales en » legítima defensa».
Además, ese revólver nunca apareció. Sí apareció el que entregó a la Policía Biselli, diciendo que era el que le arrebatara a Bastida, un calibre 38, con tres cápsulas en el tambor y ninguna detonada, y que todo el barrio del Cerro aseguraba que Bastida nunca tuvo. Lo realmente extraño es que Biselli «perdiera» su arma en el entrevero y rescatara aquella. Las dudas eran muchas. ¿De quién era ese arma si no fue de Pilar? ¿Dónde fue a parar el arma homicida? ¿Existió realmente esa lucha entre ambos? Las autoridades debieron limitarse a las declaraciones de Biselli y a algunas otras muy confusas. Otra cosa extraña. Biselli declaró que Pilar le tiró un golpe y lo erró, cayendo al suelo y entonces extrajo el arma. Luego vino la lucha y el disparo mortal. Todo ello frente al bar Cerrense. Pero el cuerpo de Bastida apareció varios metros más allá, pasando una garita de taxis del lugar y cosa extraña, a pesar que de acuerdo a lo dicho por Biseeli debió haberse arrastrado herido por el lugar, sus zapatos seguían impecablemente lustrados como los había llevado sin una sola raspadura. Además, en su camisa no había ni rastros de pólvora a pesar de haber declarado Biselli que el disparo se lo efectuó en el forcejeo, a quemarropa.
¿Quién lo mató realmente?.
Conclusiones: no había habido tal lucha y los balazos que terminaron con la vida de Pilar Bastida le fueron efectuados, por lo menos, desde tres metros de distancia. Si a ello se agrega que el arma entregada es indudable, que fue un asesinato premeditado. La duda entonces era ¿fue Biselli realmente quién lo mató, o hubo, como algunos afirmaron, una tercera persona involucrada a quien éste encubría?
La muerte de Pilar conmovió a todo el Cerro e indignaron las versiones que algunos hicieron correr, de que estaba relacionado con el hampa y que su muerte tendría que ver con la «trata de blancas». Todo ello no hacía más que enrarecer las investigación es. Bastidas no tenía un solo antecedente policial. Hasta poco tiempo antes había vivido de su trabajo como taximetrista, en un coche en el cual tenía una parte, y vivía con su mujer y dos hijos en una modesta casita de la Villa, que se había construido con el dinero que ganó por su pelea con Dogomar Martínez. Quizás últimamente tomaba alguna copa demás, pero no era violento. Al contrario, » cuando se mamaba se ponía más bueno y llorón que nunca» dijo un amigo que lo conoció bien. Nunca vivió de espaldas a la ley. Había sido toda su vida colorado e incluso en su casa tenía un club de dicho partido de la lista 15, y una agrupación de otra figura señera de la Villa, don Luis Tróccoli. Pero Pilar no hacía cuestión de partidos. Tenía infinidad de amigos blancos, comunistas, anarquistas -de los que había muchos en el Cerro- y se llevaba bien con todo el mundo. Era un verdadero ídolo en su barrio.
Por la promesa de un empleo público.
Luego de su muerte, los familiares declararon que había tenido que dejar el taxi por problemas en la vista, consecuencia de los golpes recibidos en su carrera boxística y estaba tratando de embarcarse en la marina mercante. Alguien, relacionado con el Partido Nacional y el sector del presidente Heber, lo convenció para que dejara ese proyecto prometiéndole un empleo en la ruleta. Justamente algunas semanas atrás, Fernández un amigo suyo lo había invitado a un asado en el que estaba el presidente, Felipe Biselli, quien sería luego su matador, Fernández, su amigo y otros vecinos. Con Pilar había concurrido su íntimo amigo de toda la vida y viejo sparring de sus años en el ring, Luis Celayes. Tras esa promesa del empleo, Bastida concurrió a varios actos blancos, hasta que en uno de ellos efectuado en la cervecería de la calle Marcelino Sosa, como había ocurrido en otro en el centro de la ciudad, se le pretendió incitar a la defensa «como fuese» de una disputa interna y se le mencionó públicamente. Pilar llamó a sus amigos con los que había ido al acto y les dijo: » vámonos, estas cosas no me gustan…yo no vine a pegarle a nadie». Después agregaría» yo pensé que esta gente quería darme un empleo para ayudarme…como amigos, sin interés político….por que soy colorado y mucho menos para que vaya de capanga…si creen eso que se guarden el puesto…». Se cree que el encono con Bisselli, amigo de los principales caudillos nacionalistas y del propio presidente, nació de aquellas circunstancias. Y se la juraron.
Por ello, muchos investigadores se preguntaron: ¿si estuviera realmente relacionado con negocios sucios del hampa, para qué estaría tan preocupado en conseguir un empleo para sobrevivir?.
Premonición: «habrá más crímenes».
El día del sepelio de Pilar Bastidas más de 20 boxeadores( todos ellos, parte de la leyenda hoy en día), desde Dogomar hasta Casalá (sus rivales y maestros en otros días), llevaron el cajón hasta su última morada. Las crónicas de la época reflejaban las enormes dudas que existían: » Hay que saber la verdad -decía un cronista de ‘Al Rojo Vivo’- hay que terminar con un mundo que se envalentona creyendo que tendrá el respaldo y la protección de los políticos». «El Día» expresaba: Es necesario que se haga justicia con Pilar Bastida. Su verdadero asesino sigue suelto». El diario «El Plata» decía: Creen que habría testigos que no declararon todo lo que sabían…». Premonitoriamente «Al Rojo Vivo» titulaba: Habrá crímenes, y el diario «El Día» decía: «La ley del silencio sobre el caso Bastida. Hablar más de lo debido puede significar nuevos crímenes…»
Y así fue. Pocos días después su amigo De león, con quien fue al Cerrense, moriría de un balazo en la nuca luego de herir de muerte a un tal Murillo, para vengar la muerte de su amigo Pilar. Doce días después quien era principalísimo testigo, José Pedro Meneses Villarreal también fue asesinado en un club político del Partido Nacional, de la candidata a diputada Blanca Miraballes, por alguien que se presentó como Galarza pero resultó ser Rosauro González Martínez, también en circunstancias enredadas. Casualmente (o no tanto) Villarreal estaba en el Cerrense aquella noche y sus declaraciones fueron fundamentales para el descargo de Biselli. Su matador desapareció del lugar tan misteriosamente como llegó.
«Un crimen político…».
«Créame don-nos decía un viejo canillita del Cerro- lo de Bastida fue un crimen político…y los otros también para tapar a los verdaderos culpables…». A Pilar Bastidas lo asesinaron hace ahora unos 44 años. El último sobreviviente de los testigos del caso fue apuñalado en una feria de Montevideo, por un desconocido que nunca fue apresado, mientras se dedicaba a vender cachivaches que juntaba en un carrito de mano durante la semana. Dicen que cuando » se mamaba» se iba de la lengua. Había pasado entonces más de un cuarto de siglo de la tragedia , pero la venganza seguía andando… Hay quienes dicen que no solamente el que mató a Pilar sigue impune, sino que quien lo «contrató» para ello, murió, pero sus descendientes lo siguen protegiendo. * (Segunda parte)
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