La ira de los rehenes de una muerte que envolvió a la comunidad

La bala asesina desató el caos en una ciudad no preparada para emergencias

Miles de personas tratando de subir a un ómnibus que les acercara a sus hogares no es algo que se aprecie todos los días. La sensación era por lo menos contradictoria, ya que buena parte de los usuarios entiende las motivaciones del paro, derivadas de la muerte de un joven conductor que fue ejecutado cobardemente por delincuentes que poco saben del respeto por la vida ajena. Pero esa misma gente mostraba toda su bronca por el hecho de que «los rehenes siempre son lo mismos».

Caras de cansancio, aburrimiento y fastidio. Gritos, empujones y algún que otro roce entre colegas del transporte pautaron las últimas dos jornadas. Mientras un grupo de personas trajeron algunos neumáticos para quemarlos como forma de protesta, unos choferes casi pasan a las manos en una acalorada discusión. Unos, cooperativistas ellos, sostenían que son prisioneros de la realidad y se encuentran a merced del olfato homicida de ciertos maleantes, mientras que otros, empleados de cierta compañía pandense, reclamaban que las cosas se tendrían que hacer de otra manera. Todos tienen razón.

Ajeno a esas discusiones de carácter gremial, un variado friso humano pugnaba por encontrar la forma de volver a casa. Mientras algunos ancianos se encontraban al borde del colapso nervioso, dos embarazadas debieron ser atendidas por desequilibrios en su presión arterial.

A todo esto, ese universo gestado en forma caótica se vio «enriquecido» con la presencia de bandas de punguistas que se dedicaron a hacer «su diciembre» amparados en el anonimato y la confusión general. Una mujer de mediana edad, vecina de Solymar, no podía creer que le hubieran robado su cartera casi sin que se diera cuenta. Algunos policías que se encontraban en el lugar, sobre la calle Convención, no sabían para dónde mirar, no tenían referencias visuales claras. Cualquiera podía ser el ladrón oportunista.

Por otro lado, algunos choferes que estaban trabajando y dando cumplimiento al necesario e inverosímil servicio de emergencia, no daban crédito a lo que veían. Explicaban que cuando el proceso de espera de los ómnibus en el andén de la terminal no supera los 3 minutos, en los últimos dos días tardaban hasta 20 minutos en cargar sus coches con más de 80 personas, al borde mismo de la ilegalidad.

Paralelamente, entre la gente que se resignaba a esperar, cobraba cuerpo la sensación de que «a nadie le importamos». Varios, al ser consultados manifestaban que tanto las autoridades ministeriales como de las planas gerenciales de las compañías viajan en auto. «Esos no saben por lo que estamos pasando», decía una telefonista de un ente público que intentaba sin suerte desde hacía una hora encaramarse en algo que la llevara hasta Paso Carrasco.

Otro elemento que pareció ser sepultado bajo los agotados pies de los presentes, es el viejo y ancestral concepto de solidaridad que supuestamente era propiedad de los uruguayos. Se dio reiteradamente, fundamentalmente en algunas líneas que cubre el servicio a algunos puntos del Interior del país, cuyos pasajeros deben tomarse el turno adecuado, ya que corrían el riesgo de quedarse varados hasta el otro día.

Un usuario que debía viajar a la ciudad canaria de Tala, distante a más de 80 kilómetros, tenía que subirse a un último turno, la última esperanza de regresar a su hogar, de lo contrario debería esperar hasta la madrugada. Si bien los funcionarios de la empresa entendían la situación –estableciendo que eran prioridad aquellos que viajaran más lejos– algunos montevideanos, que pocas horas después estarían tranquilos en sus casas tomando mate y refiriéndose al asunto en forma anecdótica, les gritaban: «hacé la cola, colado hijo de puta». Finalmente pudo irse, con cierto ardor en los oídos.

Por curioso que parezca, también la política partidaria se hizo presente en el aquelarre vivido en la Terminal. Un alborozado ciudadano –notorio votante de algún partido tradicional– intentaba culpar de la situación a una Administración que recién se ocupará de los destinos del país dentro de tres meses.

«Esto es lo que nos espera, vamos a tener paros todos los días. Ahí se van a dar cuenta lo que votaron», decía el iluminado oráculo. La rechifla no se hizo esperar, al tiempo que una ofendida vecina le espetaba en pleno rostro que «esas cosas pasan por cómo han dejado el país».

Da para todo esta viña, podría decir alguien. Sin poder estar ajenos a la situación, los quioscos del recinto, uno en cada punta, debían cuidar de que en el mar de manos, algunas cometieran alguna travesura. «Tengo que atender a la gente y al mismo tiempo estar alerta por si alguien se quiere robar algo. Es muy estresante», dijo una de las quiosqueras. Al mismo tiempo, el bar allí instalado rebosaba de clientes inesperados. Ese microclima creado a raíz de una muerte trágica perduró hasta bien entrada la última madrugada, cuando algunos perros vagabundos regresaron a su hábitat de siempre y abandonaron el provisorio y peligroso refugio de debajo los coches estacionados en las cercanías. Hasta para ellos se rompió la rutina. *

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