Unas 100 mil personas rodeaban el escenario del bestial enfrentamiento
A la hora indicada llegaron a la puerta del apartamento 9 del edificio «Liberaij»,el coronel Ventura Rodríguez, jefe de Policía de Montevideo, y los agentes y oficiales Ganduglia, Santana, Cabris, Cirillo y otros. Golpearon y luego de identificarse como policías instaron a los pistoleros a rendirse sin oponer resistencia asegurándoles que sus vidas serían respetadas si entregaban sus armas y salían con los brazos en alto.
¡Milicos hijos de puta!
Como toda respuesta se escuchó desde adentro una voz potente que gritaba: -«Milicos hijos de puta! ¡Váyanse a la puta madre que los parió! ¡Vengan a buscarnos! ¡Muertos de hambre! Inmediatamente comenzó el tiroteo. A los insultos siguieron las balas. Las autoridades procedieron a lanzar gases «perforantes», cócteles «Molotov» y ráfagas de armas automáticas. Desde adentro la respuesta fue una cerrada descarga de pesadas armas automáticas con balas 45 blindadas. En esas instancias se escuchó la orden del coronel Ventura Rodríguez en el sentido de evitar en lo posible la baja de cualquier funcionario, no exponer a los vecinos residentes en el lugar, ni al público que comenzaba a aglomerarse en la calle, y no permitir salir a los delincuentes. Se debería actuar sin apuro. Manifestaba que el tiempo que durara el operativo era lo de menos, porque a la larga siempre jugaría a su favor.
Fue en ese ínterin justamente que algunos efectivos para lanzar una Molotov decidieron romper unos barrotes empleando una escalera. Pero para ello era necesario exponerse de alguna forma a la mirilla de las armas de los pistoleros sitiados. Los agentes protegieron con ráfagas de ametralladora la acción de sus compañeros en tarea de distracción, pero igual, de todas formas, no pudieron evitar que uno de los proyectiles provenientes desde el interior del apartamento 9 hiciera impacto en el agente Aranguren, provocándole la muerte.
Mientras tanto los gases y los cócteles Molotov hacían estragos entre los sitiados. Estos no contaban con máscaras, pero sí con una vieja experiencia –según se supo después– por haber sido anteriormente sitiados en circunstancias parecidas dos años atrás en la ciudad de Córdoba, Argentina. Ello explica que no fueran ahogados por los gases, cuando la gente que estaba en la calle «curioseando» y a varios metros del lugar apenas podía soportarlos. Lo primero que hicieron al recibir la orden de la Policía de abandonar el apartamento con los brazos en alto, fue apagar la luz, guardar silencio luego de los insultos iniciales y aprontarse para resistir el sitio. Presumiendo que les cortarían el agua, llenaron todos los recipientes que había en el lugar. Luego amontonaron en el piso del living y de los dormitorios diarios, revistas, tablas que arrancaron de los muebles, sillas y rociaron todo con queroseno. Abrieron las ventanas y apenas cayeron los primeros proyectiles con los gases perforantes prendieron la fogata preparada de antemano y se cubrieron los rostros con toallas empapadas en agua fresca. El fuego hizo que los gases (por ser más livianos) subieran y salieran por las ventanas. Así, durante toda la noche del sitio, fueron quemando el resto de los muebles según se incrementaba el ataque con gases.
El drama adentro y la «romería» afuera
Mientras todo esto sucedía en el noveno piso del «Liberaij», en los alrededores se había ido congregando una verdadera multitud. Los informativos radiales habían destacado unidades móviles hasta el lugar y mantenían informada a la audiencia minuto a minuto, incluso trasmitiendo el intenso tronar de los disparos y las bombas de gases a través de sus ondas. Los canales de televisión también estaban cubriendo la información mientras decenas de fotógrafos y cronistas de la prensa escrita pugnaban por conseguir los últimos detalles para el cierre de las ediciones. Montevideo y el Uruguay todo estaban conmocionados por el operativo. No se hablaba de otra cosa y la gente llegaba desde todos los barrios a las inmediaciones para tratar de alguna forma de ser testigo presencial de los hechos. Por momentos se dice que la multitud llegó a las cien mil personas diseminadas en varias manzanas por los alrededores. Ello, lógicamente, provocó una verdadera concentración en la que no faltaron los vendedores ambulantes oportunistas de siempre, desde el manicero –que se hizo su agosto en noviembre–, hasta el «franfrucktero», la parrilla con chorizos a las brasas improvisada en una esquina, heladeros, churreros y, por supuesto, «el gran negocio» para los viejos boliches más cercanos, uno en la esquina de Julio Herrera y Obes y Soriano y el otro en Soriano y Río Negro.
El hecho se prestó incluso para que un viejo cantor muy popular por aquellos años, José Hernández, se viniera vestido con sus pilchas de gaucho y su guitarra y se pusiera a cantar en el boliche de Soriano y Julio Herrera y Obes, repleto de parroquianos y curiosos, aprovechando para «tirar la manga» y vender fotos suyas con el repertorio publicadas con el aviso de «Toto Fabricación Calzados». El dueño del bar intentó prohibirle que hiciera «su negocio» a lo que José Hernández respondió con una sonrisa: -«Vos callate yoyega… porque si no me dejás cantar, me llevo los pistoleros pa’la otra esquina y le hago el negocio al otro boliche…» Y lo más campante siguió dándole a la guitarra y pasando el platito entre el público.
Pero adentro el infierno seguía con olor a pólvora y a muerte. La desesperación y el miedo afligía a los vecinos que habían quedado encerrados en los demás departamentos y en los familiares que regresaban y se encontraban con que no podían acceder a sus viviendas, donde estaban sus hijos, esposas, padres, etc.
El teniente coronel Pascual Duilio Cirillo, subdirector de la Guardia Metropolitana, relataría luego a un cronista de la época: «Sólo sé que por requerimiento del coronel Ramírez se me permitió entrar al apartamento 11. Aquí se me alcanzó una ametralladora y municiones y además se me unieron dos funcionarios, los agentes Moll y Andrade, los que fueron heridos en forma leve. Serían las 4 de la mañana y mi objetivo seguía siendo el no permitir salir a los delincuentes. Los agentes de la ‘Metro’ Dutria y Puerto fueron los que finalmente eliminaron a los malhechores con tres ráfagas disparadas desde adentro del apartamento 12 a través de las dos puertas, porque era su único refugio. A este punto no llegaban las balas que les disparaban desde todos lados y ángulos posibles. Di la orden de alto el fuego cuando por unos 10 o 20 minutos reinó el silencio y pude ver al otro lado de la puerta deshecha las piernas de los delincuentes caídos…» Pero entre aquel primer momento y éste fueron muchas las alternativas que acontecieron en casi 14 horas a sangre y fuego. Montevideo no olvidaría nunca aquella noche del 65. Pero además hubo muchas partes de esta historia, que nunca fueron contadas y nosotros recordaremos. *
(Continúa el domingo 12 de diciembre)
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