Tres noches infernales de un náufrago uruguayo que salvó su vida en Miami

La odisea comenzó el día de Navidad, con una improvisada pesquería que reunió a tres buenos amigos. El yate en el que viajaban zarpó del puerto de Homestead, sur de Miami, aproximadamente a las 10.00 de la mañana. A las 20.00 horas ya nada se sabía de ellos.

Juan Suárez una de las víctimas no perdió el ánimo para sobreponerse a un naufragio absurdo que amenazaba la vida de los tres tripulantes, a la deriva desde las últimas horas del Día de Navidad.

«Cuando vi que no pude anclar el bote, le dije a los muchachos: ‘Animo, recen y mantengan la estabilidad y la buena fe»’, relató Suárez envuelto en una manta y rodeado por familiares y amigos. «Seguí al timón hasta que no pude más y caí extenuado».

Suárez, de 55 años, y sus compañeros de travesía, Jorge Peña, de 46, y el compatriota Daniel Gibb, de 48, fueron rescatados el martes alrededor de las 10.30 a.m. luego de tres días de rastreo aéreo y marítimo por un operativo del Servicio Guardacostas.

Los socorristas hallaron a los náufragos a 17 millas de Lake Worth Inlet, en el condado de Palm Beach. Un helicóptero los divisó mientras agitaban sus brazos desde el bote de 17 pies de eslora, y llamó de inmediato a un navío rescatista, que llegó al lugar para auxiliar a los tres hombres.

Finalmente, un helicóptero del Servicio Guardacostas los transportó a un aeropuerto cercano para reunirse con sus familiares y responder a un enjambre de periodistas.

La niña Wendy Gibb de 11 años, hija del ciudadano uruguayo, corrió por la pista de aterrizaje hasta fundirse en un abrazo con su padre.

»Te amo, eres lo único que tengo», le susurró el padre, sin poder contener las lágrimas. «Nunca más voy a salir de pesca».

La historia comenzó como una improvisada pesquería de Navidad que reunió a los tres amigos, vecinos de Homestead. El barco zarpó alrededor de las 10 de la mañana del sábado desde la marina de Homestead.

«Todo estaba normal, pero navegamos un poco y vimos que se avecinaba una tormenta», contó Suárez, un cubano del poblado costero de Nuevitas.

Era apenas el comienzo de la odisea. El motor se averió, la lluvia comenzó a azotar el bote y la furia del viento los arrastró violentamente.

«Tratamos de capear el temporal, pero el viento empujó el bote a una velocidad increíble», agregó Suárez. «Con los remos tratamos de esquivar las olas grandes… estábamos con las ropas empapadas y el frío era terrible, nunca he sentido un frío así».

Sus teléfonos celulares estaban sin carga desde las primeras horas del domingo, cuando hicieron la última comunicación pidiendo ayuda. El bote comenzó a hacer agua, amenazando con zozobrar. Los tres hombres lucharon denodadamente por sacar el agua, pero las fuerzas comenzaron a extinguirse y optaron por turnarse la responsabilidad cada una hora.

«Fueron tres noches infernales», recordó el uruguayo. «No quería perder la vida, pensé en mi única hija, y decidí que iba a luchar hasta el final». *

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