Cámara oculta filmó a los asesinos que inmolaron al chico en Colón
El cadáver de Adrián Gabriel Da Fonseca, de 13 años, fue encontrado por su propio padre en medio de un descampado de Peabody y Fauquet, en la zona de Colón. El desdichado menor había sido muerto por asfixia mecánica (estrangulamiento), tras lo cual el o los criminales le pusieron una bolsa de nailon en la cabeza y prendieron fuego un viejo colchón de poliuretano que echaron encima del cadáver. Sólo su rostro, en parte, se salvó de la quema. El hallazgo se produjo en horas de la madrugada, luego de una intensa búsqueda de toda la familia y vecinos del lugar.
La noche anterior, con permiso de su padre, Adrián había concurrido a la casa de un amigo, a cuatro cuadras de su domicilio. Tenía orden expresa de su progenitor que a las diez y media de la noche volviera a la casa.
A las once de la noche, y ante la ausencia del joven, su padre decidió ir a la vivienda del amigo. Para su sorpresa el chico le dijo que Adrián se había ido media hora antes. A partir de allí la sensación de pánico invadió no sólo a los padres, sino al barrio entero, con el trágico final que conmovió a la comunidad.
Policías del Departamento de Homicidios revolvieron cielo y tierra en procura de algún elemento que pudiera conducir a los criminales, sin embargo todos los esfuerzos realizados fueron chocando contra muros infranqueables. Nadie sabía qué había pasado con el muchacho.
El ojo silencioso
El Comando de la Jefatura presionaba y presionaba. Los hombres de Homicidios no descansaban buscando pistas inexistentes. Hasta que en determinado momento –ayer de mañana para ser más precisos– dos de los investigadores entraron a ese comercio que estaba emplazado en un lugar que podría resultar estratégico, tomando en cuenta el supuesto recorrido final de Adrián.
A los policías el alma les volvió al cuerpo cuando observaron de inmediato aquella cámara instalada en un rincón del local y con su lente dirigido hacia la calle.
«¿Tiene la grabación del jueves pasado?», preguntó uno de los oficiales, rogando por una respuesta afirmativa. El comerciante abrió un cajón y le extendió un video. Ambos funcionarios agradecieron y salieron casi corriendo hacia el auto. Como una exhalación llegaron a la Jefatura capitalina.
En la oficina del jefe de Homicidios todo era silencio. Los 20 hombres rodearon el aparato de televisión sin decir palabra. Las imágenes comenzaron a aparecer, un auto, otro auto, dos señoras, un camión, a medida que avanzaban las penumbras el movimiento se hacía casi nulo.
Pero cuando el reloj del video macó las once de la noche algo extraordinario hizo saltar de sus sillas a todos los policías. De golpe apareció la imagen de un joven caminando displicentemente. «Â¡Es él!», gritó el comisario. En efecto, era Adrián, 20 minutos antes de morir.
La expectación era enorme en esa oficina, porque un segundo después aparecieron en escena otros dos jóvenes que prácticamente lo estaban flanqueando. Los dos desconocidos iban caminando llevando una bicicleta cada uno. Adrián en el medio, un poco más adelante.
Los ojos de los policías estaban clavados en la pantalla. Antes de que los tres desaparecieran del radio del lente, uno de los jóvenes giró su rostro directamente a la cámara. El comisario congeló la imagen. «Â¡Los tenemos!», dijo y agregó: «Pero ahora viene lo más difícil».
El oficial tenía razón porque fue necesario acudir a una empresa especializada para «limpiar» la grabación. El trabajo de alta tecnología permitió dejar al descubierto, con asombrosa nitidez, los rostros de los jóvenes.
Anoche, la cacería se había desatado. *
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