Le dejó la casa a su cuidado, pero una "pastillera" lo durmió y la desvalijó
La Policía tiene mucho trabajo como para que tener que ocuparse de estos temas, máxime cuando desde estas páginas se está alertando permanentemente sobre los nuevos peligros del posmodernismo. Pero no hay caso.
«Mirá Pepe (de alguna forma hay que llamarlo para no prenderlo fuego), este fin de semana me tengo que ir y la casa va a quedar sola, ¿te animás a quedarte y cuidármela?», le dijo el propietario de la hermosa vivienda, con piscina incluida, ubicada en la calle Havre.
Pepe, de 50 años, puso cara de responsable y con un gesto tranquilizador despidió a su amigo, no sin antes decirle «andá tranquilo, es como si vos estuvieras acá». Y el hombre subió a su auto y se alejó en paz.
El sábado por la noche, Pepe ya se había aburrido de ver televisión cable, de entrar y salir de la piscina, de hablar por teléfono con cualquiera, hasta que se le ocurrió la idea de pasar una noche de órdagos.
Revisó algunos celulares y encontró el de una chica muy agradable, a quien de inmediato llamó para pasar una velada en «mi nueva mansión».
Del otro lado del teléfono, la joven montó la maquinaria a la que estaba acostumbrada, con más razón tratándose de una soberbia casa de Carrasco.
Pepe estaba de fiesta. Recibió a la agraciada muchacha y le ofreció bebidas espirituosas del petit bar. El también bebió contento, sólo que no sabía que en el interior de su copa ya había un hipnótico que lo puso fuera de combate en cuestión de minutos.
Cuando se despertó la chica no estaba y tampoco media casa.
La Policía se enteró del caso e interrogó al hombre, quien en un principio, avergonzado, dijo que no sabía lo que había pasado. «Sin duda, los ladrones entraron mientras dormía», dijo.
Los investigadores no le creyeron nada y lo volvieron a indagar, entonces Pepe se abrió como un libro.
En un procedimiento brillante la Policía encontró a la «pastillera» en su domicilio y a su pareja, en otra casa para despistar, donde localizaron todo lo robado en la mansión.
Pepe respiró y el dueño de la casa ni se enteró. *
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